“No lo quemes, ni lo consumas por completo, Agni.
Que no se disperse su cuerpo ni su piel.
¡Oh fuego que todo lo posee!
Cuando lo hayas abrasado por completo, envíalo de camino a los Ancestros”.
— Rig Veda 10.16
En la cultura occidental, la muerte se ha visto, desde largo tiempo atrás, como un misterio. Podríamos decir que, a pesar de los legados espiritistas como el de Allan Kardec, la herencia tibetana que de forma minuciosa explica los tránsitos fúnebres, los textos sagrados ofrendados por las más antiguas tradiciones orientales y un sinfín de prácticas ancestrales que se fundamentan en antiguas cosmogonías, aún en la actualidad, un significativo número de habitantes terrenales considera a la muerte como un tema vetado, desconocido y sujeto a la visión más materialista y dialéctica.
Sin embargo, de acuerdo con los fundamentos de la más avanzada y actual física cuántica, los constituyentes más fundamentales de la realidad física no pueden ser descritos o explicados si se mantiene la restrictiva visión materialista. Así lo afirma Bruce L. Gordon, de la Universidad Baylor:
“…paradójica e irónicamente, los constituyentes y relaciones fundamentales del mundo físico no pueden entenderse, en principio, desde el punto de vista físico. Como debe haber alguna explicación, la correcta tendría que ser una explicación no física – y esto es totalmente incompatible con cualquiera y con todas las variedades de materialismo”.
En este sentido, si lo físico está en tela de juicio, ¿qué explicación queda para lo que no se ve? ¿Cómo explicar lo que sucede con el alma incorpórea y, por otro lado, con la densidad corpórea?
Ciertamente hay consenso con respecto a la finalidad, por ejemplo, de los ritos funerarios. En principio, se cree que facilitan el ascenso del alma hacia los predios de la vida eterna, aunque sepamos que la inmortalidad puede alcanzarse sin necesariamente transitar la muerte física (al menos, del modo en que creemos conocer la muerte). Sin embargo, es destacable la relación existente entre este proceso y lo religioso, a sabiendas de que lo que realmente facilitan algunas costumbres es rememorar una y otra vez el lamento de la pérdida de un ser querido.
Todo varía según la sociedad donde se practique, contemplando entierros, despedidas con música, vigilias nocturnas, novenarios de oraciones, bailes frenéticos, entre otras maneras de participar del tránsito del alma hacia otras dimensiones.
De forma muy particular, encontramos en la Tradición Védica la definición exacta de las etapas de transición cuando un alma se va del plano físico. Asimismo, en esta Tradición, como en algunas otras también, se propone la cremación como un tránsito propicio, expedito y seguro para el alma.
El exponer al fuego el cadáver del difunto es una práctica muy ancestral que data de 17 mil años de antigüedad. Fue ampliamente implementada, aunque su ejecución declina cuando se establece la cultura semita, pasando a ser considerada una forma bárbara y salvaje, castigada por babilonios y persas.
No obstante, aún hoy tradiciones espirituales puras consideran que la incineración del cadáver de un difunto corta los lazos de apego del alma con el cuerpo que está dejando. En este proceso se expresa una inversión simbólica de lo que la muerte representa, al producir un nacimiento en el hecho de liberar el alma de la densidad corpórea y agilizar su paso a otro plano de consciencia.
Fuente:
https://www.vedicfuneral.com/p/final-rites-and-rituals.html
https://urnabios.com/es/el-origen-de-la-cremacion-humana/

