Mircea Eliade (1907-1986) filósofo e historiador, autor del texto El Yoga Inmortalidad y Libertad nos cuenta acerca de la prolongación alquímica gracias al hatha yoga. Dice que al dominar los secretos de la energía femenina o Shakti, el yogui consigue imitar sus transformaciones, y la transmutación de los metales comunes en oro, ocurrió tempranamente entre los siddhis tradicionales. Asimismo el cuerpo de los vajrayanistas, el siddha–deha de los hathayoguis, tiene algún parecido con el organismo de los alquimistas occidentales cuando realizan la transmutación del cuerpo físico y se convierten en cuerpo divino dignas fuentes para quien aspira la liberación en vida.
Leyendas de los yoguis alquimistas
El Vajrayana tántrico tendía a procurar un «cuerpo de diamante», incorruptible, fuera del devenir. El Hatha yoga fortificaba el cuerpo para prepararlo para la «transmutación» final y tornarlo apto para la «inmortalidad». Como acabamos de ver, los procesos tántricos tenían lugar en un cuerpo sutil, homologado al mismo tiempo al Cosmos y al panteón, cuerpo en cierto modo ya divinizado. Detalle importante: el discípulo debía contemplar la disolución y la creación de los Universos y, finalmente, experimentar en sí mismo la «muerte» (= disolución) y la «resurrección» (= recreación) tanto de su cuerpo sutil como del Cosmos (pág. 262). Este proceso de disolución y de recreación hace recordar al solve et coagula de la alquimia occidental. Tal como el alquimista, el yogui hace transformaciones en la «substancia»; y ésta, en la India, es obra de Prakrti o de Sakti (o de la Maya, arquetipo del Mago).
El yoga tántrico mostraba pues fatalmente una prolongación alquímica: por un lado, al dominar los secretos de la Sakti, el yogui consigue imitar sus «transformaciones», y la transmutación de los metales comunes en oro se inscribe tempranamente entre los siddhi tradicionales: por otra parte, el «cuerpo de diamante» de los vajrayanistas, el siddha–deha de los hatha yoguis, tiene algún parecido con el «cuerpo de Gloria», de los alquimistas occidentales; se realiza la transmutación de la carne, se fabrica un «cuerpo divino»’ (divyadeha), un «cuerpo de la Gnosis» (jnana–deha), digno receptáculo para aquel que es un liberado en vida» (jivanmukta). La solidaridad entre el Yoga y la alquimia fue también percibida en la India, tanto por los primeros viajeros extranjeros como por el pueblo, que muy pronto elaboró todo un folklore yogui– alquímico, integrando los temas del elixir de la inmortalidad y de la transmutación de los metales en la mitología del Yogui-Mago.
Antes de examinar los textos alquímicos propiamente dichos, presenta cierto interés el recordar algunas observaciones de los viajeros y ciertas leyendas relativas a los alquimistas célebres: como sucede bastante a menudo, el «mito» es más elocuente que la realidad histórica y nos permite penetrar mejor el sentido profundo de un hecho histórico que los documentos que lo registran. Marco Polo, hablando de los chugchi (yoguis) que «viven 150 o 200 años», escribe: «Éstos emplean una bebida muy rara, pues preparan una poción hecha con una mezcla de sulfuro y mercurio, y la beben dos veces al mes. Eso les da, dicen ellos, muy larga vida; y es una poción que acostumbran tomar desde la infancia» (Yule, Travels of Marco Polo, edición de H. Cordier, 1903, vol. II, pág. 365 y siguientes).
