La tarde se avecina inminentemente sobre el Gólgota. La Pascua judía está por comenzar. Tras la pasión y el viacrucis, el Hijo del Hombre, clavado en la cruz, exclama a su Padre y exhala su último aliento. El ambiente es tenso, hay apuro. Roma teme otra rebelión. Longino, centurión romano, recibe una orden. Cerciorarse de que el supuesto “Rey de los Judíos”, ha muerto. Para ello, clava su lanza en el costado derecho de Cristo. La incisión no rompe hueso alguno, perfora pleura y pericardio, y por la herida sale agua y sangre, según Juan el evangelista. El único de sus discípulos que presenció la crucifixión, junto a las tres Marías.
Longino de Cesárea, nacido en Lanciano (Italia), estaba corto de vista. Cuenta su leyenda, que el agua-sangre que salió del costado de Jesús de Nazareth, le cayó en los ojos, sanándole inmediatamente la vista. Ante el milagro, se arrodilló ante Cristo y con profundo arrepentimiento exclamó: “Hemos sacrificado a un hombre inocente. Este es en verdad quien se dice que es”.
Longino, ahora creyente, colaboró en la bajada de la cruz, del cuerpo de Cristo. Entregándolo a José de Arimatea y Nicodemo, para que ellos pudieran cumplir con los ritos funerarios y de embalsamamiento. Hasta se cuenta, sin datos ciertos, que Longino ayudó a lavar el cuerpo de Jesús. Y que posiblemente hasta escoltara al Mesías hasta su Santo Sepulcro. La imaginación da para mucho. Así como el fervor devocional de un converso.
Longino, curado de vista, se dedicó a predicar la palabra de Dios. La Buena Nueva de que el Reino de los Cielos está al alcance de todos. Se bautizó. Posiblemente se instruyó con los apóstoles y recibió al Espíritu Santo en Pentecostés. Su ferviente prédica llegó a oídos de Poncio Pilatos, quien enseguida lo mandó a traer. No sólo había desertado del ejército romano, pena capital ya de por sí. Sino además predicaba la palabra de Cristo en territorio imperial. Al negarse a abandonar su nueva fe, para quebrarle el espíritu, le arrancaron los ojos.
Pero su fe era inquebrantable. Siguió predicando, ciego como estaba. Nuevamente ante la Ley, se le reiteró que abandonara su fe. Al negarse, se le cortó la lengua. Un nuevo milagro ocurriría. Longino era capaz de seguir predicando con una voz atronadora, como si Dios mismo hablara a través de él. Su vehemencia le depararía la muerte. Fue decapitado en Capadocia y convertido en uno de los primeros mártires de la nueva fe.
Siglos más tarde, en la época de las reliquias, la leyenda de Longino tomó una fuerza impresionante. Sobre todo, porque Carlomagno se adjudicaba la posesión de la Lanza de Longino. Que ahora era llamada la Lanza del destino. Con un halo legendario que afirmaba que quien poseyera la Lanza, jamás sería vencido. Y así fue, por 47 batallas consecutivas, que lo convirtieron en el emperador del Sacro imperio romano. Hasta que en el fragor de su batalla 48, la dejara caer accidentalmente. Experimentando su primera derrota, contra todo pronóstico.
Como sucedió con las reliquias en un mundo incomunicado y una iglesia ávida de fondos para construcciones y poder; la lanza de Longino fue vista en la iglesia del santo sepulcro en Jerusalén, de allí estuvo en Constantinopla, posiblemente Carlomagno la tomara de allí. Posteriormente se la adjudicaron los Habsburgo en Viena, actualmente existe en un museo de dicha ciudad.
Por supuesto que el Vaticano tiene la suya, no podría ser de otra manera. En Armenia hay otra. ¿Cuál es la verdadera? Todas y ninguna. La Lanza del destino fue, es y será un símbolo religioso revestido de leyenda. Lo rescatable de esta historia es la Fe del Centurión romano, quien a pesar de sufrir el martirio se mantuvo firme y leal a la verdad.
Fuentes Consultadas:
- La Lanza Sagrada: el misterio de Longino. Alec MacLellan.
- https://historia.nationalgeographic.com.es/a/carlomagno-padre-europa-medieval_15977

