Nikolái Berdiáyev (1874–1948) escritor y filósofo ruso admirado por su profunda convicción religiosa, a través de su libro “El sentido de la creación” (1916) nos lleva en un viaje filosófico y espiritual que explora la relación entre la libertad humana y la creación divina. Para él, la verdadera libertad no es la escapatoria de las restricciones del mundo material, sino la capacidad del espíritu humano para crear desde el sentido más elevado, asimismo, muestra que el arte, la vida, y el amor son expresiones del acto creador, que no solo refleja la voluntad humana, sino que se alinea con el propósito trascendental, exponiendo que nuestra libertad es inseparable de nuestra capacidad de creación.
El espíritu humano está en una prisión. Y a esta prisión, yo la llamo «el mundo», el dato mundanal, la necesidad. «Este mundo» no es el cosmos, es el estado de desorden Y de hostilidad, de atomización y de disgregación en el que han caído las mónadas vivientes de la jerarquía cósmica. Y la vía verdadera es la que conduce a la evasión espiritual fuera del mundo, a la emancipación del espíritu humano de la prisión de la necesidad. La vía verdadera no se abre mediante el movimiento hacia la derecha o hacia la izquierda que se cumple sobre la superficie del mundo, sino por el movimiento efectuado en altura o en profundidad, de acuerdo con una línea interna, el movimiento en el seno del espíritu.
La libertad conquistada sobre el mundo, y sobre el conjunto de sus disposiciones y sus oportunidades, es para el espíritu la señal de la efervescencia más excelsa, es el camino que siguieron los grandes creadores espirituales, el camino de la concentración y de la solidaridad espirituales. El cosmos es el ser auténtico, esencial -pero el mundo es una ilusión, un dato ilusorio, que oculta a la necesidad universal. «Este mundo» ilusorio es la proyección de nuestro pecado. Los doctores de la Iglesia han identificado el mundo con las pasiones malas. La esclavización del espíritu humano por «este mundo» es, pues, su falta, su pecado, su caída; y la emancipación que saca del «mundo» equivale a la liberación del pecado, al rescate de la falta y, en fin, a la resurrección del espíritu caído…
Se le dice al hombre: Tú eres una criatura pecadora y caída, por eso no has de atreverte a emprender la vía de la emancipación del espíritu, la vía de la vida creadora del espíritu; debes cargar el fardo de la obediencia a las consecuencias del pecado. Y el espíritu humano permanece roblado a ese círculo sin salida. Porque el pecado original es una esclavitud, la negación de la libertad del espíritu, la sumisión a la necesidad diabólica, la impotencia de asumirse a sí mismo en cuanto criatura libre. El hombre termina por perderse, al querer afirmarse en la necesidad y no en la libertad. El camino por el cual alguien puede liberarse del «mundo» para llegar a la creación de una nueva vida es también el camino que libera del pecado, que supera el mal y que reagrupa las fuerzas del espíritu con miras a una vida divina. La esclavización al «mundo», a la necesidad obligatoria, no es tan sólo falta de libertad, es también la organización y el refuerzo de este estado no cósmico del «mundo», donde reinan la enemistad y el desorden.
La libertad es amor, la esclavitud es enemistad. La vía que lleva de la esclavitud a la libertad, de la hostilidad del «mundo» al amor cósmico, es también la de la victoria sobre la naturaleza inferior del hombre. La inmensa mentira, la falta terrible propia de todo juicio moral y religioso, consiste precisamente en dejar al hombre en el nivel más bajo del mundo, en nombre de su obediencia a las consecuencias de su pecado. Tal noción genera una suerte de vergonzosa indiferencia al bien y al mal, la recusación a oponerse virilmente al mal, hasta el momento en que el alma, abrumada bajo el peso de su propia debilidad, corre el riesgo de confundir por toda la eternidad a Dios y al diablo, a Cristo y al Anticristo. Esta decadencia del alma, mortalmente indiferente al bien y al mal, culmina en una especie de éxtasis místico de la pasividad y de la sumisión, en el juego del pensamiento desdoblado.
El alma caída se complace en coquetear con Lucifer, gusta de sentir el miedo y de rozar el peligro. Esta decadencia, este debilitamiento, este desdoblamiento son los resultados oblicuos de la doctrina cristiana acerca de la obediencia, y el triunfo de esta doctrina. El desdoblamiento del pensar y la indiferencia al bien y al mal se oponen deliberadamente a la emancipación viril del espíritu y al movimiento creador, a todo aquello que exige del hombre la decisión de romper con los estratos mentirosos e ilusorios de la cultura, con las servidumbres sutiles respecto del «mundo».
El acto creador es siempre victoria y emancipación. Conlleva una prueba de fuerza. El acto creador no se exterioriza mediante un grito de dolor, no es una explosión lírica. El terror, el sufrimiento, el debilitamiento, la caída tienen que ser superados por la creación, que, por esencia, es avance, salida, victoria. La inmolación creadora no se asemeja a la resignación o al temor, tiene que ser activa y no pasiva. La tragedia, la crisis, el destino de la personalidad tienen que vivirse en tanto tragedia, crisis y destino mundanales: allí está la verdad.
