En la medida que vamos transitando las etapas de la vida nos encontramos en diversidad de escenarios donde asumimos diferentes facetas según el rol que en principio nos corresponde y que también apropiamos por intuición, vacío o pretensión. Tomamos referentes en nuestros núcleos familiares o sociales buscando emular a otros que generan en nosotros algún tipo de impacto e inspiración, bien sea porque sus habilidades, virtudes y formas óptimas nos parecen servirán para algo que consideramos nos faltaba, dando forma a constructos que con el tiempo y sin haber querido nos configuran en el presente.
Estas asimilaciones con el tiempo nos pueden confundir porque parte de lo que nos inspiró o motivó posiblemente era algo a lo que quisimos aspirar para incluso ser leales con quienes hacían por nosotros cosas que eran importantes y destacadas, queriendo lograr ser así, porque generaban una admiración y respeto especial.
En ese transitar buscando protegernos de otros ante nuestros vacíos que nos asustaban porque en cierta edad no se logra diferenciar bien lo que se siente, lo que se es y la propia personalidad que va desplegándose en tantos frentes de acción; elegimos burlar algún vacío o ensalzar el ego reforzando formas que desfiguran la esencia, hasta el punto de creer que eso es parte de lo que somos y nos caracteriza.
El asumir que hay que merecer y trabajar por ser valorados desde una especial estima a partir de la excelencia en nuestras acciones, es por ejemplo una de las más duras cargas que desde la infancia nos instalamos, asumiendo que el ser buenos, destacarnos y brillar es parte de la tarea porque la vida nos concede tanto, que hay que buscar la excelencia en todo y devolver logros, resultados, impactos y acciones virtuosas.
No se concibe actuar bajo otra lógica lo cual con el tiempo y en momentos de transformación y sanación emergen urgencias, avivan resoluciones y una de ellas es la aceptación y reconocimiento de lo que en realidad somos.
El escritor alemán, Michael Ende, en su libro “La Historia Interminable” una de sus obras más destacadas, ofrenda una justa afirmación que podremos encontrar como respuesta a ese sentimiento que pesa cuando la excelencia nos pesa: “No quería ser ya el más grande, el más fuerte o el más inteligente. Todo eso lo había superado. Deseaba ser querido como era, bueno o malo, hermoso o feo, listo o tonto, con todos sus defectos…O precisamente por ellos.”
Llega el momento – y sentirlo es hermoso- en que se revelan ante nosotros esas necesidades de dejar de luchar, de dejar de perfeccionar, de querer disolverse en la esencia de lo que somos y en el proceso es un hecho crucial, el sentir el agotamiento y querer ya no interpretar uno o varios papeles que aspiramos representar ante el miedo o vergüenza de malentender que el amor, el respeto o el aprecio lo alcanzaríamos o mantendríamos convirtiéndonos en alguien diferente, que sin darse cuenta termina agotado deseando que se le ame tal cual es.

