La sospecha se revela en la mirada del prójimo, y a uno mismo en el extremo de esa mirada. Es el reconocimiento de que efectivamente soy ese objeto que otro mira, y juzga. Soy todo el conocimiento que pueda tener, ese yo que otro conoce. Y este yo que soy, lo soy en un mundo en el que otro me ha alienado, pues la mirada del otro abarca mi ser y, correlativamente, vuelven hacia el otro un rostro que se me escapa.
Con la mirada ajena, la “situación” se me escapa, o, por usar una expresión trivial, pero que traduce bien nuestro pensamiento: ya no soy dueño de la situación. La aparición del otro hace aparecer en la situación un aspecto no querido por mí, del cual no soy dueño y que se me escapa por principio, puesto que es para el otro.
Por la mirada ajena, vivo como fijado en medio del mundo, como en peligro, como irremediable. Pero no sé ni quién soy ni cuál es mi sitio en el mundo, ni qué faz vuelve hacia el otro ese mundo en el que soy.
La mente se nos escurre, es difícil contenerla. Con todo lo que transcurre y discurre, tan harta como está de contenidos. Hay quien ha perdido la cordura últimamente o la lleva como estigma. ¿Qué es normal en éstos tiempos? De cambios violentos y deshumanización tecnológica. Vamos pegados a las pantallas, “emoticonmocionados”. Para todo hay un símbolo, el verbo pierde fuerza. La vuelta a los ideogramas. La semiótica cibernética
Propongámonos un ejercicio de auto-observación. La próxima vez que coincidamos con una persona discapacitada, seamos capaces de sentir realmente lo que nos pasa. Nuestra más inmediata acción o reacción. Aceptémosla sin falsedad. Sin maquillar el rechazo a lo observado. Intentemos transformar en el acto cualquier emoción, y ver si somos capaces de acercarnos a un entendimiento sin juicio de la situación del otro.
Ante la discapacidad física, claramente observable, somos capaces de accionar, reaccionar o hacernos de ojo ajeno. Enajenar. La discapacidad mental del otro es más difícil de detectar, de aceptar y manejar. Frecuentemente pensamos en el demente, como precisamente eso. Alguien débil de mente, que por alguna razón terminó así. Es más difícil empatizar, darle una oportunidad, tenderle una mano. Es terreno escabroso.
¿Y qué decir de la mirada propia? Cuando evitamos mirarnos, mucho menos observarnos. Cuando a quien vemos nos parece ajeno. Cuántas máscaras nos ocultan de nuestro verdadero Ser. Cuántas caretas hemos sabido usar para ocultar lo que no aceptamos. Fingimiento, mimetismo, camuflaje. Como el pulpo que, a falta de coraza, debe hacerse de toda clase de triquiñuelas de supervivencia. Adaptabilidad, la más grande de las proezas humanas. Transformación, el sendero del Superhombre. La mirada prístina y el sentimiento sincero, hacia el prójimo como a sí mismo.
Referencias Bibliográficas
A puerta cerrada. Jean Paul Sartre.
André Gide. Frases Célebres.
Estigma: La identidad deteriorada. Erving Goffman.
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La discapacidad mental es una manifestación muy dolorosa tanto para quien la padece, como para quien ama y busca acompañar, el mundo es un lugar más oscuro, cruel, lascivo, desalmado con aquellos que son más vulnerables por condiciones mentales diferentes. Hay una ignorancia no sólo en las familias, en la sociedad, en las instituciones escolares, sino en las mismas instituciones médicas, que con prejuicios y creencias erróneas laceran y abusan de la integridad de pacientes en estas condiciones. A través de está experiencia tan dolorosa he comprendido la desolación y la desesperanza que viven y las pocas opciones que el mundo y todos les vamos dejando. Sean bendecidas las almas que transitan este camino y sea en nosotros la compasión para en amor mirar y si nos es posible sostener sus pasos, en acción y oración