Jean-Paul Sartre (1905-1980) fue filósofo, escritor, dramaturgo, activista político y crítico literario francés, figura esencial del existencialismo y del marxismo. En su reflexión sobre las emociones “Bosquejo de una teoría de las emociones” se aparta de las explicaciones psicológicas tradicionales de su tiempo y propone una mirada fenomenológica que revela su dimensión más profunda. Para él, la emoción no es un accidente biológico ni un simple mecanismo fisiológico: es una forma de conducta significativa, un gesto de la conciencia que organiza y transforma la experiencia. Sartre entiende la emoción como una metamorfosis mágica del mundo, un recurso al que el ser humano acude cuando los caminos racionales o técnicos se cierran, en medio de una realidad que aprisiona, la conciencia se reconfigura y se abre a leyes no deterministas.
LAS TEORÍAS CLÁSICAS
Son de sobra conocidas las críticas suscitadas por la teoría periférica de las emociones. ¿Cómo explicar las emociones sutiles? ¿Cómo explicar la alegría pasiva? ¿Cómo admitir que unas triviales reacciones orgánicas puedan dar cuenta de unos estados psíquicos cualificados? ¿Cómo unas modificaciones cuantitativas y, por ende, casi continuas en las funciones vegetativas pueden corresponderse con una serie cualitativa de estados irreductibles entre sí? Por ejemplo, las modificaciones fisiológicas que corresponden a la ira sólo difieren por su intensidad de las que corresponden a la alegría (ritmo respiratorio un tanto más rápido, ligero aumento del tono muscular, incremento de los intercambios bioquímicos, de la tensión arterial); y, sin embargo, la ira no es una alegría más intensa, sino otra cosa, al menos en tanto que se presenta ante la conciencia. No serviría de nada mostrar en la alegría una excitación que predispone a la ira, ni citar a esos subnormales que pasan continuamente (balanceándose en un banco, por ejemplo, y acelerando su balanceo) de la alegría a la ira. El subnormal que está encolerizado no está «ultra alegre». Incluso si ha pasado de la alegría a la ira (y nada permite afirmar que no haya intervenido mientras tanto una multitud de acontecimientos psíquicos) la ira es irreductible a la alegría.
Creo que el fondo común a todas estas objeciones podría resumirse de la manera siguiente: W. James distingue en la emoción dos grupos de fenómenos: un grupo de fenómenos fisiológicos y otro de fenómenos psicológicos, al que, como él, llamaremos estado de conciencia; lo esencial de la tesis de W. James es que el estado de conciencia llamado «alegría, ira, etc.», no es más que la conciencia de las manifestaciones fisiológicas, su proyección en la conciencia, por así decirlo. Ahora bien, todos los críticos de James, al examinar sucesivamente «el estado» de conciencia «emoción» y las manifestaciones fisiológicas concomitantes no reconocen en aquél la proyección, el esbatimiento de éstas. Encuentran algo más y – conscientemente o no – otra cosa. Algo más. Por mucho que se extremen, imaginariamente, los trastornos corporales, no se comprende por qué la conciencia correspondiente habría de ser una conciencia aterrorizada. El terror es un estado sumamente penoso, insoportable incluso, y resulta inconcebible que un estado corporal aprehendido por sí mismo y en sí mismo aparezca ante la conciencia con ese carácter atroz. Otra cosa. En efecto, incluso si, objetivamente percibida, la emoción se presenta como un trastorno fisiológico, como un hecho de conciencia, no es un trastorno ni un caos totalmente puro. Tiene un sentido, significa algo. Y con ello no sólo queremos decir que se presenta como una cualidad pura: se afirma también como una determinada relación de nuestro ser psíquico con el mundo. Y esta relación – o mejor dicho, la conciencia que nos hacemos de ella – no es un lazo caótico entre el yo y el universo; es una estructura organizada y susceptible de descripción.
No me parece que la sensibilidad córtico-talámica, recientemente inventada por los mismos que dirigen estas críticas a James, permita dar una respuesta satisfactoria a la cuestión. Primero, la teoría periférica de James presentaba una gran ventaja: sólo tenía en cuenta los trastornos fisiológicos directa o indirectamente averiguables. La teoría de la sensibilidad cerebral recurre de un trastorno cortical de imposible comprobación. Sherrington realizó experimentos sobre los perros, y no cabe duda de que es de alabar su habilidad como operador. Pero estos experimentos en sí mismos no demuestran absolutamente nada. Del hecho de que una cabeza de perro prácticamente aislada del cuerpo dé aún señales de emoción, no me parece que se pueda sacar la conclusión de que cl perro experimente una emoción completa. Además, suponiendo incluso que estuviera demostrada la existencia de una sensibilidad córtico-talámica, habria de nuevo que preguntarse previamente: ¿puede un trastorno psiológico, sea cual fuere, dar cuenta del carácter organizado de la emoción?
