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LA NOCHE, GRATITUD Y UNIDAD

by upaninews
julio 23, 2026
in Zona Poética
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LA NOCHE, GRATITUD Y UNIDAD
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El equilibrio cósmico, la danza de los balances energéticos, lo que atrás queda es solo memoria, evocación, el tinglado de un alma que añoró refugio y lo halló. El poeta venezolano Vicente Gerbasi (1913-1992), toca a las puertas del corazón de sus ancestros, y enfáticamente a las de su druida particular. Erige una obra imperecedera; Mi padre el inmigrante, cuyo recorrido es una oda al amor y al agradecimiento. El hijo convierte al padre en un mito, y la gratitud de haber transmitido legado de esas raíces europeas. De los 30 cantos, dejamos para su lectura los primero 7 pasajes: Por ti sé que el amigo es sagrado / y que más vale un árbol con frutos / que brillantes monedas de oro. / Pero aquí estoy debatiéndome con sangre, imagen y lamento / recogido en mi gesto como habitante que sale de la noche.

Mi padre el inmigrante

Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno, y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca del Estado Carabobo.

I

Venimos de la noche y hacia la noche vamos.                    

Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,                    

donde vive el almendro, el niño y el leopardo.                   

Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,                 

con volcanes adustos, con selvas hechizadas           5       

donde moran las sombras azules del espanto.                   

Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,                  

solos en la tristeza de lejanas estrellas.                     

Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan                  

ráfagas seculares.  

Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.           

Atrás queda la angustia con espejos celestes.                     

Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:           

engendrador de vida, engendrador de muerte.                 

El tiempo que levanta y desgasta columnas,           

y murmura en las olas milenarias del mar.               

Atrás queda la luz bañando las montañas,               

los parques de los niños y los blancos altares.                    

Pero también la noche con ciudades dolientes,                  

la noche cotidiana, la que no es noche aún,           

sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas                     

o pasa por las almas con golpes de agonía.             

La noche que desciende de nuevo hacia la luz,                  

despertando las flores en valles taciturnos,             

refrescando el regazo del agua en las montañas,   

lanzando los caballos hacia azules riberas,               

mientras la eternidad, entre luces de oro,               

avanza silenciosa por prados siderales.

II

Venimos de la noche y hacia la noche vamos.                    

Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre,           

el sudor de la frente, la mano sobre el hombro,                

el llanto en la memoria,             

todo queda cerrado por anillos de sombra.            

Con címbalos antiguos el tiempo nos levanta.                    

Con címbalos, con vino, con ramos de laureles.                 

Mas en el alma caen acordes penumbrosos.                       

La pesadumbre cava con pezuñas de lobo.              

Escuchad hacia adentro los ecos infinitos,   

los cornos del enigma en vuestras lejanías.             

En el hierro oxidado hay brillos en que el alma                  

desesperada cae,              

y piedras que han pasado por la mano del hombre,                     

y arenas solitarias,           

y lamentos del agua en cauces penumbrosos.                    

¡Reclamad, gritando hacia el abismo,            

el mirar interior que hacia la muerte avanza!                     

En nuestras horas yacen reflejos de heliotropos,               

manos apasionadas, relámpagos del sueño.

¡Venid a los desiertos y escuchad vuestra voz!                   

¡Venid a los desiertos y gritad a los cielos!               

El corazón es una secreta soledad.                 

Sólo el amor descansa entre dos manos,                  

y baja en la simiente con un rumor oscuro, 

como torrente negro, como aerolito azul,                

con temblor de luciérnagas volando en un espejo,           

o con gritos de bestias que se rompen las venas                

en las calientes noches de insomnes soledades.                

Mas la simiente trae a la visible e invisible muerte.                      

¡Llamad, llamad, llamad vuestro rostro perdido a orillas de la gran sombra!            

III

Relámpago extasiado entre dos noches,                   

pez que nada entre nubes vespertinas,                     

palpitación del brillo, memoria aprisionada,           

tembloroso nenúfar sobre la oscura nada,              

sueño frente a la sombra: eso somos.           

Por el agua estancada va taciturno el día,                

doblegando los juncos hacia barcas de olvido.                   

El alma silenciosa en las violetas tiembla.                

¿No somos un secreto guardado por las horas?                 

Mirad cómo en el césped de la tarde            

la mirada es un brillo de azahares,                 

cómo se esconde el ser              

en el suspiro leve de las frondas.                    

Algo se cierra siempre en torno a nuestra frente.              

