Por Sw Vimalananda | Sky Venezuela
Como parte de este campo dual en el que existimos, las guerras han sido parte fundamental en la experimentación humana. Según el autor A. Cagliani, antropólogo e historiador de la Universidad de Buenos Aires, “en los últimos 5.000 años de historia, la humanidad solo estuvo 900 años en paz”, y cabe colocar la frase “en paz” entre comillas, porque más que estar en paz, ha sido realmente un tiempo de preparación para el siguiente conflicto.
En este sentido, podríamos decir que hoy en día las guerras han cambiado de forma, e incluso de fondo. El ocultamiento de la información se ha sofisticado con el avanzado paso de la evolución científica y tecnológica.
En vano se han firmado miles de tratados de paz en los últimos 35 siglos, con millones de muertos como estela en la memoria, sin contar los sobrevivientes con profundas secuelas en sus sistemas en general.
Todo esto lo hemos tomado como algo natural, trivializando los hechos sin atender las consecuencias que tan fácilmente nos van llevando a una deshumanización. Y, al parecer, no se trata de trascender lo humano e ir más allá, sino de ser deshumanizados o sustituidos por una inteligencia fría y aún más borrega, autómata, no pensante y sin reflexión desde el sentir.
Pero, al parecer, ya las guerras no se declaran, están ocultas, con los antiguos principios bélicos más que torcidos y ya no rememorando la épica más gloriosa donde se narran acontecimientos legendarios que exaltan la figura del héroe o el triunfo del bien sobre el mal. Hay tanta confusión que ya no se sabe quién es bueno o quién es malo, si es que realmente se puede tomar esa clasificación como exacta.

El fondo de estas nuevas formas de guerra es evidente, si concatenamos hechos. Y en este caso hablaremos de uno que acaba de dejarnos perplejos, porque la capacidad de asombro parece inacabable.
Este suceso no es más que la enorme explosión en Beirut, la ciudad capital y el puerto marítimo principal de la República Libanesa, un país del Oriente Próximo que atraviesa por la crisis económica y social más fuerte de su historia. Y como guinda del pastel, esta explosión, que puede que haya llegado en su peor momento, pero ¿cuándo es un buen momento para este tipo de tragedias? ¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Es parte de la desidia de un gobierno que decidió mantener almacenados de forma peligrosa 2.750 toneladas de nitrato de amonio o está relacionado con intereses más ocultos?
Y dentro de estas guerras no declaradas, y recordando que este país no ha salido del conflicto, como muchos de la zona, El Líbano e Israel están técnicamente en guerra. Y vuelve la pregunta, ¿cuándo se ha estado en paz? Técnicamente, nunca. Siempre se ha estado en guerra, si no interna, externa. Incluso es evidente que El Líbano no se recupera aún de su larga guerra civil, aquella que duró desde 1975 hasta 1990.
Habría que observar que se trata de una zona de conflictos milenarios, que envuelven política, dominio territorial y otras variantes de poder que sería extenso esbozar. Quizás la más llamativa de las variantes es la que llamamos religión. Ya, el ex-ministro de Defensa, Moshé Yaalon, declaró en una entrevista ofrecida al portal saudita de noticias Elaph, que el grupo terrorista libanés chií Hezbollah es el responsable de tal evento.
Entonces, sigue todo muy confuso, ¿o muy claro? ¿Quién gobierna verdaderamente en El Líbano? Al parecer, quienes tienen el control a través del miedo.
Marx ha dicho “la guerra es el motor de la historia”, en una máxima que encabeza el Manifiesto Comunista, como tesis fundamental del marxismo-comunismo. ¿Reivindicación de clases o eterno conflicto?
Definitivamente hay un torcido engaño, hay un ocultamiento de la verdad necesaria, hay una tergiversación de la verdadera lucha, esa que reivindica al humano, y que nunca lo deshumaniza. Queda seguir reflexionando, tomando con pinzas lo expresado en los medios de comunicación (desde cualquier plataforma). Queda discernir entre lo real o irreal, hasta alcanzar lo que nos proyecta como humanidad, lo que puede llevarnos al verdadero estado de paz, hasta alcanzar, sin territorialidad, un real Estado llamado Paz.