Aunque lo expresó con poca fortuna, Janet lo comprendió muy bien cuando dijo que James, en su descripción de la emoción, había fallado en lo que respecta a lo psíquico. Al situarse en un terreno exclusivamente objetivo, Janet sólo quiere tener en cuenta las manifestaciones exteriores de la emoción. Pero, incluso tomando sólo en consideración los fenómenos orgánicos que pueden describirse y descubrirse desde fuera, estima que estos fenómenos son inmediatamente susceptibles de ser clasificados en dos categorías: los fenómenos psíquicos o conductas, y los fenómenos fisiológicos. Una teoría de la emoción que quisiera restituir a lo psíquico su papel preponderante habría de hacer de la emoción una conducta. Pero, como James, Janet es sensible, pese a todo, a la apariencia de desorden que presenta toda emoción. Hace, pues, de la emoción una conducta peor adaptada, o, si se prefiere, una conducta de desadaptación, una conducta de fracaso. Cuando la labor es demasiado difícil y no podemos mantener la conducta superior que se adaptaría a ella, la energía psíquica liberada se escapa por otra vía: se mantiene una conducta inferior, que necesita una menor tensión psicológica. Aquí tenemos, por ejemplo, a una muchacha a quien su padre acaba de anunciar que tiene dolores en el brazo y que siente cierto temor a quedarse paralítico. Cae al suelo presa de una violenta emoción. A los pocos días se repite la misma escena con igual violencia, lo que la obliga finalmente a pedir ayuda a los médicos. Durante el trata miento, confiesa que la idea de cuidar a su padre y de llevar una vida austera de enfermera le había parecido de pronto insoportable. La emoción representa aquí una conducta de fracaso; constituye la sustitución de la «conducta-de-enfermera-que- no-puede-ser-mantenida». Asimismo, en su obra sobre L´Obsession et la Psychasthénie [La Obsesión y la Psicastenia], Janet cita el caso de varios enfermos que, habiendo acudido a él para confesarse, no pudieron acabar su confesión y terminaron prorrumpiendo en sollozos y a veces incluso sufriendo un ataque de nervios. Aquí también la conducta que ha de mantenerse es demasiado difícil. Los lloros y el ataque de nervios representan una conducta de fracaso que sustituye a la primera por derivación. ¿Para qué insistir? Sobran los ejemplos. ¿Quién no recuerda haber permanecido tranquilo en el intercambio de bromas con un compañero mientras estaba en igualdad de condiciones con el adversario y haberse irritado en el preciso momento en que ya no sabía qué contestar? Así, pues, Janet puede jactarse de haber reintegrado lo psíquico en la emoción: la conciencia que cobramos de la emoción – conciencia que, por lo demás, sólo es aquí un fenómeno secundario – ya no es el simple término correlativo de unos trastornos fisiológicos: es la conciencia de un fracaso y de una conducta de fracaso. Esta teoría resulta atractiva: es, efectivamente, una tesis
psicológica y sigue siendo de una sencillez totalmente mecanicista. El fenómeno de derivación no es más que un cambio de vía para la energía nerviosa liberada.
Y, sin embargo, ¡cuántas zonas oscuras en estas nociones, aparentemente tan claras! Tras un estudio más detenido, nos daremos cuenta de que Janet sólo logra aventajar a James a costa de utilizar implícitamente una finalidad que su teoría rechaza explícitamente. En efecto, ¿qué es una conducta de fracaso? ¿Debe verse sólo en ella el sustituto automático de una conducta superior que no podemos llevar a cabo? En tal caso, la energía nerviosa se descargaría al azar y siguiendo, la ley del mínimo esfuerzo. Pero entonces el conjunto de las reacciones emotivas sería menos una conducta de fracaso que una carencia de conducta. Se produciría una reacción orgánica difusa en vez de una reacción adaptada, un desorden. Pero ¿no es precisamente lo que dice James? ¿No se presenta, según él, precisamente la emoción en el momento de una brusca desadaptación, y no consiste esencialmente en el conjunto de desórdenes que aquella ocasiona en el organismo? Cierto es que Janet hace más hincapié que James en el fracaso. Pero ¿qué ha de entenderse con ello ? Si consideramos objetivamente al individuo como un sistema de conductas, y si la derivación se hace automáticamente, el fracaso no es nada, no existe; simplemente se produce la sustitución de una conducta por un conjunto difuso de manifestaciones orgánicas. Para que la emoción tenga la significación psíquica de fracaso, la conciencia ha de intervenir y conferirle esta significación, ha de contemplar la posibilidad de una conducta superior y aprehender la emoción precisamente como un fracaso con respecto a esta conducta superior. Pero esto equivaldría a atribuir a la conciencia un papel constitutivo, cosa a la que Janet se niega absolutamente. Si se quisiera que la teoría de Janet siguiera teniendo sentido, habría lógicamente que adoptar la posición de Henri Wallon. En un artículo publicado en Revue des Cours et Conférences, Wallon propone la siguiente interpretación: Según él, existe en el niño un circuito nervioso primitivo. El conjunto de las reacciones de un recién nacido ante el cosquilleo, el dolor, etc., está siempre regido por este circuito (escalofríos, contracciones musculares difusas, aceleramiento del ritmo cardíaco, etc.), constituyendo así una primera adaptación orgánica, naturalmente heredada.
