Hay decisiones que apremian en la vida, a veces respecto a un aspecto puntual, o en otros casos, en varios al tiempo, lo cual puede complicar aparentemente la dinámica que conlleva la sincera aproximación a las verdades que nos reclaman acción.
Dado que se han configurado formas de llevar la vida, apropiadas de manera masiva e incuestionadas a lo largo del tiempo; la tendencia es a resignarse ante situaciones que sentimos impropio experimentar, confrontar, cuestionar y solucionar.
Incluso la trampa que nos coloca el sentimiento de culpa contrae cualquier asomo de observación sensato que debemos darle a nuestras vidas cuando se tornan insoportables los vínculos familiares, laborales o sociales.
Es evitada a toda costa la confrontación a uno mismo y a los demás o al sistema de vida que llevamos porque asumimos que lo conveniente prima sobre lo pertinente.
De manera hermosa el escritor norteamericano Henry David Thoreau en su obra Walden se rememora así mismo en su experiencia de vida de temporal retirada en el bosque y nos ofrece una frase que evoca la situación descrita cuando señala que “La mayoría de los hombres vive vidas de tranquila desesperación.”
Recalca lo inconsciente que es el hombre con respecto al disimulo y a la costumbre, sobre casi todo, ya que incluso algunos cambios son solo aparentes porque subyace esa oculta desesperanza a la que no se le alumbra para verla de frente y reconocerla para hacer algo.
Es tan acentuado esto que no sospechamos siquiera que lo que nos ocurre es que vivimos llenos de razones que justifican nuestras decisiones y las de otros, sin asumir responsabilidad sobre las realidades creadas por nosotros mismos.
¿Dónde reside la fuerza interior para vernos honestamente y reconocer el lugar en que nos encontramos atrapados?
La sabiduría que se alcanza con el autoconocimiento y trabajo interno es el estado que permite asumirse bajo esa claridad necesaria desde la cual mentirse no es opción. No obstante, la gestión para transformar lo que reconocemos puede estar atrapada por la resignación.
Desde este lugar cuánto nos hemos dejado manipular al considerar que resignarse es algo digno, sin considerar lo indigno que es rendirse y entregar nuestra voluntad a una situación o persona, jugando a redenciones que solo retrasan la sanación sobre la cual es deber proceder.
Lo paradójico es que vemos hacia afuera y las vidas de los otros se nos hacen perfectas sin saber que nadie conoce en realidad el drama ajeno; no solo porque disimulamos bajo la falsa perfección, éxito y estabilidad; sino que tenemos tanto temor a exponer nuestra duda, miedo, angustia y vacíos, que terminamos viviendo en “tranquila desesperación”.
Hay que permitirse dudar sobre todo de sí mismo y aprender a verse y ver el mundo con ojos desprovistos de juicios para poder avanzar hacia la verdad propia que es la que nos conduce hacia la libertad del Ser.

