Los hombres junto con sus circunstancias, van roturando el destino, dándole la forma apropiada o inapropiada a todo eso que denominamos instante. En ese aliento, segregamos luz y oscuridad, y vamos desmembrando a nuestro ser. Procesos tras procesos. Nos tergiversamos sin saberlo, y en esa inconsciente intuición, en ese fin y principio de las cosas, logramos percibir la armazón que oculta la verdad de la existencia.
Claro, solo cuando obramos con ingenio, ese campanazo de lucidez que es propio de las almas despiertas, nos aproxima a fuentes, umbrales de luz que la humanidad no puede disolver, por más que el velo de maya sea su propia mortaja, su pesado lastre, su fatalidad.
La visionaria grandeza del amor hace una llamado, reacomoda los seres, y sus energías. Vigilia, ayunos, oraciones, un peregrinar titánico, el ceremonial de los ceremoniales, el Maha Kumb Bela, que este año comenzó el 13 de enero, y capitulará su trayecto con un cierre jubiloso, el 26 de febrero. Un peregrinaje de 44 días, con un magnífico epílogo; la Gran Noche de Shiva, es decir, el Mahashivaratri.
Como juego de la conciencia universal, esa noche es uno de los momentos energéticos más trascendentes que ser humano alguno puede experimentar, acotemos, ser humano despierto, devoto, consciente del hallazgo cósmico, el cual ha tendido una conexión, de habitabilidad en luz, con una poderosa Fuerza Padre que desciende para que nuestra alma si sitúe y en ella converja el flujo y el reflujo del Na Ma Shi Va Ya, gracia reveladora, trascendencia pura.
El Maha Kumbh Mela, como es conocido, se celebra cada 12 años a la orilla de los ríos Ganges y Yamuna, y un tercer afluente sagrado, el Saraswati, que no está a la vista -dada su condición mítica -pero que palpita en el corazón de millones de feligreses. Las ciudades sagradas que participan de esta celebración son Prayagraj, anteriormente Allahabad, Haridwar, Nasik y Ujjain, y para regocijo mayor, es importante la alienación de las constelaciones -sincronía cada 144 años- y los grahas, júpiter, la luna y el sol.
El mito que sostiene la festividad no es otro que el batido del océano de leche, donde dioses y demonios pactaron una alianza con el propósito de elaborar el amrita -néctar de la inmortalidad que estaba alojado en el kumbhá, el recipiente- y servirse, pero, por esas colosales imprudencias del destino, los asuras rompieron el acuerdo, y se llevaron la vasija. Los devas persiguieron a los transgresores, pugnan durante 12 días y 12 noches, equivalentes a 12 años, humanos, y finalmente, durante el forcejeo, cayeron cuatro gotas de amrita a los territorios antes mencionado.
En esta compresión del mito, el Maha Kumb Mela se ha convertido en el evento religioso más concurrido de la civilización, un fenómeno de masas rotundo, con presencia de celebridades, políticos y turistas nacionales e internacionales. Una conexión religiosa entre individualidad y energías colectivas que, lamentablemente, no abordó Elías Canetti, en el influyente Masa y Poder -sí se aseguró un análisis sobre lo islámico, lo judío y lo cristiano- libro que define y clasifica a las estructuras antropológicas de cada fenómeno de masas, desde la historia, el poder y el orden.

