Hay que saber captar el oleaje de tanta seducción social para procurarse un auténtico bienestar interno y externo. No es que esté en boga sentirse bien, sano en todas las lecturas del término, saber alimentarse, respirar adecuadamente, por demás, nociones elementales para poder presumir de un estado saludable, al menos compatibles con el modo más concluyente de nuestra existencia; amar. A primera vista, hay sus dudas sobre desde dónde y cómo compensamos, animamos, vitalizamos, elevamos la mente y eso que se ha formado a partir del aire, el fuego, el agua, la tierra y el éter, como apuntó Adi Sankara. Sí, el cuerpo.
El próximo 21 de junio se celebrará el Día Internacional del Yoga (es Patrimonio Cultural Inmaterial, desde 2016) lo que indica que, desde 2014, -aun siendo una práctica milenaria- la humanidad asume un ratico de conciencia sobre uno de los recursos evolutivos más comentados y menos explorados de toda la noción de existencia que nos atañe como seres humanos. La resolución de las Naciones Unidas, oficializada el 11 de diciembre, del mencionado año, hace notar “la importancia de que las personas y las poblaciones adopten decisiones más saludables y modos de vida que propicien la buena salud”.
Sin duda, el yoga, el que el unifica la mente, para trascender, el que nos envuelve en su estructura iniciática, el que nos desapega de la materia y nos emancipa, va infinitamente más allá que el referido por el organismo internacional. En rigor, no hay cómo aproximarnos a una media, cantidad de personas que practican el yoga en el planeta -el yoga parte de los antiguos vedas, 1.500 años a.C- sobre todo como actitud de vida, modelo de desarrollo espiritual, apostolado que nos facilita experimentar una filosofía de vida, con un imperativo indiscutible: autoconocimiento.
Se abusa con mucha frecuencia de la palabra yoga. Se estira y se encoje de acuerdo con los contextos, sin embargo, hay registros que son capitales para una mejor comprensión de sus orígenes. Es el caso de los Yoga Sutras del Rishi Patanjali, quien apeló a un sistema de afirmaciones que ha servido de luz orientadora, desde el siglo II a.C hasta la fecha, a innumerables figuras que se han tomado el yoga como revelación y conducta humana. Patanjali en su segundo enunciado nos pone en alerta: “Se llama Yoga a la cesación de todos los movimientos de la mente”. ¿Cómo hacer para que cedan al estadio de la no percepción, las mareas internas que alteran nuestra conciencia?
Esfuerzo divino. De eso se trata. El ser pronunciándose. Yoga es unión con Dios. Cesan los movimientos de la mente, y la Unidad se manifiesta. El yo transformado. Cualquier práctica de yoga, en cualesquiera de sus estilos, debe contener un principio de amor, que es el que bulle de los aforismos de Patanjali, y no por añadidura, así mismo contemplar liberar al hombre de la ignorancia. Tarea colosal.
La India, por su historia, su tradición védica, es la nación que más practica el yoga. Irrebatible. Terminó siendo política de estado en la actualidad. Aunque no pocos maestros de esta disciplina espiritual la promocionaron, algunos ejemplos para documentar la tesis, los swamis Vivekananda, Paramahansa Yogananda, Muktananda, y B. K. S. Iyengar, entre otros, el auge en las dos últimas décadas ha sido notable. La calidad y cualidad de su ejecución y los fines, siempre ha sido sujeto a interpretaciones.
Su alcance es global y su impacto en la salud del practicante, consciente, no se discute. El yoga que se práctica en estos momentos, lo definen varios matices en grados de desempeño, conceptos, objetivos, así como las tendencias, escuelas. Su adaptabilidad es impresionante. Tan impresionante es que la Inteligencia Artificial (IA) ofrece herramientas que personalizan su práctica, y forman instructores. No es fin de mundo; es el comienzo de otro.
Su exactitud o inexactitud tendrá su efecto en quien lo practique de acuerdo con sus registros de conciencia. Por lo pronto, celebremos el yoga eterno de Patanjali, en virtud de ese ser eterno que mora en nuestro interior que aguarda por la constante divina traducida en los ocho pasos: abstenciones, observancias, posturas, control de la respiración, recogimiento interior, concentración, meditación y samadhi.
La unidad, ese es el propósito.

