Raimon Panikkar (1918-2010) filósofo, teólogo y escritor español, es autor de una obra referida a los tres mārga o caminos, referidos a la meta última y más importante del ser humano: la salvación o lo que es igual liberación, realización o iluminación. Salvarse será siempre el estado final y definitivo y puede considerarse como Ser. El texto presenta la profundización de las tres vías de la espiritualidad designadas con el nombre de yoga, esto es karmayoga, la disciplina de la “acción”, jñāna-yoga, la unión por el conocimiento, y bhakti-yoga, la salvación por el amor.
La misma palabra mārga, camino, vía, que proviene de la raíz mṛg o mārg, (y que significa propiamente buscar, investigar, cazar, perseguir, anhelar, preguntar, pedir, solicitar, siempre en el sentido de búsqueda), nos sugiere que se trata de un fin a realizar, una meta a conseguir, un blanco a apuntar, un camino a recorrer, una senda a descubrir, y no de una solución a aplicar, una medicina a tomar, una fórmula a adoptar.
Apoyados en la Bhagavad-gītā, estos tres caminos suelen también designarse con el nombre de yoga, esto es karmayoga, la disciplina de la “acción”, jñāna-yoga, la unión por el conocimiento, y bhakti-yoga, la salvación por el amor. La palabra, proveniente de la raíz yuj [unir, reunir, juntar, cf. “yugo”], significa disciplina, unión, reunión, etc., y sugiere que estos tres métodos de espiritualidad nos conducen al fin deseado de unión y comunión con el “Absoluto”.
La triple vía clásica del hinduismo está íntimamente ligada a la diversa acentuación que se da a cada uno de los transcendentales. Los tres mārga son caminos, y el camino está en función de la meta. La meta es la salvación (liberación, realización, iluminación, vacuidad…). La salvación será siempre el estado final y definitivo. Ahora bien, este estado puede considerarse como Ser, y entonces el camino será aquel que conduce a la realización del Ser. Sólo se puede llegar a la unión con el Ser, siendo. He aquí el karma-mārga o el camino de la acción; hay que romper el plano de la inautenticidad y de la apariencia por medio de aquella acción que nos hace realmente ser. El sacrificio será la categoría fundamental, la esperanza su motor interno. La meta puede también considerarse como Verdad. El camino será entonces una vía cognoscitiva. Sólo quien llega a la Verdad se salva.
Esta Verdad no es evidentemente una simple verdad lógica o mera veracidad moral, sino la Verdad transcendental, que no puede alcanzarse por un simple proceso epistemológico ni siquiera moral, sino por una realización total de la Verdad última y definitiva. He aquí el jñāna-mārga o el camino de la sabiduría.
La fe, como participación del conocimiento absoluto, es su alma, y la gnôsis su categoría fundamental. La meta, finalmente, puede considerarse como Bien. La salvación será entonces la realización de este Bien. Su consecución exige entrega absoluta y consagración, devoción total a este Bien. Solamente el amor puro y desinteresado conduce a Él.
El Bien no es tanto un valor como una persona. He aquí el bhakti-mārga o el camino de la devoción, su categoría fundamental es la persona y el amor su quintaesencia. Este Bien posee dos aspectos íntimamente unidos: el Bien propiamente dicho como objeto transcendental de la voluntad y la Belleza como término del sentimiento. En rigor, van siempre juntos. Por eso, en última instancia, forman un sólo camino.
Un Bien que no fuese Bello no podría ser amado, una Belleza que no fuese Bien no podría ser querida. Ni que decir tiene que el sentido de la belleza no es el mismo en Oriente y Occidente como lo muestran las diferencias en las manifestaciones artísticas de ambas culturas. Con todo hay una conexión profunda entre todos los caminos.
Esta circumincesión se presenta con todos los transcendentales, ya que es precisamente esta ultimidad intercambiable la que los define, pero en este caso la unión es más íntima en cuanto la relación ontológica es también antropológica: no hay amor sin voluntad y sentimiento a la vez. Dentro del bhakti-mārga, por tanto, se descubre esta doble tendencia: la bhakti del amor puro, debido a la influencia de la segunda vía, o sea, del conocimiento, y la bhakti del amor bello, debida al influjo del primer camino, o sea, el de la acción.
La primera sigue un amor transparente, intelectual, hacia un bien desnudo sin cualidades ni atributos. La segunda camina hacia un amor sólido, pleno y sentimental, hacia un Bien tan íntegro y total que no permite que se pierda en el camino ni un átomo de lo que de alguna manera existe, ni una vibración de la corporeidad.
El tantrismo desarrollará al máximo esta segunda forma de bhakti. Acaso dos Upaniṣad nos resuman el espíritu de los dos caminos: «Conócelo [brahman] por medio de la práctica (yoga) de fe (śraddhā), de amor (bhakti), de meditación (dhyāna), no por las obras (karmaṇa), no por [tus] hijos [la estirpe] (prajayā), ni por las dádivas (riquezas) (dhanena).
Sólo por la renuncia (tyāgena) se consigue la inmortalidad (amṛtatvam)». La renunciación (tyāga) no se considera como el abandono de un bien por otro mayor, sino que es aquella disposición, actitud, virtud «que habiendo purificado nuestro ser por la (misma) renuncia» nos hace abandonar todo lo demás como sin valor para nosotros.
Esta renuncia, como veremos, es un rasgo común de los tres caminos. El desprendimiento que nos lleva a la renuncia de todo lo superfluo para nuestra realización no es un acto automático; se hace espontáneamente, pero después de una ascesis rigurosa. Éste es el significado de tapas, calor, ardor, celo, y meditación, observancia, austeridad, esfuerzo, ascesis, penitencia.
Este rasgo común viene descrito por otra Upaniṣad: «Tapas es el Orden (ṛtam), la Verdad (satyam), la Escucha [comprensión de las Escrituras] (śrutam), el Sosiego (Paz) (śāntam), el Control [de las pasiones sensibles] (damas), la Ecuanimidad (śamas), la Generosidad [en el dar a los demás] (dānam), el Sacrificio (adoración, culto) (yajnaṃ)… adorando así a brahman.
Esto es tapas. Dicho con otras palabras, no se trata de una o varias autopistas que llevan a la meta porque hemos montado en un vehículo religioso que nos conduce a ella. Se trata de caminos de a pie que exigen de nosotros que caminemos por ellos. A la meta humana no se va por un camino artificial. 188 Razones heurísticas aconsejan tratar de las tres vías distintamente, y una cierta escolástica hindú las ha separado frecuentemente, basándose en la Gītā; pero, como hace notar el gran místico marathi del siglo XVIII, Jñānadeva, en su genial Gītā llamada Jñāneśvari, los tres caminos son uno solo.


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