Por Ana Luz Borrero / SKY Ecuador
Percepción cultural y social sobre el medio ambiente
Las percepciones de las sociedades, culturas e individuos sobre el Medio Ambiente, han variado notablemente a través del tiempo. La naturaleza puede ser vista como escenario de la vida o paisaje, siendo el ser humano parte consustancial de él, o quién pretende dominarlo. La relación del hombre y entorno, ha variado a través de la historia, y también de acuerdo a la sociedad, cultura o civilización, pero, es más, también varía de un individuo a otro. Si miramos a las civilizaciones y culturas más antiguas y aquellas que mantienen esa herencia y tradición, como la herencia Védica, podemos darnos cuenta de la importancia del medio ambiente para las mismas. Braudel[1]se refería a este fenómeno, es decir a la relación e influencia del medio ambiente, como una resultante de largos procesos históricos o de larga duración, donde el medio adquiere una enorme importancia para la sociedad que se ve determinada éste.
Los valores y la apreciación sobre el medio ambiente suelen ser parte de una compleja realidad, producto de las diferentes cosmovisiones, imaginarios o posturas hacia la naturaleza, la Tierra y el cosmos y el papel del ser humano en esa relación. Las tradiciones espirituales más antiguas, las religiones y las cosmovisiones de cada región y continente del mundo, nos ofrecen una variada mirada sobre las relaciones hombre-medio. Cada cultura percibe, valora y cuida el medio de una particular manera, existiendo un nexo e interconexión muy fuerte entre cultura y entorno. Sobre el amor al entorno natural, el filósofo Bachelard[2] creó el concepto de “topofilia”. Concepto que luego será desarrollado maravillosamente por el geógrafo cultural chino-americano Yi-Fu Tuan[3] en los años setenta y cuya influencia se mantiene aún hoy.
En la época contemporánea, vivimos los resultados de las posturas propias de las sociedades tecnológicamente avanzadas, en donde predominan los “espacios del capital”, y los espacios del materialismo del color ideológico que sea, que traen como consecuencia, la expansión de la industrialización, la urbanización, y el abandono y postergación de la naturaleza, así como la sobre explotación y la implantación de un modelo del mundo “cientificista”, que mira el entorno físico y biótico, como recurso, no como la base de la vida. Esa cara tiene a su vez una contraportada que es el de la lucha y defensa del medio ambiente, que, siendo muy valiosa, también ha tomado un cariz político y dogmático. La acción humana a través del tiempo, ha dado lugar a un variado paisaje geográfico, en el que han “arraigado profundas diferenciaciones culturales y socioestructurales”.[4]

Si volvemos al concepto de topofilia desarrollada por Tuan, este autor nos habla del paso o tránsito del cosmos al paisaje, es decir del “cosmos vertical”, con el infinito colmado de estrellas, a la visión horizontal, es decir la presencia de un horizonte más plano, o naturaleza que llamamos paisaje. Este cambio se produjo en Europa, con la ciencia y la ilustración hacia el siglo XVIII, es decir el mundo se secularizó, de desacralizó se “desencantó”. La naturaleza humana cambió, y dejó de percibir la dimensión “vertical”, que le permite verse como parte de un cosmos mayor, con planos que van desde el físico, diríamos, desde la dimensión terrena, hacia lo alto, hacia el origen cósmico del hombre, hacia planos y esferas estelares, desde la esfera o loka Tierra o Buhu, hacia el cosmos, o en una visión “vertical”, hacia el plano de Satyam Loka o Sol central del universo, concepción presente en el mundo Védico. Tuan definía esta posición como la del hombre “mítico-sagrado”, que transciende al tiempo, frente al “social-profano”, que es totalmente cíclico. La visión mítica-espiritual, dejada de lado, se debilitó, y hoy es casi inexistente.
La naturaleza como concepto, ha sufrido una transformación, que menoscaba su significado, En la época medieval se: “hablaba de los cielos arriba, la tierra abajo y las aguas bajo la tierra”[5], la tierra ocupa el lugar más bajo en la jerarquía celestial, por ende, el movimiento en el plano humano tenía que ser ascendente, de allí la necesidad del ser humano de conectar con lo estelar o con planos elevados de conciencia.
