Por Autores Universales | Escuela Valores Divinos
En esta edición un acto de respiración suave en la maravilla de las letras cuya lira es la Conciencia Divina. Un profundo misticismo poético desarrollado por Rabindranath Tagore, el poeta y filósofo bengalí, Premio Nobel de Literatura en 1913. Publicamos un trozo del extenso poema Ofrenda lírica, el cual marca, indiscutiblemente, la relación de Dios con el ser humano a partir de las angustias y el dolor de la autobservación, recrea la sensibilidad propia del proceso de transfiguración y, revela el amor que florece en el corazón del Ser cuando se re-conoce.
Rabindranath Tagore
Mi oración, Dios mío, es ésta: hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero mis alegrías y mis pesares.
Dame fuerza para que mi amor dé frutos sutiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre ni doblar mi rodilla al poder del insolente.
Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la pequeñez cotidiana.
Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza, enamorado, a tu voluntad.
Desesperado, la busco por todos los rincones de mi cuarto, pero no la encuentro.
Mi casa es pequeña, y lo que una vez se ha ido de ella, no vuelve a encontrarse.
Pero tu casa, Señor, es infinita. Y buscándola he llegado a tu puerta.
Mírame bajo el dosel dorado del cielo de tu anochecer, mírame cómo levanto mis ojos ansiosos
a tu cara.
He venido a la playa de la eternidad donde nada se pierde, ninguna esperanza, ninguna
felicidad, ninguna visión de rostros vistos a través de las lágrimas.
¡Ahoga mi vida vacía en ese mar! ¡Húndela en la más profunda plenitud! ¡Haz que sienta, una
vez sola, la dulce caricia perdida en la totalidad del universo!
Permite, Dios mío, que mis sentidos se dilaten sin fin en una salutación a Ti, y toquen este
mundo a tus pies.
Como una nube baja de julio, cargada de chubascos, permite que mi entendimiento se postre a
tu puerta, en una salutación a Ti.
Que todas mis canciones unan su acento diverso en una sola corriente, y se derramen en el mar
del silencio, en una salutación a Ti.
Como una bandada de cigüeñas que vuelan, día y noche, nostálgicas de sus nidos de la
montaña, permite, Dios mío que toda mi vida emprenda su vuelo a su hogar eterno, en una
salutación a Ti.
Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves
a llenar con nueva vida. Tú has llevado por valles y colinas esta flautilla de caña, y has silbado en
ella melodías eternamente nuevas. Al contacto inmortal de tus manos, mi corazoncillo se dilata
sin fin en la alegría, y da vida a la expresión inefable. Tu dádiva infinita solo puedo tomarla con
estas pobres manitas mías. Y pasan los siglos, y tú sigues derramando, y siempre hay en ellas
sitio que llenar.
¿Cómo cantas Tú, Señor? ¡Siempre te escucho mudo de asombro!
La luz de tu música ilumina el mundo, su aliento va de cielo a cielo, su raudal santo vence todos
los pedregales y sigue, en un torbellino, adelante.
Mi corazón anhela ser uno con tu canto, pero en vano busca su voz.
Quiero hablar, pero mi palabra no se abre en melodía; y grito vencido.
¡Ay, cómo me tomas el corazón en el enredo infinito de tu música, Señor!
Quiero tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi vida, que has dejado tu huella viva sobre mí.
Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía, pues tú eres la verdad que ha encendido la
luz de la razón en mi frente.
Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener siempre mi amor en flor, pues que tú estás
sentado en el sagrario más íntimo de mi alma.
Y será mi afán revelarte a mis acciones, pues que sé que tú eres la raíz que fortalece mi trabajo.
Sólo espero al amor para entregarme, al fin, en sus manos. Por eso es tan tarde, por eso soy
culpable de tantas distracciones.
Vienen todos, con leyes y mandatos, a atarme a la fuerza; pero yo me escapo siempre, porque
sólo espero al amor para entregarme, al fin, en sus manos.
Me culpan, me llaman atolondrado. Sin duda tienen razón. Terminó el día de feria, y todos los
tratos están ya hechos.
Y los que vinieron en vano a llamarme, se han vuelto, coléricos. Sólo espero al amor para
entregarme, al fin, en sus manos.
Firmes son mis ataduras; pero mi corazón me duele si trato de romperlas.
No deseo más que libertad; pero me da vergüenza su esperanza.
