“¿Cuál es el sentido de la vida?
Eso era todo: una pregunta sencilla; una que tendía a agobiarle con los años;
la gran revelación nunca había llegado. La gran revelación quizá nunca llegó.
En cambio, había pequeños milagros diarios, iluminaciones,
cerillas que se encendían inesperadamente en la oscuridad; aquí estaba una”
Virginia Woolf. Al Faro.
Sobre su lecho yace Alejandro de Macedonia. Miles de kilómetros cabalgados con Bucéfalo, su fiel aliado, al que domaría siendo apenas un adolescente. La muerte le acecha, sabe que se acerca el final. En el palacio de Nabudoconosor II, la atmósfera es densa, cargada de intriga y complot, como suele ser cuando agoniza un monarca.
Babilonia respira incertidumbre, ¿Qué pasará? ¿Quién sucederá? Semejante vasto imperio, arrebatado a la fuerza por un magnífico joven que poseía la furia de mil leones. Ahora, reducido a despojo por sus propios excesos, por fin se da cuenta de la impermanencia de la materia. Es así, con su último aliento, que reparte entre sus generales las tierras conquistadas.
Fundaría Alejandro una ciudad que haría honor a su megalomanía. Conquistado Egipto, Alejandría sería la puerta de entrada al continente africano desde el mediterráneo. Ciudad portuaria donde Ptolomeo I, regente y heredero de Egipto, instalaría en la isla de Faros, una megalítica estructura que se convertiría en una de las siete maravillas del mundo antiguo.
El lama tibetano, Nyoshul Khen Rimpoche, escribió sobre esa circunstancia:
“Descansa en la gran paz natural, esa mente agotada,
azotada sin remedio por el karma y los pensamientos neuróticos,
como la furia implacable de las olas que golpean
en el océano infinito del samsara.
Descansa en la gran paz natural”.
Estructura estoica por excelencia. El faro resiste el embate marino, brindando esperanza al navío y sus tripulantes. En la negrura de una noche sin luna, una lejana luz parpadea. El timonel dirige su rumbo hacia ella. El capitán sabe que la tierra, aunque no vista, está al alcance. El viento acaricia suavemente las velas y el navío surca las olas con gracia. La cercanía con la costa atenúa la furia del mar. Se navega tranquilo, se anhela la llegada a puerto seguro. Por las razones que sean, el marino está contento. De pisar tierra firme y descansar del sostenido bamboleo que conlleva navegar en altamar.
El faro siempre ha sido símbolo de guía, iluminación y esperanza. Muchas mentes, personalidades y seres encarnados han sido llamados faros de la humanidad. Porque han mostrado un rumbo, iluminado el sendero de las artes, las ciencias y todo quehacer humano loable. Especial mención merecen los maestros iluminados del genoma humano, que, con absoluta bondad, manifiestan la Luz Divina en este plano. Transformando sus cuerpos en el Faro que nos guía hacia nuestra propia salvación e iluminación. Convirtiéndonos, nosotros mismos, en faros de otros navíos que navegan en las tinieblas; anhelando la paz y el resguardo que brinda el puerto.
Fuentes Consultadas:


Om Namaha Shivaya …en alta mar y aunke haya tormenta la guía se prende si soy constante en esa entrega y fuerza de voluntad de llegar a buen puerto…. feliz arribo …gracias …
Excelente metafora, Ma Shakti es nuestro faro, ahora depende de nosotros llegar y pisar tierra firme y no naufragar en el intento.