En el momento en que sentimos que la belleza de algo o alguien nos alcanza, el tiempo juega un papel central porque son instantes de conexión exacta con algo que en su exacta simpleza, inunda el espacio. ¿Quién pensaría que la belleza tiene alguna relación con el espacio y el tiempo?
El apreciar nuestro entorno requiere una actitud respecto a cómo nos disponemos en el presente puesto que, las dinámicas cotidianas imponen afanes y rutinas a las que nos sometemos tan voluntariamente, que aterra el darse cuenta lo autómatas que somos ante tantos sucesos que nos rozan y en los que no conseguimos conectar porque las distracciones sucesivas abruman.
Basta con despertarse y el mundo está ahí, con la naturaleza desplegando en la aurora sus sonidos, sus olores y sus luces. Pero pocos perciben y escuchan lo que el día va ofreciendo en un tiempo que transcurre bajo el sol y en lugares – espacios – donde la creación instalada como está, gravita y se entrega con o sin consciencia en el presente.
Ese presente es un tiempo que transcurre, y en el que nos conectamos o no según nuestra atención y disposición, creando relaciones con objetos, personas y naturaleza, dispuestos todos para la experiencia que vivir implica, determinada por el flujo que el intercambio genera.
Lo maravilloso de la vida es que podemos – si nos disponemos- integrarnos en esas relaciones desde formas sublimes y divinas cuando en esas dinámicas logramos conectar con la esencia del presente y descubrir una cualidad sublime que se nos brinda y es: La belleza.
El escritor coreano Byun-Chul Han se aproxima en su obra El aroma del Tiempo, a una apreciación inspiradora de la belleza integrando referencias de otros autores y su mirada propia: “Lo bello responde a la duración, a una síntesis contemplativa…; solo cuando uno se detiene a contemplar, desde el recogimiento estético, las cosas revelan su belleza, su esencia aromática”.
Es como si la belleza verdadera solo se pudiese experimentar y no simplemente ver. Por lo que debería darse una relación que requiere del objeto/sujeto, un espacio y un tiempo determinado, casi que un escenario. En el que por un instante logren coincidir, bajo una actitud contemplativa del observador que le coloque en la frecuencia y vibración donde lo observado se encuentra, para así revelar su belleza.
Es tan hermoso esto de lograr una conexión como si de un juego se tratara, para que con la clave correcta se nos diera acceso al tesoro escondido de las cosas, su verdadera belleza. No la aparente, sino lo que hace único cada elemento, persona o criatura de la naturaleza.
Experimentar así la vida requiere que nos entrenemos en la percepción del tiempo, del espacio, de nuestra presencia y de la existencia que nos circunda bajo nuevas actitudes, que estarán motivadas y movilizarán nuestra voluntad de estar presentes en la medida que seamos más conscientes de que la eternidad es un instante que se hace constante desde nuestras percepciones.
Así será posible cada vez más crear el eterno presente donde confirmaremos por experiencia propia que ¡La Vida es Bella!.


Que hermoso, gracias 🌸
Me quedo pensando un poco en la subjetividad de la belleza puede depender de la propia experimentación y desde dónde la ves… tu interior exteriorizado en la percepción.
Gracias por tan lindo artículo. 🙂
😀 felicitaciones hijita, eso se llama estar presente en el hoy y cada minuto de la existencia, tomar la vida que tenemos y vivirla felices, apreciando todo lo de esta hermosa tierra en que vivimos .