Si fuéramos robots no habría fe ni fantasía. Pero no somos meramente un algoritmo frío. Somos seres intelectuales y sentimentales, viscerales y racionales, que construyen lazos de afecto con personas y también con ideas. A medida que vivimos nos hacemos una identidad a partir de resonancias con ciertos paradigmas o formas de pensar, al igual que rechazamos otros, y así constituimos un criterio frente a nuestra realidad presente. La subjetividad es entonces la extensión del mundo interior del ser humano, la cual se manifiesta como esas formas de vivir que pasan por el arte, la literatura, la tradición oral y el vasto mundo de la imaginación.
Por eso es que, sobre la base de mitos, se hace la cultura, así como de rituales se constituye la vida en sociedad. La fantasía, en un primer nivel, es la narrativa de la cultura construyéndose un necesario mundo simbólico que comparten miles de seres humanos. Las historias que se cuentan de generación en generación: mitos, leyendas, creencias, religiones, folclor, y se vuelven tradición… eso es en últimas lo que define una nación y la diferencia de otra. Esa es la experiencia humana que no se queda meramente en el mundo natural objetivo, objeto de la ciencia, cuantificable.
Hay un mundo subjetivo, una fantasía propia de cada ser humano, una construcción hecha con base en nuestra subjetividad que puede ser considerada una fantasía, y que cuando es sumada a la fantasía de los otros crea entonces una gran alucinación colectiva llamada realidad y que llega a ser llamada “normalidad”. Esa es la realidad simbólica que compartimos y que es heterogénea, multifacética e irreparablemente cambiante a lo largo del tiempo y el espacio de este planeta y nuestra civilización.
Una historia de la fe
La fe por su lado puede tener que ver o no con estas fantasías culturales. Ciertamente se la ubica muy fácil allí, pero siempre se debe preguntar dos veces si la respuesta no satisface. La fe se trata del sentido de vida, en el cual puede haber religión más allá de la fe si nos lo permitimos.
Esta noción fue criticada desde la etapa industrial de la historia, siglo XVIII, en donde todavía no teníamos demasiado control sobre nuestras propias creencias debido a la impronta religiosa en los sistemas educativos europeos. Eso fue lo que hizo de varios pensadores de esa época críticos de la religión, como Marx y Nietzsche.
La Iglesia fue el adoctrinamiento por excelencia del Estado, pues a través del miedo a la muerte y al castigo divino se aseguraba la obediencia de un pueblo dócil y manipulable, algo bastante conveniente para las clases dominantes. La fe, en esas circunstancias históricas, fue vista como una incomodidad heredada del pasado que impediría la autonomía ética del ser humano y el avance de la ciencia y de la libertad del pensamiento.
No obstante, la Fe ha sido el objeto de los cuestionamientos e indagaciones existenciales más profundos, al intentar dar respuesta a la razón y al sentido de nuestra presencia en este mundo. A partir de esa fe vista como una forma de conocimiento se crearon tradiciones espirituales que intentaron responder esas preguntas, y que entre otras cosas también propusieron sistemas morales para guiar la vida en sociedad.
Pero en cada caso la fe ha sido particular, y eso debe ser analizado con mucho cuidado para no caer en generalizaciones ilusorias. No obstante, pareciera que ni filosófica ni científicamente vio el ser humano una proposición más interior de la Fe, más esotérica, acaso arraigada en un sentir en vez de un dogma.
Esta visión de la Fe interna, sin embargo, siempre ha existido. Fue sostenida por senderos iniciáticos y escuelas de enseñanzas esotéricas a lo largo de los siglos. Por eso ciertas cosmovisiones orientales, como por ejemplo la Tradición Védica, o los varios tipos de budismo, concibieron una Fe propia en donde aquello divino y trascendente, el objeto del anhelo espiritual, está contenido en la conciencia misma del devoto, del practicante o meditador.
Se tiene Fe en uno mismo, en las propias capacidades y en el despliegue de la propia luz. Quizás en la experiencia de esa luz esté la respuesta a la subjetividad fantasiosa de cada pueblo y sociedad. Quizás al final lo que puede unirnos pese a la diversidad sea justamente la experiencia de una misma luz alcanzada desde diferentes sistemas de fe. Tal vez la unificación de las fantasías individuales sea entonces, en efecto, una misma iluminación.
Fuentes:
Nietzsche, F. La genealogía de la moral
Marx, K. El Capital
Feynman, JP. Filosofía Aquí y Ahora.