Más adelante aprendemos nuevas conductas y llevamos a cabo nuevos montajes, o sea, nuevos circuitos. Pero cuando, colocados ante una situación nueva y difícil, no podemos hallar la conducta adaptada conveniente, se produce, afirma Wallon, un retroceso hacia el circuito nervioso primitivo. Vemos que esta teoría representa la trasposición de las ideas de Janet al terreno de conductismo puro, ya que, a fin de cuenta, las reacciones emocionales no se presentan como un puro desorden, sino como una adaptación menor: el circuito nervioso del niño, primer sistema organizado de reflejos defensivos, resulta inadaptado con respecto a las necesidades del adulto, pero es, en sí mismo, una organización funcional, análoga al reflejo respiratorio, por ejemplo. Pero también vemos que esta tesis sólo se diferencia de la de James por la hipótesis de una unidad orgánica que uniría entre sí todas las manifestaciones emotivas.
Ni que decir tiene que James hubiera aceptado sin la menor dificultad la existencia de semejante circuito si ésta hubiera sido demostrada. Habría concedido escasa importancia a esta modificación de su propia teoría por ser de orden estrictamente fisiológico. Así, pues, si nos atenemos a los términos mismos de su tesis, Janet se halla mucho más cerca de James de lo que él mismo admite; ha fracasado en su intento de volver a introducir lo «psíquico» en la emoción; no ha explicado tampoco por qué existen varias conductas de fracaso, por qué ante una brusca agresión puedo tener una reacción de miedo o de ira. Además, los ejemplos que cita son casi todos, trastornos emocionales poco diferenciados (sollozos, ataque de nervios, etc.), mucho más próximos al choque emocional propiamente dicho que a la emoción en sí.
Sin embargo, parece existir en Janet una teoría subyacente de la emoción – y de las conducta en general – que recurre de nuevo, sin nombrarla, a la finalidad. En sus exposiciones generales sobre la psicastenia o la afectividad, insiste, como ya hemos dicho, en el carácter automático de la derivación. Pero en muchas de sus descripciones da a entender que el enfermo adopta la conducta inferior para no sostener la conducta superior. Aquí, es el mismo enfermo el que proclama su fracaso, antes incluso de emprender la lucha, y la conducta emotiva viene a disimular la imposibilidad de mantener la conducta adecuada. Volvamos al ejemplo antes citado: Una paciente acude a Janet; quiere confiarle el secreto de sus trastornos, describirle minuciosamente sus obsesiones. Pero no puede: es una conducta social demasiado difícil para ella. Entonces se pone a sollozar. Ahora bien,
¿solloza porque no puede decir nada?, ¿son sus sollozos vanos tentativas de actuación, una difusa conmoción que representaría la descomposición de una conducta demasiado difícil?
¿o se pone a sollozar precisamente para no decir nada? La diferencia parece a primera vista escasa entre estas dos interpretaciones: en ambas hipótesis existe una conducta imposible de mantener; en ambas hipótesis hay sustitución de la conducta por unas manifestaciones difusas. Por eso Janet pasa con facilidad de una a otra: de ahí la ambigüedad de su teoría.
Pero, en realidad, un abismo separa estas dos interpretaciones. En efecto, la primera es puramente mecanicista y – ya lo hemos visto – bastante parecida en el fondo a las ideas de James. Por el contrario, la segunda aporta realmente algo nuevo: es la única que merece verdaderamente el título de teoría psicológica de las emociones, la única que considera la emoción como una conducta. Y, en efecto, si volvemos a introducir aquí la finalidad, podemos concebir que la conducta emocional no es en absoluto un desorden: es un sistema organizado de medios que tienden hacia una meta. Y se recurre a este sistema para disimular, sustituir, rechazar una conducta que no se puede o no se quiere mantener.
