La historia de Mowgly, de Rudyard Kipling o la de Tarzán de Edgar Rice Burroughs, no son simples ficciones, sino que, disponen de un registro terrenal, que demuestra el poder que tiene sobre la psiquis del ser humano, el medio ambiente en que nos desarrollamos, incluso, como factor educativo.
Numerosos casos de niños criados por animales han sido reportados y documentados, observándose cómo estos aprenden a comportarse como los animales que les han «educado». Un caso emblemático fue reportado en Malasia en el 2015, el del «niño orangután». Este niño, de entre 4 y 7 años de edad al momento de su encuentro, fue criado por orangutanes y se comportaba como ellos, pudiendo incluso trepar árboles con gran facilidad y destreza, lo que dificulto su rescate.
La trasmisión del conocimiento es el fundamento de la evolución del ser humano. Desde los albores de la humanidad hemos aprendido por imitación, por instrucciones directas, por trasmisión oral. Aprendemos a caminar, a comer, a controlar nuestros esfínteres, a vestirnos, así como comportamientos y actitudes de nuestros padres y de quienes que nos rodean en nuestra tierna infancia. Durante estos años de vida, todo lo que experimentamos tiene una repercusión tremenda en nuestro futuro, en nuestro desarrollo cerebral, emocional, en la salud, en la capacidad de aprender, en el bienestar y ni que decir en nuestros valores espirituales.
Si consideramos la educación, en el sentido más amplio, como la transmisión de conocimientos que recibe el ser humano, sea cual fuere la fuente, nos encontramos con que actualmente tenemos un sin número de canales de trasmisión de conocimientos tanto físicos como digitales. De allí, que considerar la educación como un proceso confinado a las instituciones oficiales es la principal causa del fracaso del sistema de aprendizaje actual para alcanzar, lo que Platón llamaba la fuente del saber, el «diferenciar lo bueno de lo malo» o, en otras palabras, el discernimiento.
Desde la antigüedad el ser humano ha desarrollado modelos educativos con la intención loable de trasmitir sus conocimientos. Las iniciaciones chamánicas de los aborígenes, el gurukul de la antigua cultura Védica de la India, los templos del Antiguo Egipto, las academias de los griegos, en tiempos modernos la educación pública, todos estos sistemas han servido a ese propósito. En todos los casos, los modelos educativos reflejan la cultura, las normas de convivencia, la forma de ver el mundo de la sociedad a la que pertenecen.
Los sistemas educativos han dado para todo. Para formar guerreros legendarios como lo fueron los espartanos, o una sociedad crítica de sí misma como la ateniense. Sin embargo, más frecuentemente de lo que creemos, han servido para enajenar a una generación y lanzarla a la guerra, como lo hicieron las brigadas juveniles de la Alemania Nazi de Hitler y como otros tantos déspotas a lo largo de la historia.
Actualmente, existen diversos modelos educativos que buscan conectar al ser humano con sus valores espirituales fundamentales, lo cual tal vez sea lo único que podrá salvar a la humanidad de su propia oscuridad. Entre estos modelos contemporáneos occidentales destacan las escuelas Waldorf fundadas en 1919 en Stuttgart, Alemania. Estas están basadas en la filosofía educativa de Rudolf Steiner, el fundador de la Antroposofía, definida esta última como «el conocimiento del ser humano y de su relación con el universo».
Este sistema educativo se propone desarrollar las capacidades intelectuales, artísticas y las habilidades prácticas de los estudiantes, integradas de una forma holística, cultivando la imaginación y la creatividad en función del desarrollo espiritual del ser humano.
Actualmente constituyen el mayor movimiento educativo independiente en el mundo con más de 2000 kindergarten y 1200 escuelas en 75 países, con cerca de 500 centros de educación especial.
Un aspecto relevante de la educación Steiner que demuestra su enfoque centrado en las cualidades innatas del alumno, es que el proceso de aprendizaje utilizado está interconectado con las cualidades cognitivas, emocionales y temperamentales del niño. Los estudiantes son agrupados para sus actividades de aprendizaje durante los años elementales, de acuerdo con el concepto protopsicológico de los cuatro temperamentos clásicos: melancólico, sanguíneo, flemático y colérico.
Steiner estableció en las escuelas Waldorf el principio de que la enseñanza debe ser personalizada para acomodar las diferentes necesidades que los niños tienen de acuerdo con su temperamento. Por ejemplo, «los coléricos son audaces, los flemáticos toman las cosas con calma, los melancólicos son sensibles o introvertidos, y los sanguíneos toman las cosas a la ligera». Reconociendo estas cualidades sicológicas y sus combinaciones, los maestros pueden trabajar personalizando la enseñanza, planificando las actividades de las clases a niveles que no son evidentes para los desconocedores del sistema, lo que puede llegar incluso a considerar la disposición de los asientos.
Según Steiner «La educación Waldorf no es un sistema pedagógico, sino un arte: el arte de despertar lo que realmente está dentro del ser humano». Así que, en última instancia, cualquier sistema educativo solo podrá ser liberador, si, como decía Platón, nos lleva a alcanzar la fuente del saber, la cualidad del discernimiento que habita en nuestro interior. La simple trasmisión de información sin una vivencia interior nunca podrá llevar a la humanidad a liberarse de su propia oscuridad.
Fuentes consultadas
https://www.elmundo.es/blogs/elmundo/yomono/2015/10/17/las-historias-reales-de-ninos-salvajes.html https://ihistoriarte.com/pequehistoria/platon-y-la-educacion-del-individuo/
https://www.waldorfeducation.org/waldorf-education
https://www.psicologia-online.com/tipos-de-temperamento-y-sus-caracteristicas-4514.html

