Decir la verdad compromete, y más cuando esa verdad es un portento de luz que emerge de las profundidades del alma, en medio del ostracismo que fabrican los regímenes totalitarios. El colosal poeta ruso, Osip Mandelshtam (1891-1938) no vaciló en llamar a las cosas por su nombre en la oprobiosa dictadura de Stalin. Dedicó a éste un poema breve y satírico (1933) que jamás escribió -para cuidarse de la intransigencia del sistema- y sí recitó ante sus amigos, hasta que uno de éstos lo traicionó. Osip sabía que era una sentencia de muerte implícita. Murió de hambre y frío, en Siberia. El gran crítico literario, George Steiner señaló que la memorización clandestina del poema por parte de Nadezhda (la esposa de Osip) para salvarlo de las cenizas del Gulag, es uno de los milagros de la literatura universal. Steiner elevó estas 16 líneas al estatus de los clásicos griegos, afirmando que representa el duelo eterno entre Antígona (la conciencia humana y la poesía) y Creonte (el tirano y el Estado). El peso de la tradición y el canon lo titularon, Epigrama o Epigrama contra Stalin.
Epigrama
Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.
Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasi personas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro, llora;
sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja,
al cuarto en el ojo. Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.