Al mismo tiempo, la explicación de la diversidad de las emociones queda así facilitada: cada una representa un medio diferente de eludir una dificultad, una escapatoria particular, una trampa especial. Pero Janet nos ha proporcionado lo único que podía darnos. Su posición es demasiado insegura, y lucha entre un fin alismo espontáneo y un mecanicismo de principio. No será a él a quien pidamos que exponga esa teoría pura de la emoción-conducta. La encontramos, por e] contrario, esbozada en las obras de los discípulos de Kohler, en particular en las de Lewin y Dembo. Sobre este tema, P. Guillaume escribe lo siguiente en su Psychologie de la Forme: Tomemos el ejemplo más sencillo: se le propone al sujeto que alcance un objeto colocado en una silla, pero sin pisar fuera de un círculo trazado en el suelo; las distancias están calculadas para que esa tarea le resulte muy difícil o imposible de una manera directa; sin embargo, el problema puede resolverse por medios indirectos…
Aquí la fuerza orientada hacia el objeto cobra un significado claro y concreto. Por otra parte, existe en estos problemas un obstáculo para la ejecución directa del acto, obstáculo que puede ser material o moral, como, por ejemplo, una regla que se compromete uno a observar. Así, en nuestro ejemp1o, el círculo que no ha de franquearse forma en la percepción del sujeto una barrera de la que emana una fuerza dirigida en sentido contrario a la primera. El conflicto entre ambas fuerzas engendra, en el campo fenomenal, una tensión…
El hallazgo de la solución, el éxito del acto pondría fin a esa tensión… Existe toda una psicología del acto de sustitución o de reemplazo, del Erzatz, a la que la escuela de Lewin aporta una interesante contribución. Su forma es muy variable: los semi-resultados alcanzados pueden contribuir a fijarla. El sujeto facilita a veces el acto librándose de algunas de las condiciones impuestas de cantidad, de cualidad, de velocidad o de duración, e incluso modificando la naturaleza de su labor; en otros casos, se trata de actos irreales, simbólicos; se hace un gesto evidentemente vano en dirección al acto; se describe ese acto en vez de realizarlo, se imaginan procedimientos quiméricos ficticios (si yo tuviera… haría falta…) fuera de las condiciones reales o impuestas que permitirían realizarlo.
Si los actos de sustitución resultan imposibles o si no aportan suficiente resolución, la tensión persistente se manifiesta mediante la tendencia a renunciar a la prueba, a evadirse del campo o a replegarse sobre sí mismo en una actitud pasiva. Hemos dicho, en efecto, que el sujeto se halla sometido a la atracción positiva de la meta y a la acción de repulsión, negativa, de la barrera; además, el hecho de haber aceptado someterse a la prueba ha conferido a todos los demás objetos del campo un valor negativo, en el sentido de que todas las diversiones ajenas a la tarea son ipso facto imposibles.
El sujeto se halla, pues, en cierto modo, encerrado en un recinto clausurado por todas partes: sólo existe una salida positiva, pero está ocluida por la barrera específica. La evasión no es sino una solución brutal, ya que es preciso romper la barrera general y aceptar una disminución del yo. El repliegue sobre uno mismo, el enquistamiento que alza entre el campo hostil y yo una barrera protectora, es una solución tan mala como la otra.
En estas condiciones, la prosecución de la prueba puede desembocar en unos trastornos emocionales, formas éstas aún más primitivas de liberación de tensiones. T. Dembo hace un estudio muy interesante de los arrebatos de ira, a veces muy violentos, que se apoderan de algunas personas. La situación sufre una simplificación estructural. Hay en la ira, y sin duda en todas las emociones, un debilitamiento de las barreras que separan las capas profundas y superficiales del yo y que, normalmente, aseguran el control de los actos por la personalidad profunda, así como el dominio de sí mismo; un debilitamiento de las barreras entre lo real y lo irreal.