Marco Polo no parece haber concedido mayor importancia a los yoguis–alquimistas. Francois Bernier, por el contrario, que había observado y estudiado a varias sectas de ascetas indígenas, les ha dedicado varias páginas que constituyeron, hasta principios del siglo XIX, la fuente principal de información sobre los yoguis y los faquires (Voyages de François Bernier, Docteur en Medicine de la Faculté de Montpellier, Amsterdam, editado por David Paul Marret, t. II, págs. 121-131). No dejó de notar sus conocimientos alquímicos: «Hay otros bien diferentes a éstos, que son extraños personajes; van casi perpetuamente viajando de aquí para allá; son gente que se ríe de todo, que no se molestan por nada; gente que conserva secretos, y que, a creer en lo que el pueblo dice, saben hacer oro y preparar tan admirablemente el mercurio, que uno o dos granos tomados cada mañana sanan el cuerpo y fortifican en forma tal el estómago, que digiere muy bien y no se siente uno harto de comer». (Obra citada, pág. 130).
La tradición según la cual los ascetas indios conocían el secreto de la longevidad por medio de drogas se encuentra igualmente en las obras de los historiadores musulmanes: He leído en un libro que ciertos jefes del Turkestan enviaron embajadores con cartas para los reyes de la India, con la siguiente misión: habían sido informados, estos jefes, que en la India se podían obtener drogas con la propiedad de prolongar la vida humana y merced a las cuales el rey de la India alcanzaba muy avanzada edad (…) y los jefes del Turkestán pedían que se les enviara un poco de esta droga, así como las indicaciones referentes al método por el cual los rishis conservaban su salud durante largo tiempo. [117] Según el Emir Khusru, también se obtenía longevidad, en la India, merced al pranayama. «…Con su arte, los brahmanes pueden obtener longevidad disminuyendo el número de las respiraciones diarias.
Un yogui que pudo restringir su respiración vivió más de 330 años» (Nuh Sipihr, Les neuf cieux ou sphéres, por Emir Khusru, traducido por Elliot, The History of India, vol. III, Londres, 1871, págs. 563-564). En el mismo autor encontramos también lo siguiente con respecto a los yoguis: Pueden predecir los acontecimientos venideros por la respiración que sale de los orificios nasales, según esté más o menos abierto el orificio derecho o izquierdo Pueden igualmente inflar otro cuerpo con su propia respiración Hay muchos hombres de éstos en las montañas de las fronteras de Cachemira (…) Pueden volar por los aires como las gallinas, por más increíble que parezca. Hasta pueden tornarse invisibles, a su voluntad, poniéndose antimonio en los ojos. Solamente los que lo han presenciado pueden creer en estos milagros (obra citada, pág. 564).
Vemos que se reconoce a la mayoría de los siddhi yoguis, y en primer término, el poder de «volar por los aires». Notemos, al pasar, que esta siddhi ha terminado por integrarse en la literatura alquímica (Nota VII, 1). La literatura alquímica rebosa de alusiones a los yoguis alquimistas «Cuando yo era adolescente, escribía el ilustre asceta jaina Hemacandra a Devacandra, un trozo de cobre previamente embadurnado con la savia de un arbusto (…) y colocado cerca del fuego, según tus instrucciones, se convirtió en oro. Dinos el nombre de ese arbusto y sus características, y otros detalles necesarios su respecto».
Pero es principalmente alrededor del famoso Nagarjuna que cristalizan las leyendas alquímicas. Ciertamente, ese personaje legendario del que hablan Somadeva (siglo XI) en su Kathasaritsagara y Merutunga en su Prabandhacintamani no es el mismo que el ilustre doctor Madhyamika; como se sabe, toda una mitología tántrica, alquímica y mágica fue agregada a la biografía del famoso filósofo; pero es importante poner de relieve la forma en que el tantrismo y la magia se presentan saturados de alquimia, en la imagen ejemplar de Nagarjuna (la única que se impuso y fue conservada por la memoria colectiva). Leemos en el Kathasaritsagara que Nagarjuna, ministro de Chirayus, alcanzó a preparar el elixir, pero que Indra le ordenó no informar a nadie acerca de su uso (trad. Tawney, edición Penzer, Ocean of Stories, III, pág. 257 y siguientes).