El frío de las piedras corre por nuestra sangre.                   

Un susurrar de nardo desciende por los valles.                  

Y siempre el hombre solo, bajo el sol y los truenos,                     

perseguido por voces y látigos y dientes.                 

El hombre siempre solo, con su mirada, suya,                    

con sus recuerdos, suyos, y con sus manos, suyas.           

El hombre interrogando a sus calladas sombras.               

Escucha: yo te llamo desde mis soledades,              

desde mis suspirantes comarcas de palmeras,                   

abiertas a los signos luminosos del cielo.                 

El viento se te enreda con nieblas siderales,           

y te detiene al pie de negros abedules.                     

Venados de la luna van corriendo                  

por la antigua memoria,            

y en tu silencio caen llamas del corazón.                  

IV

Lo que siento en mi sangre como un reloj de arena,                    

cerca de algún retrato, del hilo y del salero;            

lo que escucho en mi sangre como un rumor del día,                  

cuando una mariposa de la noche                  

viene a besar la sombra de nuestro corazón;          

lo que escucho en mi sangre como acordes de luto,                    

cuando todo se apaga y todo es un ayer,                  

con rostros, con cenizas y manos en la sombra;                 

lo que escucho en mi sangre como grano que cae            

en la penumbra de los aposentos,                 

donde el espejo de hundida confidencia                  

destruye vanamente las máscaras del hombre:                  

lo que escucho en mi sangre como flautas del sol,            

cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia             

como en una lejana colina de vendimias;                 

cuando el pensamiento transforma mis secretos en abismos de yedras

y reclino mi frente sobre el vino nocturno;              

cuando siento mis pasos en la tierra,            

y cuando digo: tierra,                  

y sé que estoy aquí iluminándome,                

amándola y oyendo su mandato, que es el existir,            

es lo que desciende en secreto hacia mi muerte:              

rumor que me sostiene y me dibuja              

en mi retrato antiguo,                

con un halcón sobre el hombro,          

en la penumbra de tus olivares:                       

marco de la conciencia,              

enigma de viejos muros,            

caída de la luz en la tristeza,                 

heno en la tarde, nubes de soledad,             

higueras de la noche en forma de esqueletos,                    

mirada hacia la sombra del jaguar.                 

No somos habitantes de la luz.            

Hay lenguas de tiniebla y signos ardorosos              

danzando en torno nuestro.                 

Se nos cae la mirada en anillos de luto,                     

en juncales de miedo, en estrellas de plata.            

La frente va perdida, como ráfaga fría           

por la humedad nocturna de los espantapájaros.              

¿Cuándo sale de ti mi oscuro andar?             

Atrás quedan abismos en que mis ojos caen.                      

El hombre es de la noche que lo sigue,                     

sueño que el sol defiende,                    

paréntesis de incierta maravilla,                     

imagen que derriba la tiniebla.           

Aún mi madre contempla tu retrato               

y en su cabello blanco se hace un lejano resplandor.                   

Aquí en la tierra estoy, aquí en la tierra,                   

y en tu muerte, disperso en mis sentidos.                

Y persisten los ojos, las brasas del peligro, y el hábito de andar por los sonidos,

por la humedad, la risa, las tinieblas, donde las lumbres danzan                     

como reminiscencias de muertos familiares.                       

Y todo avanza en mí y todo cae, y todo es un rumor,                   

un acercarse y afinar, y un sufrir por lo amado,                  

y un llevarlo todo al sueño        

y hacer de la tierra un sueño.               

Y es lo que viene ardiendo, sonando como un trueno                 

sobre un niño, desde tu vida dura, desde tu muerte sola,                      

tu muerte semejante a una llanura,              

donde curva la noche su lentitud de estrellas,                    

con un rumor de cascos, de piedras, de esqueletos,                     

con guitarras caídas junto al corazón,            

con una copla del diablo,           

con el azufre del Tirano Aguirre                      

danzando en las colinas,            

y lejanos relámpagos antiguos             

en un denso horizonte con sombras de diluvio,                 

y el viento que resuena sobre el sordo tambor de la tierra caliente,               

del agua del caimán y el venenoso diente.               

Padre mío, padre de mi huracán. Y de mi poesía.              

V

A veces caigo en mí, como viniendo de ti,                

y me recojo en una tristeza inmóvil;              

como una bandera que ha olvidado el viento.                    

