El movimiento antivacunas no ha dejado de hacerse notar, aun en los momentos más álgidos de la pandemia. Sus integrantes provienen de diferentes grupos raciales, ideológicos, religiosos, activistas de diferentes corrientes sociales, etc. Aunque sus motivaciones ideológicas sean muy diferentes, se unifican en su oposición a la vacunación colectiva como medida efectiva para detener la pandemia.
Entre ellos, los más hostiles suelen ser aquellos que menos entienden los fundamentos científicos de esta medida sanitaria en contra del virus. Esta situación es propicia para tratar de entender quiénes son los antivacunas, por qué la rechazan, a qué le temen o acaso, qué defienden.
Lo primero que debemos conocer, para entenderlos, es precisamente lo que rechazan. La vacuna. La historia de las vacunas comenzó oficialmente hace varios siglos cuando en 1796 el Dr. inglés Edward Jenner, considerado padre de la inmunología, se dedicó a estudiar objetivamente un método que se utilizaba empíricamente contra la viruela.
La viruela era la enfermedad contagiosa más mortífera para entonces. Basta recordar cómo al llegar a las Américas, con los conquistadores españoles, acabó, en pocos años, con más del 60% de la población indígena del continente.
Jenner estudió la práctica empírica, no muy difundida, de infectar la herida de una persona con el pus de las llagas de viruela de otra persona. De esta manera se provocaba un caso leve de la enfermedad y la persona adquiría los anticuerpos necesarios. Se calcula que, entre los así infectados, del 2 a 3% moría, y los que sobrevivían quedaban inmunizados. Lo cual era una ganancia para la época, ya que entre el 20 y 30% fallecían al contagiarse con la viruela de forma natural.
Jenner observó que las ordeñadoras que se contagiaban con la viruela bobina, solo les salían una llagas purulentas en las manos y se hacían inmunes a la viruela humana. Se le ocurrió la idea de inocular a un niño de ocho años con el pus de las llagas de estas mujeres. Este contenía el virus de una versión atenuada de la viruela, con lo que logró inmunizarlo sin que adquiriera la enfermedad.
De esta manera comenzó la historia de las vacunas que han salvado cientos de millones de vidas humanas y prácticamente han abolido enfermedades que no le daban tregua a la humanidad. Si algo le podemos recriminar a las vacunas en un futuro, será la superpoblación del planeta.
Ahora bien, ¿qué es lo que motiva a los antivacunas a preferir al virus que a la vacuna? Las causas son muy variadas. Los hay, entre los seguidores de diversas religiones, que la rechazan por motivos supuestamente religiosos. Realmente no pueden justificar su rechazo basándose en las escrituras que sustentan su fe, pues allí no encontraran nada explícito en contra de ellas.
Cuando las escrituras de las grandes religiones fueron reveladas no existían las vacunas, así que recurren a insuflar temor entre sus miembros con opiniones sin fundamento espiritual y mucho menos científico.
Otros son genuinos adeptos al naturismo, defienden el orden natural de la vida en los asuntos relacionados con la salud. Vegetarianos, veganos, naturistas de todas las corrientes. Consideran las vacunas como una intervención artificial, antinatural, sobre los sistemas biológicos, lo cual no deja de ser cierto.
En su lugar proponen alcanzar a través de métodos naturales un nivel óptimo de funcionamiento orgánico para que el cuerpo resista por sí mismo el virus y no utilizar el recurso fácil, antinatural, de la vacuna para inmunizarse. Sin embargo, cabría peguntarse si igualmente rechazarían todos los artificios modernos que hacen de nuestras vidas más llevaderas.
Numerosos antivacunas son adeptos a las teorías conspiratorias difundidas en las redes sociales sin ninguna evidencia dura de la veracidad de sus planteamientos. Sus promotores recurren a la credulidad y al temor de las personas para convencerlos de que se opongan a la vacuna, argumentando una amplia variedad de argumentos más o menos convincentes.
Otros, tal vez los más publicitados, argumentan que cualquier medida impuesta para mitigar el virus, mascarillas, aislamientos y en especial la vacuna, es un atentado contra el supremo bien del ser humano: la libertad. Parece un argumento muy simple y poderoso, pero ¿Qué entendemos realmente por libertad? ¿Qué tan poderosa es la libertad que se pregona? ¿Qué tan libre somos? ¿Cuál es la verdadera libertad?
Interpretaciones, conceptos y frases famosas sobre la libertad abundan por doquier y es difícil establecer un consenso. El diccionario de la Real Academia Española, on line, tiene 12 acepciones para el término que dan para todo.
Sin embargo, cuando de libertad individual se trata hay una máxima de Rousseau (1712 -1778) que tal vez sea la más aceptada: “La libertad de uno termina cuando comienza la libertad del otro”. Este enfoque se puede complementar con el de Nelson Mandela: «Ser libre no es solo deshacerse de las cadenas de uno, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás.»
Ahora bien ante una situación tan compleja como la que vivimos en cuestiones de libertad ante la pandemia, nos deberíamos preguntar, el contexto de las frases anteriormente citadas: ¿qué tan coherente es nuestra idea de libertad?
Pareciera que la idea de libertad que tienen algunos es tan pobre, tan débil, que un pedacito de tela delante de sus narices es capaz de suprimirles la libertad. Si hay algo indispensable para ser libre en este mundo, es estar vivo. Así que, ¿qué clase de idea de libertad tenemos si no somos capaces de asumir alguna de las medidas consensuadas por la sociedad para resguardo de la propia vida y respetar la de los demás?
Platón en su obra La República, plantea que “una persona es libre si sus deseos racionales dominan sobre sus deseos irracionales y determinan sus acciones”. Así que cuando nuestras acciones están determinadas por deseos, temores o creencias irracionales nos hacemos esclavos de estos últimos sin siquiera darnos cuenta y ponemos en riesgo nuestra vida y la de los demás.
Así que, vale la reflexión para los que se oponen a la vacuna. Si bien, están en su derecho de ejercer su libre albedrío, al igual que los que se vacunan, deben hacerlo asumiendo sus consecuencias en cuanto a su aislamiento del resto de la sociedad, sin pretender que el colectivo sufra las consecuencias de sus decisiones particulares.
Fuentes consultadas La interesante historia de las vacunas que todos deberíamos conocer , https://theconversation.com/la-interesante-historia-de-las-vacunas-que-todos-deberiamos-conocer-160789, El movimiento anti-vacunas y la anti-ciencia como amenaza para la Salud Pública, http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0121-08072019000200103

