En una ocasión, dos gigantes de la literatura universal se vieron de frente, y a uno de ellos, periodista, le correspondió entrevistar al otro. Rudyard Kipling abordó al gran Samuel Langhorne Clemens, mejor conocido como Mark Twain. Para ese año, 1889, el primero tenía solo 24 años; el segundo, 54 años. Ocho años después de ese encuentro nace el hijo varón de Kipling, John, quien desafortunadamente falleció en combate durante la Primera Guerra Mundial, en 1915, semanas después de haber cumplido los 18 años.
Esta breve semblanza nos permite seguir las huellas de su muy aclamado poema If, el cual fue publicado en 1910 en el libro Recompensas y hadas. Más allá de que el escritor nacido en Bombay (1865) haya tenido una estrecha amistad con Cecil Rhodes y Leander Starr Jameson, figuras inspiradoras del contexto, Kipling estructuró If intencionadamente como una guía moral para John, que en ese momento tenía unos 12 años, buscando transmitirle las virtudes que consideraba indispensables para la vida madura.
IF
Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor todos la pierden y te echan la culpa; si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti, pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera, o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras, o siendo odiado no dar cabida al odio, y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría;
si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen; si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo; si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso, y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho, tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios, o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas;
Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta, y perder, y comenzar de nuevo por el principio y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza, excepto la voluntad que les dice ¡continúa!
Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte, si todos los hombres cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos, tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

