La alimentación… acción básica para mantener el cuerpo físico sano y activo. Qué, cómo y cuándo lo hacemos es un acto voluntario, pero una vez que hemos ingerido algún alimento empieza en nosotros un complejo proceso de transformación, a través del cual sustraemos las substancias necesarias para producir la energía que utilizamos para desarrollar nuestras actividades, cualquiera que estas sean.
Para todo ser vivo, cuando la alimentación es la apropiada, le provee al cuerpo de vigor, fuerza, buen ánimo, y una larga lista de beneficios. Basta con resumir que la alimentación nos ayuda o des-ayuda tanto física, emocional, mental e incluso espiritualmente. Todo de acuerdo con las elecciones que hagamos de qué, cómo y cuándo comer.
Estas decisiones, que a la mayoría de nosotros no nos las enseñaron, son tan vitales que deberían llegar a convertirse de una costumbre a un hábito, algo que hagamos sin pensar. Los tratados de Ayurveda y de todas las disciplinas sobre la salud que se han desarrollado en la historia de la humanidad, incluyendo la ciencia moderna, han comprobado que, para funcionar adecuadamente, el cuerpo requiere solo de una cantidad determinada de ingesta, que, por lo general, es menor a la que consumimos.
Autoconocerse es la clave. Si bien la cantidad ideal de alimentos y su variedad difiere según la persona y sus actividades, ninguna disciplina de la salud promueve el sobre consumo de alimentos. ¿Por qué vivimos entonces con tan precario conocimiento de algo que es vital?
A diferencia de la respiración que es involuntaria, y en la que el cuerpo va a terminar respirando aún si la calidad del aire no es la óptima, la alimentación es una necesidad que se basa en la toma de decisiones propias, razonadas en base a lo que hemos aprendido, a las posibilidades que tenemos de adquirir buenos alimentos y en la que además del sistema digestivo, participan nuestra mente, sentidos, voluntad y nuestra intención real de crecimiento profundo.
En otras palabras, aun cuando el entorno alimenticio moderno es altamente sugestivo para consumir de todo y más, el ejercicio consiste en saber que nos aporta y que no, y aprender a controlar nuestros placeres y deseos, para aprovechar al máximo lo que ingerimos y lograr un crecimiento en todos los sentidos. Dicho esto, el alimentarse sano debe ser también algo que disfrutemos, por ende, el comer bien se trata de saber aprovechar los sabores de los ingredientes y combinarlos de maneras deliciosas y variadas.
Las porciones deben ser adecuadas a nuestro tamaño y actividad, de forma que el comer nos deje satisfechos y listos para seguir, no abotargados, fatigados y con sueño.
En la sociedad actual y a nivel mundial, se ha vuelto muy complicado alimentarse como sería debido. Las razones van desde una falta de tiempo para cocinar hasta que los ingredientes básicos -frutas, verduras, granos- están ya contaminados o modificados para rendir más en volumen que en valores nutricionales. Cada quien llegue a sus conclusiones de las razones.
Los tiempos llaman a adaptarse y lo que es cierto, es que no podemos usarlo de excusa o justificación. En el mundo no debería existir el hambre, recursos hay suficientes. Nos resta actuar y producir mejores alimentos aun si es a escala individual. Si bien es cierto que somos lo que comemos*, trascendamos más y no permitamos que lo que comemos se alimente de nosotros.
Una mala alimentación termina por convertirse en un mayor gasto físico de energía, en una salud que se deteriora al tiempo, una voluntad que se merma y un espíritu que lejos de recibir energía para liberarse, se encuentra inmovilizado en una jaula de grasas y toxinas. Por el contrario, hay que agradecer y gozar una buena alimentación, compartir el conocimiento (incluidas las recetas) pues el bien comer nos conduce a tener una salud física equilibrada, lo que nos permite lograr con mayor facilidad una estabilidad emocional, una mente más tranquila y un alma en paz.
¿Imaginas ahora, cuanto te beneficia comer conscientemente?
* Famosa frase del filósofo alemán Ludwig Feuerbach (1804-1872)

