No hay forma de soslayar lo que está de frente, lo que golpea con impunidad. Lo que nos hace vulnerable es precisamente aquello que, aunque conocemos, nos ata al dolor. Los dos eventos sísmicos del pasado miércoles 24 de junio de 2026, que se realizaron en Venezuela, ponen al descubierto muchas debilidades, muchas desatenciones, pero por, sobre todo, más allá de las impertinencias propia de los matices políticos, un sector de la población intentando rescatar a la otra, sin más recursos que la fe.
Los cálculos de las pérdidas siguen siendo un alarde de vagas aproximaciones, y aún más, nunca se sabrá el número de fallecidos como resultado de este doble terremoto, que, dado la inusual expresión de la naturaleza, es decir, dos inmensos y colosales despliegues de energías, uno tras otros, vale decir, con 39 segundos de diferencia, como para advertir que el ser humano no está ni más allá ni más acá de su destino.
Como suele ocurrir con los terremotos, lanzan sus poderosas estrujadas sin previo aviso. El primero (7.2), como en efecto ocurrió, fue el detonante del segundo (7.5). Sobre eso no hay forma de permitirnos un silencio. Ya sabemos que la Tierra es un ser vivo. Siente y padece. Pero, así como lo sabemos, lo ignoramos. Ciertamente hay explicaciones científicas para exponer el porqué y el cómo de estos embates, pero insistimos, la Tierra es un ser que acumula energía.
El Estado Vargas, o La Guaira -el colapso masivo de los edificios es dantesco- Caracas, especialmente en Los Palos Grandes y Altamira, así como otros estados de la región central y la costa, fueron los más afectados, por el doble terremoto, que tuvo su epicentro en el estado Yaracuy, específicamente en San Felipe y Yumare, zonas conocidas tradicionalmente, en el imaginario venezolano, como espacios de profunda fuerza mística, mitológica y de conexión con la naturaleza.
Que el epicentro haya sido allí, en las entrañas de esta región, simboliza un llamado de atención que cada quien apreciará de acuerdo con sus estados de conciencia. Lo que hemos visto hasta el momento, es la impotencia de un Estado para asistir a las víctimas, como si esa indolencia, o carencia de recursos de rescate, como si esa estructural inconsciencia formara parte de otra tragedia, se entiende, tragedia institucional.
No hay la menor duda que, así como la Tierra libera tensión a través de sus fallas tectónicas, parecería, entonces, que el ser humano a veces necesita crisis profundas para romper sus propias estructuras rígidas y transformarse. ¿Puede un episodio de semejante magnitud volvernos más consciente de lo que somos?
Sí, es un proceso doloroso el que experimenta la nación venezolana, en estos momentos, y así como en diciembre de 1999, ante el terrible deslave que dejó un incalculable numero de fallecidos, causalmente en La Guaira, y que el Mandatario Nacional de turno evitó ayuda humanitaria de Estados Unidos, en esta ocasión, se sumen todos los países que, asistidos por la misericordia, puedan enviar el respaldo técnico y profesional que tanto anhelamos.
Foto original: Telemundo

