Cada elemento que compone este universo es único e irrepetible, y nosotros los seres humanos a razón de nuestra baja autoestima, del querer tener lo que otros tienen, ser lo que el otro es, tendemos a compararnos; bien sea porque queremos mejoras personales, mantener una autovaloración positiva, o compararnos con nuestro antiguo yo.
El psicólogo estadounidense Leon Festinge desarrolló la Teoría de la Comparación Social que “se entiende como un proceso por el cual las personas obtienen información al compararse con otros/as con el objetivo de reducir la incertidumbre, autoevaluarse o aumentar la autoestima.”1
Al compararnos por querer ser lo que otro es, anula nuestra configuración kármica, que viene con características que cumplen una función específica dentro de este engranaje perfecto de ciclo vida-muerte-vida que vinimos a vivir en este plano de manifestación.
La comparación parece ser intrínseco a la naturaleza del ser humano. Nuestros padres nos comparaban cuando éramos chicos con frases como “tú hermano si se come la comida y tú no” anulando nuestra capacidad de discernir si ya estábamos satisfechos. O la maestra cuando nos decía “Susanita ya sabe leer, también deberías hacerlo”, irrespetando los procesos de aprendizajes de cada uno.
Este tipo de comparaciones -aparentemente inocentes- forman parte del forjamiento de nuestra autoestima, y en oportunidades nos lleva a vivir en inconformidad con lo que somos. Incluso, van mutando a medida que vamos creciendo y se mantienen en la vida adulta.
Es común escuchar la frase de -las comparaciones son odiosas- y es porque a nadie le gusta escuchar de lo que carece o su debilidad, ya que en ocasiones las conocemos y en cierta medida estamos trabajando por mejorarlo, por lo que escucharlo constantemente puede ser molesto y agotador.
Con las redes sociales, las comparaciones están más accesibles que antes, ya que la mayoría de los llamados influencers muestran sus vidas perfectas en todos los ámbitos, lo que lleva al que está al otro lado de la pantalla a cuestionarse, incluso frustrarse y enfermarse, porque no tiene la vida de su -ídolo- allí recae la importancia de destacar que la realidad de esa persona fuera de la pantalla, no la conocemos, por lo que nos estamos comparando con la idea que se tiene de él o ella.
Distinción que en ocasiones se hace difícil de realizar, por la constante exposición a la virtualidad que puede llevar a distorsionar la realidad.
“Compararse con los demás de una manera impulsada por la envidia o los celos puede amargar las relaciones, alimentar las inseguridades y teñir su experiencia de lo que de otro modo podrían ser momentos muy agradables y preciosos. Cuando constantemente se compara a los demás favorablemente con usted mismo, su autoestima también se verá afectada negativamente, y esto puede contribuir a los sentimientos de ansiedad y depresión.” 2.
La comparación per se, no es mala o buena, pero cabe preguntarse ¿desde dónde me comparo? ¿Cómo podríamos determinar que es una comparación sana? Porque no es lo mismo compararse desde la envidia o el deseo, que desde el querer mejorar, porque ese otro nos muestra algo que sentimos nos puede servir para fortalecernos como seres conscientes y a su vez alcanzar el propósito único de nuestra existencia, trascender karma y generar Luz.
Fuentes consultadas:
1 Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations,
2 https://www.zeropsicologos.com/blog/por-que-los-humanos-se-comparan-con-otros-como-lo-evitamos/


Considero no es bueno compararse con nadie, finalmente tenemos que comprender que cada ser humano como almas encarnadas que somos nos encontramos en procesos evolutivos diferentes. No hay nadie mejor o peor, sólo realidades personales y contextos diversos. Aquí el punto es trabajar el amor propio.