Entender la existencia humana es uno de los retos más interesantes que nos podemos plantear, sin embargo, es indispensable considerarla desde esa percepción de comunidad, que ofrece la posibilidad de generar una visión desde la convivencia, basada en la interdependencia y la expresión compartida.
El ser humano se reafirma con el otro y una de las formas se materializa con su capacidad para expresar, comunicar en interdependencia y correspondencia con los otros y en su colectivo. Es aquí donde contemplamos la dimensión social de la existencia humana, entendiendo que es un proceso constante, dinámico que da paso a la trasformación en su interacción interna y su entorno situacional.
Las formas de relación impuestas por los que dominan terminan por definir los roles, los códigos y sobretodo la réplica de accionar desde los arquetipos impuestos.
El caso de Venezuela es un vivo ejemplo de esta situación: la llamada Revolución Bolivariana, terminó convirtiéndose en una aberrante replica de lo que ellos mismos criticaban cuando iniciaron un supuesto proceso de cambio profundo, en un Estado con instituciones que definitivamente no representaban al colectivo, pero sí a su élite dominante. Y en esa dinámica de transformación hoy día se resume en un estado totalitario.
El profesor y filósofo mexicano, de origen español, Eduardo Nicol, cofundador del célebre Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, reiteraba que no podíamos impedir ni eludir las grandes transformaciones sociales, llámese revoluciones o guerras, que se generaban en nuestro entorno. “Luego decimos que nuestros tiempos son agitados, porque en el lugar donde estamos presentes se producen agitaciones que repercuten en nosotros, si no es que intervenimos activamente en su producción”. [i]
Es un hecho que Venezuela como país y como sociedad ha experimentado una transformación social, espiritual incluso individual. Estas transformaciones no siempre son para la evolución de la consciencia, del colectivo, y del alma en su individualidad y aun así, tiene un impacto en los que habitan allí y los que están fuera del país. Los acontecimientos que allí se desarrollan nos determinan, pero nosotros también los determinamos a ellos, desde nuestro entender y nuestros contenidos, para enfrentar esa realidad que es común a todos.
En este punto podemos vislumbrar el impacto de la hostilidad en la comunicación interna y la que sale a nuestro entorno. Como nos afecta y enfrentamos la frustración de un diálogo exterminador de la razón, negador de lo expresado por un sentimiento de emancipación y sincronizado con las formas de la oscuridad, brindadas al sometimiento y a la imposición, para hacer de la comunicación, una herramienta de la maldad y la crueldad.
En este mismo instante tenemos ejemplos como la invasión de Rusia a Ucrania, el exterminio de palestinos en Gaza, entre otros, y un mundo expectante ante una producción humana absolutamente negadora de la luz, que define, somete y trasgrede desde la fuerza y el miedo.
Estamos expuestos de una manera descarada a formas extremas bastantes impensadas, más que de conocimientos y de intelectualidad, de hacer consciencia de una situación que nos empuja a sostener grilletes mentales intentando atrapar a una espiritualidad intrínseca que habita indiscutiblemente en nosotros, es por ello que estamos obligados, desde nuestras formas de luz, a terminar de distinguir entre el Ser y la realidad, para habitar nuestra esencia, que no siempre se perturba ante las acciones y decisiones de los otros.
Sigue siendo un reto comprender y valorar la complejidad del mundo que hemos creado y la condición humana que hemos decidido desarrollar, pero seguirá siendo de valientes permanecer atentos, conscientes y sobretodo dispuestos a SER a pesar de la realidad que nos quieran imponer.
Fuentes consultadas:
[i] file:///D:/Users/Usuario/Downloads/10907.pdf. Pag. 20. “Revista de Filosofia Hodos

