En La sabiduría de la inseguridad, Allan Watts (1915-1973) cuestiona la obsesión humana por el control y la seguridad, que crea una ilusión sostenida por la matrix mental. Sostiene que este apego genera desazón y alejamiento con la esencia del Ser. Propone que la verdadera paz reside en vivir plenamente en el presente y aceptar la incertidumbre. La vida es una creación que fluye de forma natural. Argumenta que el intento de asegurar el futuro nos aleja de la experiencia inmediata de la existencia, que es el único momento real. A través de un enfoque filosófico y espiritual, invita al lector a soltar las estructuras mentales rígidas y redescubrir la libertad y plenitud en el «ahora».
Según todas las apariencias externas, la vida es una chispa luminosa entre dos oscuridades eternas. Tampoco el intervalo entre esas dos noches es un día sin nubarrones, pues cuanto más capaces somos de experimentar placer, tanto más vulnerables somos al dolor y, ya sea en segundo término o en primer plano, el dolor siempre nos acompaña.
Nos hemos convencido de que la existencia vale la pena por la creencia de que hay algo más que las apariencias externas, que vivimos para un futuro más allá de la vida presente, puesto que el aspecto exterior no parece tener sentido. Si vivir es acabar con dolor, falta de integridad y el regreso a la nada, parece una experiencia cruel y fútil para unos seres que han nacido con la capacidad de razonar, abrigar esperanzas, crear y amar. El hombre, ser juicioso, quiere que su vida tenga sentido, y le cuesta trabajo creer que lo tiene a menos que exista un orden y una vida eternos tras la experiencia incierta y momentánea de la vida mortal.
Quizá no se me perdone que presente temas serios con una disposición frívola, pero el problema de encontrar sentido al caos aparente de la experiencia me recuerda mi deseo infantil de enviar a alguien un paquete de agua por correo. El destinatario quita el cordel y desencadena un pequeño diluvio sobre su regazo.
Pero el juego nunca sería efectivo, dado que es irritantemente imposible envolver y atar medio litro de agua en un paquete de papel. Hay tipos de papel que no se deshacen cuando están húmedos, pero el problema estriba en lograr que el agua adopte una forma manejable y en atar el cordel sin que el bulto reviente.
Cuanto más estudiamos las soluciones que se han intentado aplicar a los problemas en política y economía, arte, filosofía y religión, más aumenta nuestra impresión de que esa gente extremadamente dotada está aplicando de un modo inútil su ingenio a la tarea imposible y fútil de empaquetar el agua de la vida, haciendo unos paquetes pulcros y permanentes.
Hay muchas razones por las que esto debería ser especialmente evidente a quienes vivimos hoy. Sabemos mucho de historia, de todos los paquetes que se han atado y que en su momento se han deshecho. Conocemos con mucho detalle los problemas de la vida que se resisten a una simplificación fácil y que parecen más complejos y amorfos que nunca. Además, la ciencia y la industria han aumentado de tal modo el ritmo y la violencia de la vida, que nuestros paquetes parecen deshacerse con mayor rapidez cada día que pasa. Tenemos, pues, la impresión de vivir en una época de inseguridad desusada.
En los últimos cien años se han perdido numerosas tradiciones que estuvieron en vigor durante mucho tiempo: tradiciones de vida familiar y social, de gobierno, del orden económico y de creencias religiosas. A medida que transcurren los años, parece que cada vez hay menos rocas a las que podamos agarrarnos, menos cosas que podamos considerar como absolutamente correctas y ciertas, fijadas para siempre. Para ciertas personas esto representa una liberación de las trabas dogmáticas, morales, sociales y espirituales.
Para otros es una ruptura peligrosa y temible con la razón y la cordura, y tiende a sumir la vida humana en un caos irremediable. Para la mayoría, quizá, la sensación inmediata de liberación procura un breve alborozo, seguido por la ansiedad más profunda; pues si todo es relativo, si la vida es un torrente sin forma ni objetivo en cuya corriente nada absolutamente, excepto el mismo cambio, puede durar, parece ser algo en lo que no hay «futuro» y, por ende, no hay esperanza. Los seres humanos parecen ser felices sólo mientras tengan un futuro a la vista, ya sea el bienestar de mañana mismo o una vida eterna más allá de la tumba.
