Cada vez más difundido en salones de té y pastelería bajo la estampa marketinera de “superalimento”, el matcha tiene un origen mucho más profundo dentro de la tradición ceremonial japonesa. Proveniente de la misma planta del té verde, negro y blanco, la diferencia reside en su forma de cultivo, procesamiento y nula oxidación. Es un té de hojas jóvenes, cultivadas en la sombra antes de su cosecha para que la clorofila brote, que luego se secan y muelen en un fino polvo verde intenso que puede ser disuelto en agua caliente, donde literal consumimos toda la hoja, y no solo la infusión (y, posterior desecho de hojas) como en los otros tés.
Originario de China hace más de mil doscientos años, el matcha llega al Japón de la mano de los monjes budistas alrededor del siglo XII d.c,. siendo su consumo instaurado en los monasterios, por favorecer un estado mental de calma y concentración. Durante los siglos XV y XVI, el matcha se convirtió en el centro de la ceremonia del té japonés, influenciada por el maestro Sen no Rikyu, donde no solo era beber té, sino que cada acción se basa en la filosofía estética y espiritual del Wabi-Sabi: belleza en la simplicidad e imperfección.
Hoy el matcha guarda esta herencia espiritual y el mundo moderno nos permite acercarnos a este producto, ojalá no como algo más de la glotonería, sino como algo que nos puede conectar con los más silencioso y profundo que habita en nosotros.
Ingredientes:
– 1 cucharadita de Matcha
– 1 taza de agua caliente a unos 80 grados.
– Endulzante opcional.
Preparación:
– Colocar el matcha en el agua y batir en forma de M, para lograr una consistencia más espumosa.


Gracias, que bueno saber! muy interesante!
Muchas gracias por la información, excelente.