Por Mataji Shaktiananda
No se entienda el título como juicio, burla e irrespeto, para nada. Contaba con todo lo requerido en los predios del show business, ese habitáculo humano armado para el desafuero consciente del ego: belleza, talento y ambición. Walter Mercado Salinas vio luz en Ponce, Puerto Rico, para revelarse a sí mismo en naturaleza andrógina. Alcanzado por el rayo de Zeus, le correspondió surgir en este mundo lejos del Olimpo. Desarrolló una extraordinaria trayectoria teatral, televisiva y final e irremediablemente mediática. Principiada en origen, en épocas todavía escasas de recursos despampanantes, así como ajenas a oscuros manejos lucrativos.
Su esencial naturaleza histriónica lo convirtió temprano en un Adonis redivivo, quizá en tránsito por influjos de Tiresias y Narciso. Encarnó bajo su designio kármico, potencialmente trazado para que fueran sus decisiones las que lo determinaran. El azar, una ley no conocida, le jugó la primera pasada en la que cayó redondo e ingenuo. Sin visionar sus propias casas planetarias, revisarlas con cuido por si algún desván oscuro, fue por donde apareció quien le activaría su desgracia. Un ser ambidiestro en mente y manejos que le cambió el tul y el satén por canutillos y lentejuelas, produciendo el encandile. Cayéndole así las capas que jamás lo protegerían de las fauces rapaces del espectáculo, instancia creada como telón efectista de las artes puras.
Tras un dibujo a medida se le trazaron escenografías de oropel dejando atrás la nobleza de su esencia virginalmente histriónica. De esa carambola surgió lo predesdestinado como un futurible, como todos, probable o no. Todo es cuestión de elección y fue así que negoció su talento por la magia disfrazada de adivinanza y predicciones astrológicas -millones de años luz- de los astros mediadores de aspectaciones y rutas kármicas. Rutas trazadas por la esencia de los hombres que, del devenir de su futuro, atinan presente y borran residuos pasados.

Rompió en pos, vaya usted a saber razón íntima, la linealidad tiempo-espacio de su don esencial, sin saber sortear el agujero negro que rondan los enigmas existenciales. Apareció en el cielo estelar con rumbo al estrellato de la codicia mediática, ese umbral se abrió de par en par. Ni siquiera el episodio curioso en el que revive un pajarito (referido en su biopic) logra el efecto mesiánico de endiosar al dios de los dioses del Olimpo. Solo alcanzó a erigir fondo ¿made in? de la panacea inescrupulosa de ese monstruo llamado “americandream”.
Walter estalló como un meteoro de larga trayectoria en medio de aquel firmamento, provocando la mirada crédula de la masa ante el curso gravitacional y rasante con contacto cercano y si no a través de las líneas 900 de acceso directo al mensaje descodificado en cifras. El summum de la Nueva Era, la fiel exposición de un designio vaticinado, profetizado y cumplido: exaltación y adoración de seres que encarnarían, para el desvío y la distorsión de nociones puras. El efecto: desorientación, tergiversación y degradación en el inconsciente colectivo de verdades sustancial. Otro velo para inconsciente, una capa montada de disolución y más olvido.
Walter Mercado perdió hasta su nombre en las disputas legales, entonces apeló al nombramiento (en muy pocos detalles confesados y ninguno en esta nueva biografía, documental de Osho mediante), recibido del cuestionado maestro y se rebautizó a espiritual conveniencia como Shanti Ananda. Nomenclatura oriental que se enranciaría como otro personaje new age para suplantarse a sí mismo, en rol emergente, suplente al bate tras lesión legal y la discordia.
En el transcurrir de este documental lo vemos envuelto en las capas densas e incómodas que se autoimpuso y quedaron para museo. Nunca llegó a rodar por el cielo velado que es la tierra. Se alzó más bien en carroza, así se ve en rutilante y kitsch aparición.
Walter, como es ley, más en tiempos de aceleración kármica, vio su descenso en carne viva, en su materia sometida a refrescamientos, así como en su alma estrujada por su propia tragedia griega. Hermoso como nadie, porque la aceptación del error y del dolor autoinfligido, conmueve. Expresó hasta su último respiro la encomienda tras su no creíble tristeza: mucho, mucho, pero mucho amor. Era ahí desde donde estuviera y ante quien sea ese rayo de energía que traspasaba pantallerismo y oportunismo. Ese fue, es y será siempre su amor.
Me quedo con el Walter primigenio, también con Shanti Ananda (paz, gozo) que no conocí, al que no le dio el suficiente oxígeno en su vida. Con su principio puro trastocado y con su alma allende a este mundo.
P.D: A pesar que me inspiro en el reciente documental de Nelflix, nadie me ha contado nada. Conocí a Walter Mercado en Miami, durante una rueda de prensa en el año 1997. Solo sostuve el encuentro por breves instantes, suficiente para calibrar tal esencia en el papel equivocado. Me resultó insostenible. Salí corriendo del salón y nunca más quise saber de él, hasta hoy, hasta siempre, más bien, en el nunca de los jamases.


Hermoso Ma, conmovedor y profundo. Gracias siempre!
Que hermosa redacción, leerla es un placer inmenso; cuidada en detalles y tan llena de verdad. Transmite mucha emocion la narrativa de esa historia tan real y triste del personaje.
Gracias por permitirnos disfrutar de su gracia literaria.
Madre, disfruto de estas líneas que no ocultan talento y compasión.
Merci.
Sat Nam.
Madre, que bella descripción que nos permite cambiar el observador y verlo con profunda compasión y entendimiento.
¡gracias!