¿Es la música un reflejo de la vida misma, o es la vida quien se refleja en la música?
Abordar estas preguntas a la luz de las intensas y significativas relaciones que vamos desarrollando con la música, podría parecer innecesario, si tan solo nos conformáramos con permanecer en el sutil encantamiento de escuchar sin saber, de ser raptado sin intermediación del intelecto, viajar por dentro de la música, ser atravesado por ella y vivir solo eso.
Sin embargo, argumentando en favor del autodescubrimiento, en pro de la conciencia de la meta experiencia, hacer intento por develar la arquitectura de los artificios humanos y creativos, es también acercarse a la naturaleza misma de lo que somos, expandiendo nuestra conciencia, noble tarea sobre todo cuando tanto hemos olvidado.
¿Qué magnética fascinación tiene la psique (el alma para los griegos) que adquiere forma y realidad manifiesta con forma, cuando se deja llevar por la fuerza atractiva de la música?
La música es capaz de estimular el flujo de imágenes en nuestro interior y es por esto que es usada como estímulo en psicoterapia, dado su poder para atraer contenidos desde las profundidades del inconsciente, hacia la luz de la conciencia, cumpliendo el propósito de todo análisis. Estos contenidos y tendencias internas (samskaras y vrittis) se traducen en forma de imágenes visuales (símbolos, formas, recuerdos, figuras), emociones, sensaciones físicas y momentos de inspiración.
«El Rapto de Psique» es una pintura de William Bouguerau que representa a la psique como una hermosa joven con alas de mariposa, entregándose plácida y a ojos cerrados, a los brazos de Eros: un joven espléndido con grandes alas angélicas y mirada fija hacia arriba, los cielos y los reinos espirituales de donde proviene.
La analogía de esta imagen con el proceso y la experiencia de dejarnos raptar por la líbido (fuerza psíquica) de la música, resulta evidente: nos disponemos desnudos de raciocinio limitante, despojados de condicionantes, dispuestos y abiertos para entregarnos a las corrientes que del aire llegan con sonidos de otros mundos. Recibir así a la música es permitir el mágico magnetismo que su fuerza ejerce sobre la psique. ¿O es acaso el mismo Eros, quien, al verse atraído por la belleza de Psique, responde a una atracción ineludible por naturaleza? Nos encontramos aquí con uno de los motivos psicológicos que Carl Jung identificó en su psicología de los arquetipos como El Matrimonio Sagrado.
Jung vio a estos mitos de unión entre polaridades o principios complementarios como lo masculino y lo femenino (el animus y el anima) como poderosas formas en que el individuo se revela a sí mismo importantes eventos de unidad psicológica, crecimiento espiritual e integración de polaridades en lo que llamó el proceso de individuación.
Hans Carl Leuner (psiquiatra investigador de los estados de conciencia a través del afecto y su relación con la imagen del inconsciente) decía que la psique tiene una urgencia de representarse a sí misma. ¿Es esta urgencia una especie de Eros cósmico, fractal a su vez del juego divino en el que como chispas navegamos el universo de retiro al origen?
Retomando las preguntas iniciales, podríamos plantear que tal vez la atracción mutua entre alma y música, sea un matiz en el trascendental impulso de encuentro que responde a una necesidad espiritual de autoconocimiento, como si a través de sí mismo, el Ser que Es busca darse respuesta ante la pregunta primordial: ¿Quién Soy?
Fuentes consultadas:
Jung, C.G. (1962). Símbolos de Transformación. Ediciones Paidos Iberica.

