Quizás deudas de gratitud, o circunstancias que detonan en el alma, y para ello, nada puede evitar las sincronías, que si están es para consagrarlas en nuestra memoria y olvidar. Aleksandr Pushkin (1799-1837) es el referente más importante de la poesía rusa. En el poema epistolar, “A Ovidio”, expresa una odiosa injusticia, y se vale de la imagen del poeta romano, desterrado como causalmente lo fue Pushkin -aquel por el emperador Augusto, este por el zar Alejandro I. El poeta moscovita recuerda con pesadumbre -18 siglos después- cómo Ovidio pasó sus últimos años suplicando el perdón del César. Los dos fueron exiliados en la misma zona geográfica, a orillas del Mar Negro. Nada menos que los confines salvajes de ambos imperios.
A OVIDIO
Vivo cerca, Ovidio, de los acantilados
a donde tus dioses tutelares desterrados
trajiste dejando luego tus cenizas.
Tu llanto desolado el lugar eterniza
y el eco de tu lira aquí no tiene fin;
se te recuerda aún por todo este confín.
El horrible desierto de un poeta en prisión
dejaste vivamente en mi imaginación
y también el firmamento encapotado
y la suave brisa de prados nevados.
¡Cuántas veces sumido en la Poesía
con todo el corazón, Ovidio, te seguía!
Y tu nave azotada por la marejada
veía cerca del arrecife hostil anclada
donde al poeta espera malévolo destino.
Allá hay campos sin sombra, allá no se da el vino.
Sin alma, nacidos para sembrarla guerra
los hijos de la fría Escitia por la tierra
galopan desatando el terror y con aviesa
mirada, ocultos tras el Ister, acechan la presa.
Ellos lo pueden todo: en los mares rugientes
nadan y caminan por los hielos crujientes
y tú mismo, Nasón, revés de la fortuna,
tú que desde joven creíste inoportuna
la guerra y que con rosas tu testa coronaba
y que a placeres de virtud te convocaban
estarás obligado a usar pesado casco
y junto a tu lira la espada ver con asco.
Ni hija, ni esposa, ni tanto fiel amigo,
ni las gráciles musas que cantaban contigo
alivian la tortura del bardo desterrado.
En vano por las Gracias tu verbo es coronado,
la juventud, en vano, te sabe de memoria:
ni tristeza ni tiempo ni la misma gloria,
ni tiernas canciones conmoverán a Octavio;
tu vejez se ahogará en olvido y agravio.
Incomparable hijo de la Italia dorada,
entre los bárbaros tu voz es ignorada;
los ecos de tu patria donde estás no percibes,
caído en la desgracia, sin los tuyos, escribes:
¡Oh, devuélvanme mi ciudad, mi luz paterna!
Mis jardines de quietud plácida y eterna
¡Oh, háganle llegar a Augusto mi reclamo,
con lágrimas aparten la tendenciosa mano,
más si, iracundo dios, no atiende a mi clamor
y no veré de Roma otra vez su esplendor
en algo aliviará mi pavorosa suerte
que desde mi tumba pueda, hermosa Italia, verte!”
¿Quién va a quedarse frío, inconmovible ante
tus lágrimas y abatimiento suplicante?
¿Quién no depondrá el orgullo y ebrio de ternura
leerá tus elegías, tu última escritura
donde a la posteridad dejas tu canto?
Estoico esclavo yo, soy avaro del llanto,
más lo entiendo; proscrito por mi pensamiento
libre, harto de mí, del mundo y del momento
que me toca vivir, helada el alma, visité
la tierra donde a oscuras el tiempo se te fue,
y al revivir tus sueños nuevamente aquí
tu cántico inspirado, Ovidio, repetí
sintiendo como mías tus tristes realidades;
más la mirada traiciona al sueño con verdades,
mis ojos quedaron por tu dolor cautivos
hechos a las nevadas de mis campos nativos.
Aquí alumbra siempre un sol celestial,
aquí es breve la cruel tempestad invernal,
aquí por las orillas escitas, cual hija emigrante
del sur, crece la uva en su púrpura deslumbrante.
Ya a las praderas rusas el diciembre sombrío
cubre con blancos mantos de un insondable frío;
allá es invierno, más huele a primavera
aquí donde el sol entibia la pradera;
los campos marchitos anuncian un verdor,
en ellos ya trabaja temprano el labrador;
sopla como una brisa la tarde refrescando;
sobre el lago los hielos se van transparentando
cual pálido cristal del agua en su fluir.
Recordé, Ovidio, tu cándido vivir
ese día, marcado por la inspiración,
cuando tú, confiado, perplejo de emoción,
anduviste por las olas que el frío congeló.
Hoy por esos hielos a mí me pareció
ver tu sombra y oír el eco de tu voz
llegando desde lejos con el más triste adiós.
Consuélate:¡ el laurel de Ovidio aún florece!
¡Ay, en la multitud mi corazón fenece:
yo seré para las nuevas generaciones
un poeta anónimo y mis canciones
serán, si acaso, un triste rumor pasajero!
Pero si al pasar el tiempo viniera un heredero
a este país lejano en busca de mis restos
el agua del olvido revivirá mis gestos,
y hacia él volará mi sombra agradecida
y su memoria siempre será bendecida.
Que nunca muera la leyenda secreta:
aquí vivía, como tú, otro poeta;
un aciago destino también me acosa a mí
más la Gloria toda te pertenece a ti.
Rompiendo los silencios con mi canto profundo
a orillas del Danubio anduve vagabundo
cuando los gloriosos griegos clamaban Libertad,
y ni un solo amigo escuchó mi verdad;
más campos y prados de esta lejanía
y sus tranquilas musas siempre me protegían.

