Por Mataji Shaktiananda
No, no es cierto, Quino nunca fue el “papá” de Mafalda, como se han empeñado en señalar -“sensibleramente”- tras la partida del dibujante.
Insisto, no lo fue. No-la-pa-ri-ó. No se entienda mi posición como un arrebato feminista. Joaquín Salvador Lavado Tejón se perfiló, en tanto a ella, como su Creador, sin el más mínimo atisbo de familiaridad y menos de forzada espiritualidad. En su vida fue pragmático y ateo. Se casó en 1960 con Alicia Colombo y no tuvo hijos, sus razones tendría para no ejercer el rol paterno.
Eso sí, se generó otro tipo de prole. Más bien, desdibujó todo instinto paterno al adoptar realidades y fantasías, dizque, infantiles y las instaló en media docena de criaturas, como si armara un íntimo jardín de infancia. Allí, se dibujó a sí mismo, dándole recreo público a sus niños internos.
En ese alumbramiento no existió más dolor que el de la realidad experimentada hecha viñeta. Gente, situaciones, ideales y cuestionamientos existenciales. ¿Qué más dolor que ese?
Quino se psicoanalizó, durante tres años, porque se sentía desequilibrado. Llegando a confesar: “Tuve un período en que yo me bañaba, salía de la bañadera y me desesperaba por limpiar el espejo, porque vivía aterrorizado de que limpiara el espejo y el que se reflejara no fuera yo”.
Deslizó su alter ego bien repartido. Inútil achacarle abandono sobre una orfandad inexistente. Quino más bien fungió de Dios. Pensó, dibujó y se hizo el verbo, es decir, llevó a accionar a voluntad y conciencia a cada uno de sus personajes. Es, fue y será uno con ellos. A la par, el juego es inequívocamente inmortal. En certero guiño existencial: nacieron para no morir.
El manifiesto: cada globo coloquial o de pensamientos, en los pronunciamientos de Susanita, Manolito, Felipe, Miguelito, Libertad, Guille, inefable, lo que Mafalda sería dentro de esa sopa existencial de marca Quino. Tomada hasta la última cucharada, tan espesa o tan disuelta como la interpretáramos, incluso con sus papás, como núcleo, bien proyectados y presentes. Si Mafalda vive en esos trazos y coloquios de elaborada reflexión, sus padres también la acompañan hasta que el mundo quiera. Inseparables proyecciones de la psique de un ser al que no se le puede adjudicar una paternidad que entregó hasta en su propia trama interna.
No fueron pocas veces en que quiso distanciarse de algunas tensiones ejercidas por sus personajes. “El amor al dinero de Manolito no lo tengo, todo lo contrario, soy un desastre. Alicia es la ministro de Economía de la pareja. Ella dice que es porque soy un perezoso que no quiero trabajar en esas cosas.” aseveró en una entrevista concedida a Javier M. González en 2014.
Entonces, hay que desmontar la novelita ancestral-social-moral de afinidad filial, arrastrada como especie y que, cada vez más, se ha convertido en un cómics humanizado y desnaturalizado. Es como por costumbre, se dice Padre Creador, responsabilizando, en el mejor de los casos y, culpando, en el peor, a lo que imaginemos es el Ser que nos delineó “a imagen y semejanza”. Mafalda estuvo muy bien asistida en su parto natural -cero fórceps- por quien la ideó y eso no es susceptible de abandono alguno.



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