“He visto millones de seres embelesados en el éxtasis sublime mientras que la melodía del reino se difunde por la energía espiritual de los circuitos celestiales.”
Un Arcángel de Nebadón (Libro de Urantia)
Por Santiago Vila | SKY Colombia
Mientras digito este teclado, los sonidos del Concierto para Clavecín en F menor de Bach, le imprimen a la mañana incipiente un aire de solemnidad, ternura y compasión. Se recrean en mi mente las imágenes de un palacio europeo, que siento como mi propia casa, en donde las paredes frías contrastan con bellos jardines mojados que respiran el aire mejorado por los sonidos puros. El sentimiento es compasivo, lacrimoso, pero firme y centrado, que se percibe como algo que desde el pecho se proyecta hacia lo elevado que podemos ser. Cada nota, concebida desde una exactitud sin reservas, disimulo o impostación, me remite a un orden perfecto de armonía e interlocución posible, ahora gestándose en mi mente. El segundo movimiento, largo, con pasos pausados, constantes, claros, marcan una ruta inevitable hacia el centro de mi corazón. Un tenue recuerdo se despierta en las memorias que esta mina guarda, en forma de sentimiento: las telas de una cama, los vestidos, los olores y la vida de familia, entre arte y valores espirituales. Bach fue un prodigioso genio de la música y también un padre excepcional. Gran parte de su obra más conocida fue escrita como recurso pedagógico para enseñarle a sus hijos y a sus alumnos los rudimentos técnicos y estilísticos de diversos instrumentos, entre los cuales el clavecín, bien temperado (haciendo referencia al logro de la afinación tonal como se conoce hoy en día), figuraba como el gran precursor.
Han pasado siglos y la música persiste en su capacidad de regresar a esos lugares de donde proviene. Es cierto que los velos dimensionales opacan nuestra capacidad para percibir las hermosas melodías de los reinos espirituales más elevados, pero la escucha del corazón parece dibujar caminos de Luz hacia los reinos puros de la armonía y el sonido. Así lo expresó el Arcángel de Nebadón, haciendo referencia a la Música Celestial, expresada en la manipulación del sonido, el color y la energía por parte los músicos celestiales: “Los mecanismos de los sentidos de los cuerpos materiales no reconocen las otras cinco formas de melodía moroncial. La armonía, la música de los siete niveles de asociación melódica, es el único código universal de comunicación espiritual… La mayoría de los mortales de Urantia reacciona a la música tan largamente con los músculos materiales y tan ligeramente con la mente y con el espíritu.”

¿Cómo forzar sanamente nuestros mecanismos inmateriales para abrirnos a las cualidades celestiales de la música y el sonido? Podría sugerir 3 instancias a considerar:
1. Escoger de forma consciente, la música que se va escuchar. La música en sí misma contiene la impregnación de consciencia de quien la creó. Es sabido que grandes maestros del arte musical, fueron seres con elevada capacidad espiritual, quienes en muchas ocasiones experimentaron raptos transpersonales que decantaron en partituras de composiciones enteras, decodificando importantes revelaciones para el ser humano.
2. El intérprete de la música, así mismo, debería estar sintonizado con las frecuencias originales con las que se concibió la obra. El músico intérprete, así como el director de orquesta, si es el caso, son los traductores, lo medios a través de los cuales se va expresar lo que está codificado en signos escritos en el papel. Hay interpretaciones llenas de inspiración y conexión, mientras que otras son frías, mecánicas y calculadas.
3. La disposición para recibir la música debe ser abierta, sensible y centrada. Los músculos relajados y el corazón abierto. Para la extraordinaria musicoterapeuta Helen Bonny se deben lograr la relajación y la concentración para propiciar una experiencia profunda con la música: buscar una posición cómoda, en donde el cuerpo pueda entregar totalmente el peso y realizar respiraciones profundas, hasta que el ritmo se estabilice naturalmente. Las técnicas de pranayama podrían funcionar para este propósito, llevando la mente hacia la percepción de la respiración y hacia la actividad mental, con mayor capacidad de observación y atención.
Durante la escucha de música, mantener una actitud abierta, perceptiva, dejando a un lado todo análisis, raciocinio o juicio sobre la experiencia. Si surgen imágenes, permitirse explorarlas, manteniendo la concentración. Si surgen emociones, permitirse sentirlas plenamente. Si hay sensaciones físicas, observarlas y fluir con su manifestación. En todo momento, resulta muy útil imaginar que es la música lo que se respira, para de esta manera mantener una conexión constante con nuestra más sutil esencia, y la vibración sonora que transporta un código a develar.
Sugerencias para la escucha:
- Bach, J.S. “Harpsichord Concerto in F minor, BWV 1056: II. Largo”. Harald Hoeren, Kolner Kammerorchester, Helmut Muller-Bruhl.
- Beethoven, L.W. “Symphoni No. 6 in F Major, Op. 68 “Pastoral”: II. Andante molto mosso”. Herbert von Karajan, Philharmonia Orchestra
- Wagner, R. “Lohengrin: Prelude to Act I”. Lórcheste de la Suisse Romande, Ernest Ansermet.

