Buscamos la sencillez y, sin darnos cuenta, nos complicamos más con casi todo lo que hacemos: otra meta, otra explicación, otra versión de nosotros mismos para cada ocasión. Sumamos una capa tras otra. Alcanzar la sencillez exige carácter, porque lo difícil no es sumar, es quitar. La sencillez no es lo que queda cuando ya no hay nada, sino lo que aparece cuando se deja solo lo necesario.
El escritor francés Antoine de Saint-Exupéry decía que una obra alcanza su perfección no cuando ya no hay nada que añadir, sino cuando ya no queda nada que quitar.
Sencillez viene de sencillo, y este del latín vulgar singellus, diminutivo de singulus: “uno solo”, “uno cada vez”. El sufijo -ez indica cualidad, así que la palabra completa sería algo así como: “la cualidad de ser uno”. Su prima cercana, simple, viene de simplex: una sola capa, sin pliegues. Las dos comparten una raíz indoeuropea, sem-, que significa precisamente “uno”.
Vivimos en una época que premia lo contrario: más contenido, más versiones, más pestañas abiertas. Se confunde lo complejo con lo profundo y lo ocupado con lo importante. Pero la complejidad casi siempre es un síntoma: miedo a quedarse corto, ganas de cubrir todas las posibilidades para no elegir ninguna.
La sencillez no tiene que ver con la pobreza, ni con la estética de moda de las casas minimalistas y los armarios cápsula. Se puede vivir rodeado de pocas cosas y tener la cabeza llena de ruido. Se puede vivir con mucho y ser transparente. La sencillez no se mide por lo que hay alrededor, sino por lo que no hay adentro: dobleces, capas, ocultamiento.
Doblez es su opuesto exacto en nuestra propia lengua: el pliegue y la falsedad en una sola palabra. Decir una cosa y pensar otra, mostrar una cara y guardar otra, armar un personaje para cada mesa. Eso es vivir doblado. Lo sencillo, en cambio, está entero: lo que se piensa, se dice y se hace va en la misma dirección. No hay nada que sostener, ni que recordar, ni que disimular. Por eso vivir entero cansa tan poco.
Es la diferencia entre el agua revuelta y el agua quieta. Un vaso con barro agitado se ve turbio; basta dejarlo quieto para que el sedimento baje solo y el agua se aclare. No se filtró ni se agregó nada. Con la mente pasa lo mismo: la claridad no se fabrica, aparece cuando se deja de agitar. El agua quieta no tiene menos; solo que nada flota en ella. Por eso deja ver el fondo.
El Tao Te Ching tiene una imagen para esto: el bloque sin tallar, pu, la madera tal como es. Lao Tse lo propone como un estado al que conviene volver, no por primitivismo, sino por una naturalidad que ya no necesita demostrar nada.
El Yoga Sutra de Patáñjali le da un lugar decisivo. Entre los cinco yamas, las bases éticas del camino, el último es aparigraha: no acumular, no aferrarse, no tomar más de lo necesario. Y no se refiere solo a las cosas, sino también a las opiniones, los rencores, la imagen y las historias que uno se cuenta sobre sí mismo.
La Isha Upanishad abre con una frase que condensa todo esto: disfruta a través del desprendimiento y no codicies lo ajeno. No dice “renuncia al mundo”. Dice que se goza mejor con las manos abiertas.
En la práctica, la sencillez se parece poco a una gran decisión y mucho a pequeños recortes. Decir que no a lo que no se quiere hacer, sin inventar excusas elaboradas. Decir lo que se piensa con las palabras justas. Cada recorte devuelve un poco de atención, que es lo único que de verdad se tiene.
La sencillez no es un punto de partida, es una conquista. Llegar a ser uno solo, sin pliegues y sin personaje, lleva años de quitar. ¿Qué estoy sosteniendo que ya no me sostiene a mí? ¿Qué parte de lo que muestro sigue siendo un doblez?
Lo esencial nunca es difícil de ver. Lo mantenemos tapado por todo lo que sumamos para sentirnos a salvo. Quitarnos capas no es perdernos: es dejar de confundir lo que somos con lo que creemos ser.
Fuentes consultadas
De Chile. (s. f.). Sencillez. En Diccionario etimológico. https://etimologias.dechile.net/?sencillez=
Lao Tse. (2006). Los libros del Tao: Tao Te Ching. Editorial Trotta.