Por diversas razones, cada vez son más las personas a las que les resulta difícil creer en esto último. Por otro lado, el futuro de bienestar inmediato tiene la desventaja de que cuando llegue ese mañana, es difícil disfrutarlo plena mente sin alguna promesa de que habrá más. Si la felicidad siempre depende de algo que esperamos en el futuro, estamos persiguiendo una quimera que siempre nos esquiva, hasta que el futuro, y nosotros mismos, se desvanece en el abismo de la muerte.
En realidad, nuestra época no es más insegura que cualquier otra. La pobreza, la enfermedad, la guerra, el cambio y la muerte no son nada nuevo. En los mejores tiempos, la «seguridad» nunca ha sido más que temporal y aparente, pero fue posible hacer que la inseguridad de la vida humana resultara soportable por la creencia en las cosas inmutables más allá del alcance de la calamidad en Dios, en el alma inmortal y en el gobierno del universo por unas leyes justas y eternas.
Hoy en día, esas convicciones son poco frecuentes, incluso en los círculos religiosos. No hay ningún nivel de la sociedad, y son muy pocos los individuos, que hayan pasado por una educación moderna, en los que no existan trazos del fermento de la duda. Está muy claro que durante el siglo pasado la autoridad de la ciencia ha ocupado el lugar de la autoridad de la religión en la imaginación popular, y que el escepticismo, por lo me nos en las cosas espirituales, se ha generalizado más que la creencia.
La decadencia de la creencia se ha producido por medio de la duda sincera, la reflexión meticulosa e intrépida de hombres muy inteligentes, científicos y filósofos. Impulsados por el fervor y la reverencia de los hechos, han tratado de ver, comprender y enfrentarse a la vida como es realmente, sin hacerse ilusiones. Sin embargo, a pesar de cuanto han hecho por mejorar las condiciones de vida, su representación del universo parece dejar al individuo sin una esperanza definitiva.
El precio de sus milagros en este mundo ha sido la desaparición del otro mundo, y uno se inclina a formular la antigua pregunta: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?».
La lógica, la inteligencia y la razón están satisfechas, pero el corazón está hambriento, pues el corazón ha aprendido a sentir que vivimos para el futuro. La ciencia, lenta e inciertamente, puede darnos un futuro mejor… durante algunos años. Luego todo terminará para cada uno de nosotros. Será el fin de todo.
Por mucho que lo prolonguemos, todo lo que está compuesto debe descomponerse. A pesar de algunas opiniones contrarias, ésta es todavía la visión general de la ciencia. Actualmente, en los círculos literarios y religiosos se supone a menudo que el conflicto entre ciencia y creencia es una cosa del pasado.
Incluso algunos científicos bastante ilusionados creen que cuando la física moderna abandonó un rudo materialismo atomístico, se eliminaron las razones principales de este conflicto, pero eso no es verdad.
En la mayoría de nuestros grandes centros de enseñanza, aquellos que se ocupan de estudiar las plenas implicaciones de la ciencia y sus métodos están tan alejados como siempre de lo que ellos consideran un punto de vista religioso. Es cierto que la física nuclear y la relatividad han terminado con el viejo materialismo, pero ahora nos dan una visión del universo en la que hay incluso menos espacio para ideas de cualquier concepción o intención absolutas.
El científico moderno no es tan ingenuo como para negar la existencia de Dios, porque no puede descubrirlo con un telescopio, o del alma, porque el escalpelo no la pone al descubierto. Se ha limitado a observar que la idea de Dios es lógicamente innecesaria, e incluso duda de que tenga significado alguno.
No le ayuda a explicar nada que no pueda explicar de alguna otra manera más simple. El científico argumenta que si se dice que todo cuanto acontece está bajo la providencia o control de Dios, esto equivale en realidad a no decir nada.
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