La preocupación exclusiva por la salvación individual, el temor a una catástrofe individual, son siempre egoístas. Como también son egoístas el temor a una impotencia particular, todo aquello que resulta de un amor monstruoso a sí mismo. Egoísmo y amor de sí mismo significan una disociación torpe del hombre y del mundo. El hombre ha sido hecho genialmente por el creador (aquél no es necesariamente genial), y esta genialidad debe descubrir en él la actividad creadora, vencer el egoísmo, el miedo del infortunio personal y la mirada de reojo para espiar a su prójimo. La naturaleza humana, por su origen, debe participar, por intermedio del Hombre-Cristo Absoluto, en la naturaleza del nuevo Adán, y unirse a la naturaleza divina. El hecho de que se repliegue sobre sí misma y sufra su propia soledad constituye ya el pecado del hombre contra su vocación divina, contra el llamado divino, contra la exigencia divina de la humanidad. Tan sólo experimentando sí todo lo que es del mundo y que pertenece al mundo; tan sólo superando en sí la tendencia egoísta a la salvación personal, al repliegue egoísta sobre sus propias fuerzas, emancipándose de todo lo dividido y fragmentario, es como el hombre adquiere el poder de ser un creador, una persona. La emancipación de sí mismo es lo único que devuelve a sí al individuo. La abnegación y el sufrimiento de la creación no se asemejan nunca al agobio, a la dimisión de la personalidad, que corresponden, para el hombre, a su ruptura con el mundo auténtico, a la pérdida de su sincronismo, a su entregarse como siervo al «mundo» y a los datos de la necesidad. La naturaleza de todo pesimismo y de todo escepticismo está impregnada de egoísmo.
Dudar de la fuerza creadora del hombre es dar prueba de egocentrismo, dar muestras de una timidez evidente, donde serían deseables la decisión y la fe atrevida; es adherirse siempre a la política estrecha de la colmena. Hay épocas en la vida de la humanidad en que ella tiene que ayudarse a sí misma, sabiendo que la ausencia de un socorro trascendental no significa el desastre: porque el hombre encuentra en el fondo de sí mismo un socorro infinito, a condición de que tenga el coraje de descubrir en sí, en su acto creador, todas las fuerzas de Dios y del mundo auténtico. Ser liberado del mundo significa la reunión con el mundo auténtico, con el cosmos. En la noche no se puede ascender la escalera ardua del conocimiento.
El conocimiento científico sube por una escalera oscura, alumbrando los peldaños sólo progresivamente, uno a uno. Ignora la razón por la que avanza hacia la cima de la escalera, porque no tiene en sí un foco de luz, un lago, que la ilumine y que aclare sus objetivos. En su grado más elevado, la gnosis auténtica dispensa esta luz, este sol de la verdad que esclarece todo conocimiento. Ella da, pues, la significación originaria, la actividad creadora del logos. El alma contemporánea tiene miedo de la luz. Por corredores sombríos, ha ambulado a través de una ciencia privada de luz y terminó en una mística igualmente sombría.
El alma no ha llegado todavía a un conocimiento solar. El renacimiento místico que acaba de producirse siente que camina en una época nocturnal, y la época nocturnal es siempre femenina y no viril; carece de resplandor. Toda la historia nueva, con su cientificismo, su racionalismo, su positivismo, ha sido una época de noches y no de días. En ella ha resplandecido, sí, el sol del mundo, pero no una luz superior. Pareciera que en la actualidad entrevemos el auténtico foco luminoso; que reconocemos delante de nosotros, como una antorcha universal, el valor de la actividad humana en sí, del pensamiento, del lago. La reacción contra el racionalismo había. revestido la forma de una hostilidad contra el pensamiento y el verbo. Es menester liberarse de semejante reacción, afirmar en la libertad del espíritu ese Pensamiento colocado, de ahora en más, fuera de las contingencias del tiempo, y reconocer su sentido integral. Nuestro conocimiento es, por esencia, transitorio y limitado. Pero, en los lindes del mundo nuevo, nace una luz, que otorga su significación al mundo que adviene. Sólo ahora estamos en condiciones de considerar plenamente lo que fue desde la perspectiva de lo que será, y sabemos que lo que pasó estará efectivamente en el futuro. Sé que se me puede acusar de una contradicción fundamental que macula todo mi sentimiento del mundo Y toda mi concepción del mundo. Se me reprochará haber confundido el dualismo religioso extremo con el extremo monismo religioso. Confieso casi un dualismo maniqueo. Así sea. El «mundo» es el mal, carece de Dios, no ha sido creado por Dios. Hay que salir de este «mundo’, superarlo hasta el fin; el mundo tiene que arder, eliminar la naturaleza de Ahriman.
¿Cómo se liberó del “mundo” ?, ése es el tema de mi libro. Existe un principio objetivo del mal, contra el cual hay que librar un combate heroico. La necesidad mundanal, el dato mundanal, son de Ahriman. A ellos se oponen la libertad en el espíritu, la vida en el amor divino, la vida en el Planeta. Confieso aquí casi un monismo panteísta. El mundo es divino por su naturaleza, el hombre es divino por su naturaleza. El proceso mundial es el autodescubrimiento de la divinidad, se cumple en el interior de la divinidad. Dios es inmanente al hombre y al mundo. El hombre y el mundo son inmanentes a Dios. Todo lo que se cumple en el hombre se cumple en Dios. No existe un dualismo de la naturaleza divina y extra-divina que realice una trascendencia de Dios con respecto al mundo y al hombre. Esta antinomia de dualismo y monismo la conozco hasta el fondo, y la acepto como inevitable en la conciencia e ineluctable en la vida religiosa. La conciencia religiosa es por esencia antinómica. No hay una salida por la cual el conocimiento pueda escaparse de la antinomia eterna entre lo trascendente y lo inmanente, entre el dualismo y el monismo. La antinomia no puede suprimirse del conocimiento ni de la razón, ni de la vida religiosa misma. La experiencia religiosa pone a prueba el mundo hasta lo último…
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