Cuando Gregorio Samsa despertó, su vida ya no era la misma. Había sufrido una metamorfosis y ahora, en su nueva forma coleóptera, luchaba por reconocerse y aceptarse. El relato escrito por Franz Kafka en 1915, describe de manera surrealista y con un estilo exquisitamente claro, las vicisitudes de un hombre de 29 años que se ve impedido de realizar las funciones sociales y familiares consideradas normales por haber perdido su condición humana externa.
El muy influyente pasaje kafkiano revela una brutal mutación, a todas luces inesperado, como aterrador, por ese tenebroso tejido de pensar como humano y actuar como un escarabajo; símbolo egipcio de la muerte y renacimiento. Encontrado tantas veces como amuleto en las tumbas reales del valle del Río Nilo. Tallados en sarcófagos de madera, esculpidos en piedras semipreciosas como el Jade o el Lapislázuli, manufacturados en finas piezas de orfebrería, representados en papiros, y en jeroglíficos cincelados en las piedras de los numerosos templos erigidos a través de las dinastías faraónicas.
Kehpri, antiguo dios escarabajo de la mitología egipcia, cuyo nombre significa literalmente, “el que llega a Ser por sí mismo”, representa la vida eterna en la constante de transformación. Representado con cuerpo humano y cabeza de escarabajo. Portador de un cetro en su mano derecha y una cruz Ankh en la izquierda. Era el encargado de empujar el disco solar a través de la bóveda celeste. Haciéndolo resurgir cada amanecer. Cumpliendo así el eterno ciclo de muerte y renacimiento de Ra (el Sol).
Si bien a Kehpri no se le rendía culto en un templo dedicado a él exclusivamente. A lo largo y ancho de todo Egipto, se le encuentra representado. Especialmente, en el majestuoso complejo de templos megalíticos de Karnak, donde en la entrada, junto al lago, hay un gigantesco escarabajo de piedra que recibe a los visitantes. La leyenda lo señala como custodio y símbolo de la vida eterna. Actualmente los turistas lo circundan siete veces, porque se cree que concede los deseos que se le piden.
Más allá de los templos y tumbas, la simbología de muerte y renacimiento del escarabajo sigue viva en las arenas del desierto. El denominado “escarabajo pelotero”, que se dice que nace de sí mismo, ya que no cuenta con especímenes femeninos en su especie; crea una bola de estiércol que va rodando por la arena. Cuando aquella esfera alcanza las dimensiones precisas, el pelotero la insemina, convirtiéndola en el vientre de su descendencia. Así la va arrastrando incesantemente, bajo el sol abrasador y las ardientes arenas hasta que de ella surge un día su sucesor; que continuará la estirpe de coleópteros que nos recuerda que la vida es un ciclo eterno y la muerte una transformación.
Fuentes Consultadas:
- La Metamorfosis. Franz Kafka. 1915.
- https://historia.nationalgeographic.com.es/antiguo-egipto/khepri-dios-escarabajo-antiguo-egipto-que-empujaba-disco-solar-amanecer_24687


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