“Las personas grandes son decididamente muy, pero muy extrañas”
Antoine de Saint-Exupery fue un aviador francés mundialmente conocido porque escribió durante la Segunda Guerra Mundial la imperecedera obra El principito. La historia de los niños y las personas adultas. Un cuento de hermosas metáforas y surrealistas escenas en las que se suceden variados y capitales temas universales tales como la amistad, el amor, la inocencia, la responsabilidad o la relación del ser humano con la naturaleza. Un clásico con todas las letras que es capaz de acariciarnos el alma.
Capítulo VIII
Aprendí a conocer esa flor. En el planeta del principito había habido flores comunes, de una sola fila de pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie llamaban la atención. Asomaban entre la hierba una mañana y morían por la tarde… Pero aquella flor era distinta, había surgido de una semilla llegada quién sabe de dónde, y el principito había vigilado cuidadosamente aquella ramita tan diferente de las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab, pero el arbusto cesó pronto de crecer y comenzó a brotar la flor. El principito observó cómo crecía un enorme capullo y presentía que de allí habría de salir una aparición milagrosa; la flor tardaba en definir su forma y en completar su belleza al abrigo de su verde envoltura. Poco a poco escogía sus colores y ajustaba sus pétalos. No quería salir deslucida; quería aparecer en pleno esplendor de su belleza ¡Era coqueta desde pequeña y su misteriosa preparación le tomó varios días! ¡Una mañana, al salir el sol, por fin se mostró espléndida! La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando: ¡Oh, acabo de despertar… perdón por estar tan despeinada!
El principito no pudo contener su embeleso: ¡Qué hermosa eres! ¿Verdad? Respondió dulcemente la flor. Además, he nacido al mismo tiempo que el sol. El principito advirtió que ella no era muy modesta, pero ¡era tan conmovedora! –Creo que es hora de desayunar, agregó la flor; si tuvieras la bondad. Y el principito, algo confuso, buscó una regadera y la roció con agua fresca. Y así fue como ella lo había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día hablando de sus cuatro espinas, le dijo al principito: ¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!
No hay tigres en mi planeta objetó el principito. Además, los tigres no comen hierba. Yo no soy una hierba respondió dulcemente la flor. Perdón. En verdad los tigres no me atemorizan, pero tengo horror a las corrientes de aire. ¿No tienes un biombo? ¿Horror a las corrientes de aire? Si son buenas para las plantas pensó el principito. Esta flor es muy complicada. Y por la noche ¿podrás protegerme con un capelo? ¡Hace mucho frío en tu tierra! Es más cómodo allá de donde vengo. Pero recordó que había llegado como semilla y que era del todo evidente que no podía conocer otros mundos, entonces se interrumpió y disimuladamente tosió dos o tres veces para atraer la simpatía del principito. ¿Y el biombo? Iba a traerlo, pero no dejas de hablarme. Tosió con insistencia para crearle remordimiento.
Así, a pesar de la buena voluntad de su amor, el principito llegó a dudar de ella. Había puesto demasiada atención a palabras sin importancia y se sentía desdichado. “No debí haber hecho caso a sus palabras me confesó un día. No hay que hacer caso a lo que dicen, basta con mirarlas y aspirar su aroma. Mi flor perfumaba mi planeta y, en ese entonces, no bastó para complacerme. Aquella historia de garras y tigres que tanto me molestó al principio, terminó por enternecerme”. Y me confío aún más: «¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Ella perfumaba e iluminaba mi vida! ¡No debí hacer huido! ¡No supe reconocer la ternura detrás sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Y… yo era demasiado joven para saber amarla».

Capítulo IX
Creo que el principito aprovechó la migración de unos pájaros silvestres para evadirse y comenzar su viaje. La mañana de la partida arregló muy bien su planeta. Deshollinó cuidadosamente sus dos volcanes en actividad, sobre los cuales calentaba su desayuno por las mañanas. Tenía, además, un volcán extinguido. Deshollinó también éste, pues, como él decía: “nunca se sabe”. Si los volcanes se deshollinan bien, arden sin erupciones, suavemente, como el fuego de nuestras chimeneas. Pero los hombres somos demasiado pequeños para deshollinar nuestros volcanes y por eso nos causan tantos disgustos.
El principito arrancó con tristeza los últimos brotes de baobabs. Creía no volver jamás. Sus trabajos habituales le parecieron muy agradables. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo de la campana, sintió ganas de llorar. Adiós le dijo a la flor. Pero ella no respondió. Adiós repitió el principito. La flor tosió aunque no estaba resfriada y al fin dijo: He sido una tonta, perdóname y procura ser feliz. Le desconcertó la ausencia de reproches y quedó con el biombo en la mano sin comprender esa tranquila mansedumbre. Sí, yo te quiero le dijo la flor. Si no te has dado cuenta la culpa ha sido mía, pero eso ahora no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz. Y deja el biombo. No lo necesito. ¿Pero el viento? Ya no estoy tan resfriada y el aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
Capítulo X
Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Comenzó a visitarlos para instruirse y ocuparse en algo al mismo tiempo. El primero estaba habitado por un rey que vestía ropas púrpura adornadas con piel de armiño, estaba sentado sobre un trono sencillo y, sin embargo, majestuoso. ¡Ah!, exclamó el rey al ver al principito ¡Aquí tenemos un súbdito! Y el principito se preguntó: ¿Cómo es que puede reconocerme si nunca me ha visto? No sabía que para los reyes todos los hombres son súbditos. Acércate para que te vea mejor le dijo el rey, orgulloso de ser por fin, el rey de alguien. El principito buscó donde sentarse, pero el planeta estaba casi cubierto por el magnífico manto. Se quedó, entonces, de pie, y como estaba muy fatigado, bostezó. La etiqueta no permite bostezar en mi presencia, dijo el rey, te lo prohíbo.
No he podido evitarlo –respondió el principito muy confuso–, he realizado un viaje muy largo y no he dormido… Entonces dijo el rey: “te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a nadie. Los bostezos pueden despertarme mucha curiosidad. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!” Ya no puedo, me ha cohibido dijo el principito ruborizado. ¡Hm! respondió el rey. ¡Bueno! Te ordeno que tan pronto bosteces como que no bosteces.
Tartamudeaba un poco y parecía inquieto, pues el rey exigía que su autoridad fuese respetada y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero a pesar de eso, era muy bueno y siempre daba órdenes razonables. Si ordeno decía, si ordeno a un general transformarse en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería del general, sino mía. ¿Puedo sentarme? preguntó tímidamente el principito. –Te ordeno sentarte –respondió el rey recogiendo majestuosamente su manto de armiño. El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se explicaba sobre quién podría reinar. Señor, le dijo, perdóneme si le pregunto. Te ordeno interrogarme se apresuró a decir el rey. Señor. ¿Sobre qué ejerce su poder? Sobre todo contestó el rey con gran naturalidad. Tanto poder maravilló al principito. Si él poseyera un poder de tal naturaleza, hubiese podido observar no cuarenta y tres, sino setenta y dos, cien, o incluso doscientas puestas de sol en el mismo día y sin tener que arrastrar la silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar un deseo al rey: Desearía ver una puesta de sol. Concédame ese gusto. Ordénele al sol que se ponga.
Cuento en PDF: http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/Colecciones/ObrasClasicas/_docs/ElPrincipito.pdf
Fuente consultada: https://www.elquintolibro.es/2019/10/resena-de-el-principito/