Ahora bien, cada cultura y cada individuo a través del tiempo ha glorificado, alabado, valorado y amado su paisaje, su tierra, lo que en los Andes dirían, su firmamento, montañas y apus, tierra, agua, bosques y animales. La receptividad hacia la naturaleza cambia según el entorno y la comprensión del mundo creado. Culturas como la mediterránea, puede ser entendida a través de la maravillosa manera en que San Agustín (354-430) que amaba la luz solar del África del norte, la describe, como “la Reina de los colores”. Cuando se encontraba en Hipona, él describe esta amplia bahía como una “avanzadilla del cielo”. Dice del mar lo siguiente: “Está la grandeza del espectáculo del mar en sí, cuando se viste y desviste de colores como si fueran ropajes, ora distintos matices del verde ora púrpura ora azul celeste”. Se pregunta al mirar tanta belleza, cuál podría ser la recompensa de los bienaventurados, si hay aquí ¿tanta grandeza y calidad?[6]
Aquí me gustaría señalar, que San Agustín intuía, que el secreto estaba en la relación del Agni (luz solar) y Soma (el agua, el mar o las aguas cósmicas). Agni para su manifestación depende de Soma y viceversa, siendo la unión de Agni con Soma lo más puro, la esencia de la vida. Las aguas, el océano, son también un símbolo de la conciencia. El agua tiene la capacidad de reflejar la luz, tal cual el espectro de luz observado por este obispo en el maravilloso Mediterráneo.
El ser humano contiene la belleza, el gozo, la dicha, la Ananda, en sí mismo, ya que ésta proviene del Padre, del Uno, siendo la naturaleza parte consustancial con el Uno, consciencia o Purusha. En la filosofía y sabiduría Védica, la concepción de la naturaleza es tal, que se la define con un profundo y amplio respeto, existe una “adoración” a la naturaleza, no solamente como una fuerza material, sino también como el origen de la fuerza de la luz, de la conciencia, belleza y bendición.[7] Los Upanishads dice David Frawley, nos enseñan que el universo entero habita dentro de nuestro corazón.
Cada Ser, está presente en esta Prakriti o creación-naturaleza, sustancia o Shakti, siendo lo inmanifiesto la esencia o Purusha/Shiva, la polaridad, que permite la existencia material. Para comprender la verdadera relación del hombre con el medio o con la naturaleza, debemos abrevar de la amplísima y rica literatura Védica, los Vedas de acuerdo a Sri Mataji Shaktiananda son: “las fórmulas que el Padre gestó para consentir la realidad Divina en el Hombre, es la razón que los moldea, es el ideal del Ser expresado en Revelaciones de Amor”[8]. La Enseñanza de la Madre Shakti, nos habla del origen cósmico del Hombre, de la importancia de los Vedas, así como de las leyes que rigen en este Planeta, si nos regimos por las Leyes y códigos cósmicos, el amor y respeto a nuestro entorno formaría parte de nuestra vida y cotidianidad.
[1] Braudel, Fernando (1976) El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Madrid: Fondo de Cultura Económica.
[2] El filósofo francés, Gastón Bachelard, define topofilia como el valor de los espacios. En Bachelard G. (2000) La Poética del Espacio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económico, p. 22 (primera ed. en español, 1965).
[3] Yi-Fu Tuan (2007) Topofilia, Barcelona: Ed. Melusina.
[4] Harvey, David ( 2009) Espacios del capital. Hacia una geografía crítica. Madrid: Ediciones Akal. p.347.
[5] Tuan, p. 181.
[6] Tuan, p. 7.
[7] Frawley, David-Vedacharya (2015) Vedic Yoga. The Path of the Rishis. Delhi: Motilal Banarsidass
[8] Mataji Shaktiananda y Swami Shivananda, Rudram Namakam. Néctar de los Vedas. Cuenca: Escuela Valores Divinos, 2014.


Gracias Swami por este impecable artículo . Es un gozo leerlo . No hace poco decía que uno de nuestros mayores retos es justamente entender estas dinámicas tanto en el planeta como en el Cosmos todo