En cambio, el que la acción se halle bloqueada hace que las tensiones entre el exterior y el interior sigan aumentando: el carácter negativo se extiende uniformemente a todos los objetos del campo que pierden su valor propio… Al desaparecer la dirección privilegiada de la meta, se destruye la estructura diferenciada impuesta al campo por el problema… Los hechos particulares y especialmente las reacciones fisiológicas variadas a las que se ha descrito atribuyéndoles un significado especial sólo resultan inteligibles partiendo de esa concepción de conjunto de la topología de la emoción…
Hemos llegado, al término de esta larga cita, a una concepción funcional de la ira. La ira no es, desde luego, un instinto, ni una costumbre, ni un cálculo razonado. Es una solución brusca de un conflicto, una manera de cortar el nudo gordiano. No cabe duda de que volvemos a encontrarnos con la distinción hecha por Janet entre las conductas superiores y las conductas inferiores o derivadas.
Sólo que esta distinción cobra aquí todo su sentido: somos nosotros mismos los que nos ponemos en situación de total inferioridad, porque en ese bajísimo nivel nuestras exigencias son menores y nos satisfacemos más fácilmente. Al no poder hallar, en estado de alta tensión, la solución delicada y precisa de un problema, actuamos sobre nosotros mismos, nos rebajamos y nos transformamos en un ser al que le bastarán unas soluciones burdas y menos adaptadas (romper, por ejemplo, la cuartilla en la que figura el enunciado del problema).
Así, pues, la ira se manifiesta aquí como una evasión: el sujeto iracundo se parece a un hombre que, al no poder deshacer el nudo de las cuerdas que le atan, se retuerce en todas las direcciones. Y la conducta «ira» peor adaptada al problema que la conducta superior – e imposible – que lo resolvería está, sin embargo, precisa y perfectamente adaptada a la necesidad de romper la tensión, de librarse de esa enorme carga que pesa sobre nuestros hombros.
Ahora comprenderemos los ejemplos anteriormente citados: la psicasténica que va a verle a Janet quiere confesarse con él. La tarea, sin embargo, es demasiado, difícil. Se halla en un mundo estrecho y amenazador que espera de ella un acto determinado y que a la vez lo rechaza. El mismo Janet da a entender, con su actitud, que está escuchando y esperando. Pero, al mismo tiempo, por su prestigio, por su personalidad, etc., rechaza esa confesión. La paciente tiene que librarse de esa intolerable tensión y sólo puede conseguirlo exagerando su debilidad, su desconcierto, desviando su atención del acto que ha de realizar y trasladándolo a sí misma («¡qué desgraciada soy!»), convirtiendo, por su misma actitud, a Janet de juez en consolador, exteriorizando e interpretando la imposibilidad misma de hablar en que se halla, convirtiendo la necesidad precisa de dar tal o cual información en una presión gravosa e indiferenciada que el mundo ejerce sobre ella.
Entonces es cuando se manifiestan los sollozos y el ataque de nervios. Asimismo, se comprende fácilmente el arrebato de ira que se apodera de mí cuando ya no sé qué contestar a un bromista. En este caso, la ira no desempeña exactamente el mismo papel que en el ejemplo de Dembo. Se trata de trasladar la discusión a otro plano: no he podido ser ingenioso, me vuelvo temible e impotente.
Quiero asustar. Al mismo tiempo, utilizo medios derivados (ersätze) para vencer a mi adversario: insultos, amenazas que «valen por» el rasgo de ingenio que no he sabido encontrar; por la brusca transformación que me impongo a mí mismo, me vuelvo menos exigente en lo que se refiere a la elección de los medios.
Sin embargo, llegados a este punto, no podemos darnos por satisfechos. La teoría de la conducta-emoción es perfecta, pero, en su misma pureza y perfección, podemos ver su insuficiencia. En todos los ejemplos que hemos citado, el papel funcional de la emoción es innegable. Pero también, como tal, es incomprensible. Quiero decir que para Dembo y los psicólogos de la forma el paso del estado de búsqueda al estado de ira se explica por la ruptura de una forma y la reconstitución de otra. Comprendo a lo sumo la ruptura de la forma «problema sin solución», pero ¿cómo admitir la aparición de la otra forma? No olvidemos que se presenta claramente como sustituta de la primera.
Sólo existe con respecto a la primera. Hay, pues, un solo proceso: la transformación de forma. Ahora bien, no puedo comprender esa transformación sin dar por sentada la conciencia. Sólo ella puede por su actividad sintética romper y reconstruir incesantemente unas formas; sólo ella puede dar cuenta de la finalidad de la emoción. Hemos visto, además, que toda la descripción de la ira hecha por Guillaume, según Dembo nos la muestra, como tendente a transformar el aspecto del mundo. Se trata de «debilitar las barreras entre lo real y lo irreal», de «destruir la estructura diferenciada impuesta al campo por el problema». Muy bien. Pero en cuanto se trata de afirmar una relación entre el mundo y el yo, no podemos satisfacernos ya con una psicología de la forma.
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