Sé bien qué tesoro inapreciable es el tuyo, que tú eres mi mejor amigo; pero no tengo corazón
para barrer el oropel que llena mi casa.
De polvo y muerte es el sudario que me cubre. ¡Qué odio le tengo!
Y, sin embargo, lo abrazo enamorado.
Mis deudas son grandes, infinitos mis fracasos, secreta mi vergüenza y dura.
Pero cuando vengo a pedir mi bien, tiemblo temeroso, no vaya a ser oída mi oración.
Estoy llorando, encerrado en la mazmorra de mi nombre.
Día tras día, levanto, sin descanso, este muro a mi alrededor; y a medida que sube al cielo, se
me esconde mi ser verdadero en la sombra oscura.
Este hermoso muro es mi orgullo, y lo enluzco con cal y arena, no vaya a quedar el más leve
resquicio. Y con tanto y tanto cuidado, pierdo de vista mi verdadero ser.
¡Luz! ¿Dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor brillante del deseo!
Aquí está la lámpara, pero ¿y el aleteo de la llama? ¿Es este tu destino, corazón?
¡Ay, cuánto mejor fuera la muerte!.
La miseria llama a tu puerta, y te dice que tu señor está desvelado; que te llama en cita de
amor, entre la sombra de la noche.
Los nubarrones cubren el cielo, la lluvia no para. ¡No sé qué es esto que se mueve en mí, no sé
qué quiere decir esto que siento!. El resplandor momentáneo del relámpago me arrolla una
sombra más profunda sobre los ojos.
Mi corazón busca a ciegas por el camino que va a donde la música de la noche me está llamando.
¡Luz! ¡Ay!, ¿dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor brillante del deseo!
¿Truena, y el viento se abalanza clamoroso, y la noche está negra como la pizarra?
¡No dejes que pasen las horas en la sombra! ¡Enciende la lámpara del amor de tu vida!
Cuando esté duro mi corazón y reseco, baja a mí como un chubasco de misericordia.
Cuando la gracia de la vida se me haya perdido, ven a mí con un estallido de canciones.
Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en todo, cerrándome el más allá, ven a mí,
Señor del silencio, con tu paz y tu sosiego.
Cuando mi pordiosero corazón esté acurrucado cobardemente en un rincón, rompe tú mi
puerta, Rey mío, y entra en mí con la ceremonia de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi entendimiento, con polvo y engaño, ¡Vigilante santo, ven con tu
trueno y tu resplandor!
Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro
apareció a lo lejos como un sueño magnífico.
Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes. Mis esperanzas volaron hasta
el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado.
Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida
me había llegado al fin.
Y de pronto, tú me tendiste tu diestra diciéndome: « ¿Puedes darme alguna cosa?».
¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo!
Yo estaba confuso y no sabía qué hacer.
Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito
de oro en la miseria.
Descendiste del trono y te acercaste a la choza en que estaba yo cantando en mi oscuro rincón,
quedo y a solas y mi cántico prendiose en tus oídos.
Tienen óptimos músicos tus salas y escuchas de continuo sus canciones,
empero mi sencilla melodía ha logrado un lugar en tu atención.
Mi ingenuo y pobre canto era perdido en medio del estruendo del gran mundo
pero Tú descendiste aquí a premiarlo con la flor que acercaste a mi cabaña.
Pasé sin darme cuenta el umbral a esta vida
¿qué poder hizo abrirme a este inmenso misterio
cual si abriese un capullo en plena medianoche?
Al contemplar la luz al comienzo del día vi que no era un extraño arrojado a este mundo
pues mi madre —en la Tierra apariencia del Ser anónimo y sin forma— me sostuvo en sus
brazos.
De igual modo a esa hora de la muerte que llegue hallaré familiar al Ser desconocido;
sé que amaré la muerte como he amado la vida: llora el niño si un pecho la madre le retira
más al pronto se calla si el otro dan seguido.
Te ofreceré en trofeo copas de mi fracaso:
nunca estuvo a mi alcance terminar vencedor;
sé también que mi orgullo se estrellará algún día
ya libre de cadenas, cansado de sufrir.
Mi corazón vacío sollozará una música
como una caña hueca que hará a piedras llorar;
sé muy bien que en el loto no quedarán cerradas
las hojas para siempre escondiendo su miel.
Desde el azul del cielo me mirarán tus ojos
y vendrá tu llamado en silencio hasta mí;
nada habrá por hacerse, ni una cosa siquiera,
sino abrazar la muerte postrado ante tus pies.