Por mis sentidos pasan ángeles del crepúsculo                  

y lentos me aprisionan los círculos nocturnos.        5       

Venimos de la noche y hacia la noche vamos.                    

Escucha. Yo te llamo desde un reloj de piedra,                   

donde caen las sombras, donde el silencio cae.                 

VI

El velero lustroso de la muerte            

pasea tu silencio por mis mares sombríos,              

entre brillos de un agua negra en ondas,                 

donde cantan marinos de otro tiempo,                    

ahogados en la noche, rendidos a las algas  

que transportan las sombras.               

Y siempre vienes a mí desde el olvido,                      

aventurero terrestre de barbas seculares.                

Tus zapatos aún suenan sobre los ladrillos               

y sobre las arenas de bahías desiertas,          

con baúles desenterrados y monedas,                      

y con rocas lejanas donde los astros caen,               

donde avanzan temblando las auroras,                     

en medio de las sombras de los fríos,            

y de pinos del mar, y signos y colores espectrales,             

y las sombras de madres de barqueros,                    

llamando entre sus paños y sus cabellos,                 

y sus voces confundidas,           

y sus lágrimas perdiéndose en la arena,                   

y gaviotas en fila, volando hacia otro mundo,                     

hacia distancias cárdenas y negras,                

hacia un día del misterio,                      

donde grita el hombre a su muerte.              

Te sigue un perro grande,          

el perro fiel y lento de nuestra lejanía.                      

En tu penumbra brillan barcas abandonadas.                     

Con las ráfagas gimen tus hondas soledades                       

y entre las algas tiembla el grave amanecer.            

Te alejas en tu viaje como llovizna leve,                    

como el rumor del finar en los caracoles.                 

En mi soledad guardo tus hondas soledades.                      

De ti vienen los días                     

sonando en las guitarras del olvido.               

Por ti yo soy el hombre, el portador del fuego.                  

Por ti mi mano levanta el espejo que refleja la montaña.           

Hacia mí venían tus huellas, tu fábula y tu clima,               

y aún te veo llegar desde la muerte,              

padre del remo, padre del pesado saco,                   

padre de la cólera y el canto     

VII

Tu aldea en la colina redonda bajo el aire del trigo,                      

frente al mar con pescadores en la aurora,              

levantaba torres y olivos plateados.               

Bajaban por el césped los almendros de la primavera,                

el labrador como un profeta joven,    

y la pequeña pastora con su rostro en medio de un pañuelo.               

Y subía la mujer del mar con una fresca cesta de sardinas.                    

Era una pobreza alegre bajo el azul eterno,             

con los pequeños vendedores de cerezas en las plazoletas,                   

con las doncellas en torno a las fuentes        

movidas rumorosamente por la brisa de los castaños,                

en la penumbra con chispas del herrero,                  

entre las canciones del carpintero,                 

entre los fuertes zapatos claveteados,                      

y en las callejuelas de gastadas piedras,                    

donde deambulan sombras del purgatorio.            

Tu aldea iba sola bajo la luz del día,               

con nogales antiguos de sombra taciturna,             

a orillas del cerezo, del olmo y de la higuera.                      

En sus muros de piedra las horas detenían  

sus secretos reflejos vespertinos,                   

y al alma se acercaban las flautas del poniente.                 

Entre el sol y sus techos volaban las palomas.                    

Entre el ser y el otoño pasaba la tristeza.                 

Tu aldea estaba sola como en la luz de un cuento,            

con puentes, con gitanos y hogueras en las noches                      

de silenciosa nieve.                      

Desde el azul sereno llamaban las estrellas,             

y al fuego familiar, rodeado de leyendas,                  

venían las navidades, con pan y miel y vino,           

con fuertes montañeses, cabreros, leñadores.                   

Tu aldea se acercaba a los coros del cielo,                

y sus campanas iban hacia las soledades,                 

donde gimen los pinos en el viento del hielo,         

y el tren silbaba en lontananza, hacia los túneles,             

hacia las llanuras con búfalos,              

hacia las ciudades olorosas a frutas, hacia los puertos,               

mientras el mar daba sus brillos lunares,                  

irás allá de las mandolinas,        

donde comienzan a perderse las aves migratorias.           

Y el mundo palpitaba en tu corazón.             

Tú venías de una colina de la Biblia,               

desde las ovejas, desde las vendimias,                      

padre mío, padre del trigo, padre de la pobreza. Y de mi poesía.

Poema completo:
https://shorturl.at/LcUXl

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