Damos por sentado en las dinámicas de intercambio con las personas, que lo común es una formalidad fria y distante en vez de una cercanía genuina y deliberada que nos conecte más allá de los roles que representamos.
Olvidamos, o tal vez no consideramos, el lugar del otro, sus circunstancias, casi que ni lo vemos. Como cambia un instante cuando pasamos por ejemplo de un saludo matutino condicionado por la cordialidad aparente, a un momento en que miramos a los ojos y sonreímos, indagando con genuino interés por el otro y su sentir.
Permitirnos esa cercanía transitoria o permanecer un poco más si es posible, nos haría tanto bien que ni imaginamos lo revelador que puede ser para el momento del alma el detenerse o ralentizar, para conectar, para ver al otro, para verse en el otro.
¿Cuántos logramos darnos cuenta para reconducir nuestros contactos humanos? ¿Que tanto nos permitimos sentir al ver y acercarnos sin temor al rechazo?
Pareciera que Paul Auster hubiese considerado algo relevante para esta reflexión. En su libro “La Invención de la Soledad”, referido como una especie de autobiografia, ensayo y memoria familiar, tras la muerte de su padre, dándose una especie de respuesta al por qué de sus formas y actitudes, concluye que «Cuando a un hombre la vida le resulta tolerable sólo si permanece en la superficie de sí mismo, es natural que se sienta satisfecho obteniendo esa misma superficie de los demás».
Este lugar deliberado al parecer, expone lo que puede ser el modelo mental de muchas personas que parecieran soportar la existencia solo si hay distancia y superficialidad en los intercambios, porque un poco más de profundidad y cercania los desbordaría, o peor, los devastaría.
Se torna revelador este espectro cuando nos conduce a memorias con personas para quienes no es claro desde donde y como actúan, mostrándonos una perspectiva del vacío, miedo, negación o inhibición que tantos podemos contener, acomodándonos para sobrellevar la existencia y las relaciones sin verdaderas conexiones.
Desde el respeto por el proceso de vida de cada uno, lo cierto es que el ego necesita incomodarse, abrirse, exponerse, confrontarse y el alma dará señales que debemos poder reconocer y atender con valentía.
Que el arrojo del alma hacia la vida contenida en los otros, nos alcance y sepamos atenderlo con apertura y compasión, creando momentos de encuentro, reconocimiento y humanidad que nos devuelvan luz y Verdad, propios.
Que la profundidad sea intención para que la vida nos toque en escencia y presencia.

