El planeta tierra está en una ubicación específica del sistema solar, un vecindario galáctico con 105.700 años luz de diámetro que alberga miles de otros sistemas solares con inmensas cantidades de planetas orbitando en ellos.
Podría ser extraño e inusual para un alma en la tierra hacer el ejercicio de imaginar cuáles pudiesen ser las realidades de otras almas en cualquiera de los mundos habitados en nuestra inmensa galaxia o en alguna otra. Por ejemplo: en aquellos sitios la gente tomaría agua?
Qué tipo de alimentos consumirían? ¿Cómo serían sus estructuras familiares, qué tipo de trabajos realizarían? Sus cuerpos ¿serían físicos o etéricos? Y así, innumerable cantidad de preguntas cuyas respuestas, de ser conocidas, posiblemente ni siquiera pudieran ser comprendidas a cabalidad por nuestro común denominador de conciencia colectiva.
Y es que pudiésemos ver esto como un juego creativo y hasta divertido quizás. Sin embargo si nos adentramos un poco más en el bosque podríamos imaginar; ¿Qué problemas podrían tener esos seres extraterrestres? ¿Existen las hambrunas intergalácticas, existen las guerras en otros sistemas? ¿Hay tiranos parecidos a los que tenemos en nuestro planeta? ¿Hay personas o grupos de personas a las que sólo les interesa ejercer el poder sobre otros sin importar cualquier consecuencia? ¿Existen también allá sistemas de control para las conciencias? ¿Quiénes los ejercen? Después de recrearnos por un momento en estas situaciones puede que el juego ya vaya perdiendo encanto.
Es evidente que a la mayoría de los humanos nos cuesta muchísimo realizar ejercicios como este. La empatía en nosotros pareciera que no es algo que se presente por defecto sino más bien un tema que hay que desarrollar.
Sin ir muy lejos; ahora mismo podríamos estar sentados tomando un café mientras Rusia bombardea alguna ciudad ucraniana, destrozando lugares, aniquilando vidas indolentemente bajo el estandarte de sus propias razones, sean cuales sean.
También en un pasado no muy lejano, en alguna otra existencia, pudimos haber estado tomando un baño en alguna playa portuguesa mientras muy cerca sucedía el desembarco de Normandía o cenando en alguna parte de Buenos Aires mientras miles de judíos eran aniquilados en los campos de concentración nazis o quizás rezando en algún convento europeo mientras Hernán Cortés subyugaba violentamente lo que hoy conocemos como Mexico.
El ejercicio es tan ilimitado como nuestra propia imaginación.
Es cierto que los humanos mantenemos siempre cierta esperanza, un poco ingenua por demás, de que la tierra alcance la paz con la que muchos de nosotros soñamos, pero para llegar a eso tendríamos que mas bien sentir que por defecto estamos también cada uno de nosotros en guerra, en una interna que se expresa en la externa, que vive el planeta entero, producto de la presión acumulada de nuestro propio karma evadido y no trabajado.
Debemos meditar en lo siguiente: todos los habitantes de la tierra en conjunto configuramos la consciencia final del planeta entero, por ende, lo que queramos cambiar en el externo debe ser en primer lugar sanado y transformado en nuestro propio interno. Si hacemos esto no solo estaríamos desarrollando una sana y verás empatía entre todos los terrestres, sino que a la vez, al sanarnos y liberarnos del peso kármico, estaríamos ofrendando a nuestro arrasado planeta toda la paz que comenzaríamos automáticamente a cultivar en nuestros propios corazones.


Cuanto hablan de utopía, el anhelo de la paz mundial lo expresa bien. No amamos la vida lo suficiente y se mata sin compasión desde hace eras. Este juego de imaginar es oportuno para vernos transformados en algo que incluso ya somos en luz y bien!
Quién sabe cómo podría ser esa realidad paralela. Esos otros mundos. Sería penoso encontrarse con esa otra tierra que sea un triste reflejo de lo que en esta nos hemos convertido. Queda la esperanza de mundos mejores.