Explicar, argumentar con científica convicción, y fe, es lo que logra austriaco Rudolf Steiner -fundamentalmente esoterista, ocultista, educador, arquitecto, y fue capaz de autodenominarse clarividente- en este libro esencial “Atlántida y Lemuria”. En esta obra, de los más de 40 títulos que abordó, explora las antiguas civilizaciones, sobre la base de la antroposofía, la cual, según el autor, los seres humanos ofrecen una dimensión espiritual que puede ser comprendida y desarrollada a través de la investigación y la experiencia. Aquí presentamos parte del capítulo XVIII del mencionado libro, donde hace hincapié en el desarrollo del ser humano, su formación en planetas como el Sol, la luna, la Tierra, y su estructuración en un ser cuatripartito.
En esta descripción tomaremos al hombre como punto de partida. Tal como el hombre vive en la Tierra, consta actualmente de cuerpo físico, cuerpo etéreo o vital, cuerpo astral y «yo». Esta naturaleza humana cuatripartita contiene en sí misma gérmenes para su desarrollo superior.
El «yo», por propia iniciativa, transforma los cuerpos «inferiores» y con ello les incorpora partes superiores de la naturaleza humana. El ennoblecimiento y purificación del cuerpo astral por parte del «yo» crea el desarrollo del «Yo Espiritual» (Manas), la transformación del cuerpo etéreo o vital crea el «Espíritu de Vida» (Budi) y la transformación del cuerpo físico origina el verdadero «Hombre Espíritu» (Atma).
La transformación del cuerpo astral está en pleno proceso en el actual período evolutivo de la Tierra; la transformación consciente de los cuerpos físico y etéreo forman parte de épocas futuras. Actualmente sólo ha empezado entre los iniciados, los instruidos en la ciencia del espíritu y sus discípulos.
Esa transformación triple del hombre es consciente, pero fue precedida por otra más o menos inconsciente durante el desarrollo anterior de la Tierra. En esa transformación inconsciente de los cuerpos astral, etéreo y físico hemos de buscar el origen del alma sensible, del alma racional y del alma consciente.
Hemos de dilucidar ahora cuál de estos tres cuerpos del hombre (el físico, el etéreo y el astral) es a su manera el más perfecto. Fácilmente podemos caer en la tentación de considerar el cuerpo físico como el más inferior y, por tanto, el menos perfecto, pero estaríamos en un error. Es cierto que el cuerpo astral y el etéreo alcanzarán un elevado grado de perfección en el futuro, pero actualmente el cuerpo físico, a su manera, es más perfecto que ellos, a la suya.
El error mencionado sólo ha podido surgir porque el hombre tiene su cuerpo físico en común con el reino más inferior en la naturaleza, el reino mineral. El hombre tiene el cuerpo etéreo en común con el reino vegetal y el cuerpo astral con el reino animal. Es cierto que el cuerpo físico humano está compuesto de las mismas sustancias y fuerzas que las existentes en el más amplio reino mineral, pero el modo en que esas fuerzas y sustancias actúan en el cuerpo humano es expresión de sabiduría y perfección estructural.
Pronto nos convenceremos de la verdad de esa afirmación si nos ponemos a estudiar su estructura no sólo con el reseco intelecto, sino con toda nuestra alma afectiva. Podemos tomar cualquier parte del cuerpo físico humano como objeto de contemplación, por ejemplo, la parte superior del fémur.
Si lo miramos bien, veremos que no es una masa amorfa de sustancia, sino que está constituida de una forma complejísima, de radios diminutos que van en diferentes direcciones. Ninguna ingeniería moderna podría construir un puente o algo similar con tal sabiduría. Esas cosas están hoy todavía más allá del alcance de la más perfecta sabiduría humana.
El hueso está construido de esa forma sabia a fin de que, con la distribución de esos haces, se alcance la necesaria capacidad de transporte para el soporte del torso humano con el mínimo de sustancia necesaria. Se utiliza la mínima sustancia necesaria para lograr el efecto mayor posible en términos dinámicos. Frente a esa» obra de arte de la arquitectura natural», sólo podemos llenamos de admiración. No es menor lo que sucede al admirar la milagrosa estructura del cerebro o del corazón humanos, o de la totalidad del cuerpo físico humano.
Debiéramos comparar con ello el grado de perfección logrado, por ejemplo, por el cuerpo astral en el actual nivel evolutivo de la humanidad. El cuerpo astral es el portador del placer y el dolor, de las pasiones, impulsos, deseos, etc. Pero lo que ataca a ese cuerpo astral tiene un efecto nocivo contra la sabia estructura del cuerpo físico. Una gran parte de los estimulantes que consumimos son venenos para el corazón.
