El plano de la acción donde estamos inmersos dada la experiencia evolutiva que nos hemos planteado, comprende como parte del diseño, diversas posibilidades para descubrir o develar lo irreal de lo real, la oscuridad de la luz. Tanto afuera como dentro de cada uno.
Es ineludible y por tanto, estamos condicionados, aunque no atrapados, excepto si no logramos ejercer nuestro principio de libertad y actuar en resonancia con la voz interior que nos guía, orienta y ubica en el orden de correspondencia para establecernos en conciencia.
La llamada realidad creada despliega un tablero de juego donde múltiples roles se representan, hasta el momento en que la voz interior comienza a cuestionar, sospechar e indagar para movernos a buscar las respuestas que nos llevan hasta la verdad que somos.
Así lo plasmó Herman Hesse en su obra Siddhartha, con una interpretación literaria de la vida del Buda, al que desde su fragilidad lo concibió imaginativamente como quien primero se supo en ley y verdad para luego moverse por el mundo de los deseos y la miseria humanas hasta casi desconocerse, para retornar de nuevo tras hallarse en agotamiento mortal para revelarse en logro exacto.
“Por momentos sentía, muy profundo en el pecho una voz moribunda y silenciosa que lo reprendía, que se lamentaba. Él apenas la percibía. Y Luego, durante una hora era consciente de la vida extraña que estaba llevando, de la cantidad de cosas que hacía que eran solo un juego, de la vida real pasándole por el lado sin tocarlo a pesar de que se sentía feliz y alegre por momentos”
Ese hombre educado para brahmín, luego asceta y un largo período hombre de negocios, hizo fortuna y experimentó el placer de los sentidos, antes de huir casi moribundo de una realidad en la que se perdió al desconocerse, hasta que se cuestionó si vivir para eso era necesario, y al darse respuesta emprendió la retirada.
Las repetidas dinámicas que aumentaban el vacío terminaron paradójicamente por saturar la falsa sensación de satisfacción, hasta llevar al límite en el que desconocer el agotamiento aniquila el alma: “Entonces Siddhartha supo que el juego había acabado, que no podía jugarlo más. Los escalofríos le recorrieron el cuerpo, el interior, y así sintió que algo había muerto.”
El sinsentido de lo que hacemos va revelándonos la necesidad de los cierres, aunque solemos dilatarlos porque buscamos razones para mantenernos en dinámicas agotadas, desgastadas e inocuas, temiendo que hay riesgo al movernos por una verdad mayor.
Si advertimos que el amor es el arma más poderosa para disolver el miedo, no existe razón alguna para demorarnos.





