Por lo visto y oído, por lo percibido y comentado, el hombre contemporáneo se las sabe todas. No casi todas; todas. No se preocupa por la inseguridad, porque tiene cómo combatirla, sino, pregúntele a algunos presidentes latinoamericanos, o a la contrariada Europa, aunque las cifras desmienten la especie; no se preocupa por los postulados ideológicos que carcomen las mentalidades desde las redes sociales, y las poderosa estructuras mediáticas, porque la inteligencia artificial ya hizo el pacto requerido; no se preocupa por los arrebatos bélicos, porque la paz es más líquida que otra cosa, y si, por alguna razón es víctima de algún exceso, interno o externo, hay que dejarlo ser. Nunca fue tan feliz siendo infeliz. ¿Lo sabe o no lo sabe?
Sé que cometemos una arbitrariedad estilística, generalizando, sin embargo, para todo tiene una respuesta, bien sea de la industria que lo confunde, bien sea de su interno, que lo abruma con el ego. Hacia donde se asome, chasquea los dientes, y “te la tengo”. Y, cuando lo ataca la ortodoxia del bienestar, a como dé lugar, primero está mi cuerpo, y después, si ha de venir, está la mente, la razón, el espíritu. El hedonismo sucumbe ante la autodestrucción.
Surge el dilema de estar consciente de un estado de bienestar y asumirlo, o descuidarlo y alterar el propósito partiendo de las simulaciones del entorno, del combate sin cuartel de las modas, de los subyugantes estímulos de una belleza corporal, de la pugna contra el envejecimiento, y el consumo de atributos apolíneos. Una cosa es la irracional obsesión por el bienestar, y otra, una consciente armonía entre cuerpo y alma.
Los totalitarismos se aproximan al hombre en un lenguaje de seducción. Y allí, nos las sabemos todas. Interactuamos apegados a la mirada del otro, convencidos de que vamos en la dirección correcta. Nunca hemos estados tan enajenados como cuando consideramos no estarlo. La ignorancia como hegemón rige y predomina. Por eso nos la sabemos todas, pues sin saber nada -quisiéramos que fuera la ignorancia socrática- actuamos animados por un principio de estabilidad que contraría la hazaña gloriosa de ser. Bienestar es saber estar, no estar bien sobre la base de los falsos criterios de salud.
El homo faber, ese quien construye, fabrica su propia transformación, bajo la guía de su preceptor, está lejos, muy lejos de las chapucerías y mañas de la maquinaria, que convierte al ser humano en un manojo de nerviosismo, en un sujeto ideal para ascender a la jerarquía social, mullido y muñido en su propia fantasía. No podemos negar el poderío que se manifiesta en los mensajes del bienestar como fin último de los tiempos, apelando a la forma extrema, al totalitarismo sano, según la cual podemos dominar las enfermedades y estar en perfecta concordancia con un estilo de vida saludable, atendiendo al bombardeo mercantil metamorfoseado en un fingido ideal ascético de felicidad y paz.
Quien sabe estar y ser ni pacta ni sucumbe ni se deja manipular por los artificios del sistema. Y no es una contienda menor saber discernir entre el voluntario y consciente ejercicio de autoconocimiento – allí entra el auténtico bienestar- y el protuberante modelo, amigo del desfiladero, diría el poeta cubano Lezama Lima, de una infinita danza de ofertas, que esclavizan al hombre a un encadenamiento y neutralizan su capacidad de avanzar.


ONS!
Hermosa lectura, que linda forma de abordar la realidad.El hombre contemporáneo,no sabe de DIOS,ni se conoce a sí mismo, pero se las sabe todas.
Muy importante el ejercicio de autoconocimiento
excelente lectura, fácil de comprender, y que invita a los que tienen ojos y quieren ver , a una reflexión profunda de lo genuino y real del autoconocimiento y a la responsabilidad de asumir la creación no sólo individual, sino de la vida toda…gracias por compartir!!!
Continúen así.
Sandra Prado.
Hay que saber danzar entre el verdadero ser ,consciente de ese sistema que esclaviza con falso bienestar, y la verdadera capacidad infinita de estar y con ello SOLO SE QUE NO SE NADA.
El turismo del Bienestar es impresionante, gracias por compartir este artículo ..
Om Namaha Shivaya
Efectivamente hay una cantidad de desinformación que hasta miedo da, ejemplo: ahora proteína es sinónimo de carne, cuando vas a un restaurante, en México, y pides una ensalada te preguntan con cual proteína la quieres acompañar y si uno contesta con garbanzos se quedan atónitos, eso no es proteína. Y cuando venden proteína como suplemento, es proteína vegetal, porque si fuera animal olería a croqueta para perro y la gente ni cuenta se da de la contradicción.