Con ello puede verse que la actividad que produce la estructura física del corazón actúa de manera más sabia que la actividad del cuerpo astral, que incluso se contrapone a esa sabiduría. Es cierto que, en el futuro, el cuerpo astral avanzará a grados de mayor perfección, pero actualmente no es tan perfecto, a su manera, como el cuerpo físico.
Algo semejante podría decirse con respecto al cuerpo etéreo y al «yo»; ente, este último, que ha de luchar en cada momento abriéndose paso a tientas, por entre el error y la ilusión, hacia la sabiduría. Si comparamos los niveles de perfección de las partes del ser humano, descubriremos con facilidad que actualmente el cuerpo físico es el más perfecto a su manera, que el cuerpo etéreo lo es ya menos, el cuerpo astral lo es aún menos y que, en su nivel, el «yo» es el menos perfecto de los cuatro miembros.
Ello se debe a que en el curso del desarrollo planetario de la Tierra el cuerpo físico humano es el que ha sido elaborado por más tiempo. Lo que el hombre lleva hoy como cuerpo físico ha pasado por todas las etapas evolutivas de Saturno, Sol, Luna y Tierra hasta el presente de ésta. Todas las fuerzas de esos cuerpos planetarios se han ido grabando sucesivamente en ese cuerpo, de modo que poco a poco ha logrado alcanzar su actual nivel de perfección. Es por tanto la parte más antigua de la actual entidad humana.
El cuerpo etéreo, tal como hoy se nos aparece en el hombre, no existía en el período de Saturno, sólo se agregó en el período evolutivo del Sol. Por ello, las fuerzas de cuatro cuerpos planetarios han actuado sobre el cuerpo físico, pero sólo las de tres, Sol, Luna y Tierra, lo han hecho sobre el etéreo. Por ello sólo en el futuro llegará a ser tan perfecto, a su nivel, como lo es el físico actualmente.
El cuerpo astral se unió al cuerpo físico y al etéreo en el período lunar y el «yo» no lo hizo hasta el ciclo terrestre. Hemos de imaginamos que el cuerpo físico humano alcanzó un cierto grado de desarrollo en Saturno y que se fue perfeccionando en el Sol, de tal modo que pudiera convertirse entonces en portador del cuerpo etéreo.
En Saturno, ese cuerpo físico había llegado al punto de convertirse en un mecanismo de enorme complejidad, pero que carecía totalmente de vida. Mas la complejidad de su estructura hizo precisamente que acabara desintegrándose, ya que había alcanzado tal grado, que dicho cuerpo físico ya no podía seguir manteniéndose mediante las fuerzas meramente minerales que actuaban en él.
Fue a raíz de ese colapso de los cuerpos físicos humanos que se produjo el declive del Antiguo Saturno. De los cuatro reinos actuales, el mineral, vegetal. Animal y humano, Saturno sólo constaba de humano. Lo que hoy llamamos animales, vegetales y minerales aún no existían. De los cuatro reinos naturales sólo existía en ese cuerpo celeste el hombre en su cuerpo físico, que era, de hecho, una especie de mineral muy complejo. Los otros reinos vinieron a existencia porque no todos los seres pudieron lograr su pleno desarrollo en los cuerpos celestes sucesivos.
De ese modo, solo una parte de los cuerpos humanos desarrollados en Saturno alcanzaron el completo objetivo Saturnal. Los cuerpos humanos que lograron esa meta despertaron a una nueva existencia durante el período solar y su forma fue penetrada e impregnada por el cuerpo etéreo. Con ello, se desarrollaron hacia un nivel más elevado de perfección, convirtiéndose en una especie de hombres planta.
Pero, aquella parte de los cuerpos humanos que no habían podido alcanzar la meta de pleno desarrollo en Saturno, tuvieron que seguir realizando en el período Solar lo que no habían completado en Saturno, si bien lo hicieron en condiciones mucho más desfavorables que las que existían en Saturno para ese tipo de desarrollo. De esa manera quedaron rezagados con respecto a quienes habían alcanzado la meta completa en Saturno. En el Sol, surgió así un segundo reino natural además del humano.
Sería erróneo suponer que todos los órganos del actual cuerpo humano ya empezaron a desarrollarse en Saturno. No es así. En realidad, son sobre todo los órganos sensorios los que se originaron en aquel período. Los primeros rudimentos de los ojos, oídos, etcétera, tuvieron ese origen tan remoto. Los que en Saturno se formaron como cuerpos minerales, de la misma manera como ahora en la Tierra los» cristales sin vida», son ahora dichos órganos, que alcanzaron su forma actual transformándose una y otra vez, en mayor perfección, durante cada período planetario sucesivo.

