Conviene, antes de cualquier ajuste argumental, precisar que estamos en contra de la guerra. Ni a favor ni en contra de nadie. Sí en contra del conflicto. En contra del derramamiento de sangre. En contra de la aniquilación. En contra del dolor. Con asimetrías o sin ellas, los enfrentamientos y masacres, humillan a la civilización. Nada más indigno que acabar con la vida del otro, incluso, bajo cualquier premisa. Ya lo formuló el teólogo francés Sebastián Castellio ante un todopoderoso Juan Calvino, el inquisidor, por allá en la edad media: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”.
Y es que más allá de las desproporcionadas venganzas, más allá de los arrebatos del poder, más allá de las tiranías de las ideas, y del frenesí dogmático, es imperativo señalar que solo en la claridad está la verdad. Las guerras no producen verdades. Las ocultan. Sus únicas certezas son el control y dominio absoluto. Nunca un ataque contra inocentes podrá prosperar como mecanismo ni de retaliación ni de asepsia social. Es una eterna siembra de resentimientos. Son oscuras, en medio de la oscuridad.
Matar no significa convencer. Matar no libera. La cólera dogmática, venga de donde venga, es movida por el carruaje del miedo. Niega todo principio de humanidad. En las guerras no hay ejemplos, solo desolación, y una aborrecible épica del espanto. Es el inevitable fenómeno del karma colectivo. Matas, te asesinan, y sigues en esa virulencia cósmica, porque es el hábito ancestral, la Piedra de Toque, desde donde se explica semejante inconsciencia. ¿Qué cosa es más exponencial que la crueldad que acompaña a las guerras?
Estemos claros, y esa claridad la expresamos con una interrogante muy sencilla; ¿En cuál precepto divino, o sagradas escrituras, de cualquier naturaleza religiosa, se ordena el asesinato como fin último o bien supremo con el propósito de resguardar una causa? Con la confusión y la falta de escrúpulos religiosos, nacen las mentiras míticas y con ellas el acervo, el dominio, el dogma. ¿Quién puede contra eso? Educar para la paz no ha sido nunca una prioridad humana.
La primera huella que dejan las guerras es la destrucción estéril, el exterminio y la opresión. Todo, menos justicia. No tienen moral ni arrojan luces. Y uno de sus aspectos más escalofriantes, es que la civilización entera observa la matanza, la procesa en su interior como una incomprensible necesidad, incluso se regodea con el insano “mal necesario”, fija posición con uno de los actores, toma café y no respira, jadea.
La mala conciencia la asiste, y en esa insensata vaciedad, las sociedades llamadas democráticas, consienten el vil espectáculo. Lo alimentan con su silencio. Pueden detener, mejor dicho, pudieron haber evitado la danza del exterminio, pero prefirieron abonar capital al conflicto en un registro de secuelas kármicas inimaginables. Hay una solidaridad mal entendida en la humanidad, que se extasía más con el egoísmo que con la fraternidad, el respaldo auténtico.
¿De qué hablamos cuando hablamos de humanismo? Es desesperanzador concluir que todas las pasiones irracionales son también innatas, como señaló el psicólogo alemán, Eric Fromm en su implacable libro “Anatomía de la destructividad humana”, y para destilar más intensidad acotó: “Y dado que se entiende que causa las guerras el placer de matar, la conclusión ulterior es que las guerras se deben a una tendencia destructiva innata de la naturaleza humana”.
Guerras declaradas o no, que se ajustan al sistema y normalizan sus dinámicas, mientras el hacedor de armas entra en fase auspiciosa, ni conferencias de paz ni firmas de acuerdos las agotan, por lo general guerras dirigidas por dirigencias, rebeldes, los sectores más hostiles, radicales, resentidos de las naciones en pugnas.
Nunca la hacen sus ciudadanos, nunca el hombre de a pie, nunca la mayoría de la población, y aunque se la impongan, no da el resultado previsto como no sea el ejercicio de la fuerza, el poder, y como las viejas formas de hacer las cosas ya no funcionan, la guerra no funciona, pero el empeño de unos pocos se posiciona, nutre la escala, fomenta el interés y condiciona la paz.
¿Y qué de la estrategia guerrerista global? No estamos a salvo, pero debemos estarlo. Después de todo se trata de una venganza insondable, agresiones ofensivas y defensivas, que una madurada voluntad, elevada consciencia, y una apuesta por la vida podrían socorrer.
Sí, los demonios hacen la guerra, pero se les puede remediar. Retornarlos a la verdad. El cómo, es la tarea que la humanidad ignora, o la sabe, y la niega.


Un tema imprescindible, muy bien expuesto. Muchas gracias.
Gracias por este excelente artículo que ayuda a discernir un mal que vive la humanidad atroz y sin sentido. Muchas ideas expresadas en palabras muy cercanas a lo que siento.
Muy buen artículo. Gracias. Las palabras liberan y hacen eco en el pensamiento de otros. Así, ya estamos contribuyendo hacia la paz poniendo énfasis en elevar la consciencia. Es cierto que no existe postura razonable ante la guerra y, con humildad, pienso que se empieza por irse limpiando uno mismo de esos demonios para no reaccionar ante el conflicto. Por eso fue tan importante la capacidad de Gandhi para lograr la independencia India en 1953, o la férrea postura del Dalai Lama y los Tibetanos de no ceder en su mas profundo ante una imposición. Reine cada vez más la paz y reine cada vez más la luz. ONS.
Gracias nuevamente por su artículo.
Al fin puedo leer algo que le da sentido a todo lo que siento sobre las guerras. Mil gracias.
👍👍👍👍
Muy buen artículo