El ser humano moderno cuenta con posibilidades de comunicación insospechadas y con alcances que todavía no logra dominar. Paradójicamente, su progreso técnico en las tecnologías de la información y la comunicación lo están llevando a perder una de sus capacidades fundamentales: el diálogo entre individuos. Nuestras sociedades actuales se caracterizan por un alto grado de conflictividad, fragmentación y polarización, donde una comprensión real entre las partes parece imposible de lograr. ¿Qué es lo que hace falta para que el hombre pueda ejercer cabalmente su capacidad para dialogar?
La naturaleza dialógica del hombre
Según el filósofo existencialista Martín Buber [1], el hombre es un ser dialógico con dos características distintivas: la relacionalidad y la relación dialógica. De acuerdo con este autor, somos animales primariamente relacionales antes que racionales, por lo que el diálogo constituye un medio para reafirmar nuestra naturaleza original.
Así, el fin del diálogo habría de ser el establecimiento de conexiones verdaderas con otros individuos -a quienes necesariamente se les atribuye condición humana y agencia- en lugar de una instrumentalización que reduce al otro a la categoría de objeto. Es a través de esta relación dialógica que ambas partes pueden experimentar un cambio interno que refleja una comprensión más profunda de sí mismos y del otro.
Tiempos de conflicto y polarización
Hoy cabe repasar estas nociones ontológicas del ser humano puesto que nos encontramos en una época de creciente polarización y antagonismo en la vida social. Tiempo histórico en el que es inevitable cuestionarse la posibilidad misma de entablar un diálogo significativo a través de las líneas divisorias deliberadamente creadas para segregar por raza, género, orientación política, poder adquisitivo, etc.
Esto a pesar de que actualmente el intercambio de ideas es abundante e inmediato -gracias a la proliferación de los medios de comunicación social- y algunos podrían incluso considerar que el momento actual se caracteriza por un exceso de diálogo. Sin embargo, el diálogo no es sinónimo de dos o más monólogos o polémicas que se cruzan; por el contrario, presupone la capacidad de escuchar y comprometerse con los interlocutores en lugar de tratarlos como a “un enemigo» [2].
Y es que el otro, antes que un agente humano consciente con quien es posible enriquecerse a partir del intercambio, se concibe como una amenaza a las creencias endebles que dan una aparente coherencia a nuestro frágil sentido de la existencia. Creencias que en el mejor de los casos se fundamentan en posverdades amplificadas por las redes sociales y basadas en datos masivos que tergiversan la percepción de la realidad social [3].
Hacia el diálogo consciente
A manera de espejo, la imposibilidad de un diálogo con un otro termina reflejando el cada vez más empobrecido diálogo interno. El ser humano actualmente no se atreve a mirar en sus propios abismos y reconocer perspectivas incómodas sobre sí mismo. En términos junguianos, la sombra que no logra reconocer termina siendo proyectada hacia los demás, a quienes debe enérgicamente combatir desde su rígida y en exceso “positiva” persona.
Llegados a este punto, podemos apreciar que el diálogo en buena medida depende de la voluntad del hombre por genuinamente conocer(se) y aceptar(se) a sí mismo y al otro. Así, un encuentro dialógico veraz se produce cuando ambas partes llegan a una nueva perspectiva compartida, en la que participan activamente pero que trasciende las facultades originales de ambos [1].
Referencias [1] Barthold, L. S. (2020). Overcoming polarization in the public square: Civic dialogue. Springer Nature. [2] Rose-Redwood, R., Kitchin, R., Rickards, L., Rossi, U., Datta, A., & Crampton, J. (2018). The possibilities and limits to dialogue. Dialogues in Human Geography, 8(2), 109-123. [3] Shelton, T. (2020). A post-truth pandemic?. Big Data & Society, 7(2), 2053951720965612. Image by atlascompany on Freepik

