Pocas biografías parecen tremendistas, en el buen sentido, que acicatean la imaginación, siempre para bien del biografiado, y donde éste queda bien parado. Es el caso de la elaborada por el escritor, filósofo y periodista británico Gilbert Keith Chesterton, sobre nada menos que San Francisco de Asis. Quienes saben cómo relata el “príncipe de las paradojas”, creador del Padre Brown, el sacerdote católico, cura-detective, de su recomendable saga, lo que expone en este primer capítulo es la reflexión de cómo abordar al fraile y místico italiano del siglo XIII, en tres métodos que hacen de esta biografía una curiosa exploración divina de un espíritu inmortal.
El problema de san Francisco
Un estudio moderno sobre san Francisco de Asís se puede escribir de tres maneras. Entre ellas debe elegir el autor, pero la tercera, que es la adoptada aquí, resulta en algunos aspectos la más difícil. Cuando menos sería la más difícil si las otras dos no resultaran imposibles.
Según el primer método, el autor puede estudiar a este hombre insigne y asombroso como si fuera una simple figura de la historia secular y modelo de virtudes sociales. Puede describir a este divino demagogo como si fuera, y probablemente lo fue, uno de los verdaderos demócratas del mundo. Puede decir, aunque ello signifique bien poso, que san Francisco se adelantó a su época. Y afirmar, lo que no deja de ser verdadero, que el Santo anticipó cuanto de liberal y más atractivo encierra el genio moderno: el amor de la naturaleza, el amor de los animales, el sentido de la compasión social, el sentido de los peligros espirituales que encierran la prosperidad y aun la misma propiedad.
Todas estas cosas que nadie comprendió antes de Wordsworth eran ya familiares a san Francisco. Todas estas cosas de que Tolstoi fue el primero en descubrir eran cosas admitidas y corrientes para el Santo. A él se lo podrá presentar no sólo como héroe humano sino también del humanismo; en realidad como el primer héroe del humanismo. Se lo ha descrito como una especie de lucero de la mañana del Renacimiento.
Y en comparación con todo esto puede alguien ignorar o pasar por alto su teología ascética como mero accidente de la época que afortunadamente no resultó fatal. A su religión se la puede mirar como superstición, bien que inevitable, de la que ni el mismo genio podía librarse totalmente y, vistas así las cosas, considerar que sería injusto condenar a san Francisco por la negación de sí o censurarlo por su castidad.
No cabe duda que aun desde semejante punto de vista la estatura del Santo mantendría los rasgos de la heroicidad y todavía mucho se podría añadir acerca del hombre que intentó acabar las cruzadas hablando con los sarracenos e intercedió por los pajarillos ante el emperador. El autor de semejante estudio describirá de manera puramente histórica toda la gran inspiración franciscana que transutan luego las pinturas de Giotto, la poesía del Dante, los «milagros» teatrales que hicieron posible el drama moderno y tantas cosas que aprecia la cultura de nuestro tiempo.
Ciertamente, puede el autor intentar un tratamiento del tema como ya otros lo hicieron sin casi plantear siquiera la menor cuestión religiosa. En resumen, podría esforzarse por contar la historia de un santo sin Dios, lo cual se asemeja a querer relatar la vida de Hansen sin mencionar el polo Norte.
Si se elige la segunda manera, el autor quizás se vuelque al otro extremo y asuma lo que podríamos llamar un tono decididamente piadoso. Hará entonces del entusiasmo religioso un tema tan central como lo fue para los primeros franciscanos. Tratará la religión como la cosa real que ella fue para el Francisco de Asís real e histórico. Hallará, por así decir, un austero gozo en desplegar las paradojas del ascetismo y los trasiegos de la humildad.
Marcará todo el relato con el sello de los estigmas y anotará los ayunos como batallas reñidas contra un dragón, hasta que a la huera mentalidad moderna san Francisco le resulte tan sombrío como la figura de santo Domingo. En resumen, creará lo que muchos en nuestro mundo mirarían como una suerte de negativo fotográfico, como el reverso de todas las luces y sombras; cosa que los necios hallarán tan impenetrable como las tinieblas y aun muchos sapientes tan invisible como lo escrito en plata sobre fondo blanco.
Semejante estudio de san Francisco resultará ininteligible a cuantos no compartan la religión del Santo y tal vez sólo en parte inteligible a quienes quiera no participen de su vocación. Según los matices del juicio que se adopten respecto a Francisco se lo mirará como algo muy bueno o muy malo para el mundo. Pero la única dificultad para desarrollar el tema según esta orientación radica en que la empresa es imposible. Para escribir la vida de un santo se necesita otro santo. En el caso presente las objeciones a esta orientación son insuperables.
En tercer lugar, el autor puede tratar de hacer lo que yo he ensayado en este libro, método que, como ya antes indiqué, encierra también sus peculiares problemas. El autor puede adoptar la postura del hombre moderno común que inquiere desde afuera, postura que es todavía la del autor de este libro en buena medida y antes lo fue en forma exclusiva. Como punto de partida puede uno empezar desde la visión de quien admira ya a san Francisco pero sólo por las cosas que a ese hombre común y moderno resultan admirables.
En otras palabras, presume que el lector es al menos tan ilustrado como Renan o Matthew Arnold y, a la luz de este conocimiento, tratar de iluminar lo que Renan y Matthew Arnold dejaron a oscuras. Se intenta, pues, echar mano de cosas ya comprendidas para explicar las que no lo son. Al lector moderno el autor le dirá: «He aquí una personalidad histórica que a muchos de nosotros nos resulta atractiva por su alegría, su romántica imaginación, su cortesía y camaradería espirituales, pero en la que también concurren ciertos elementos, evidentemente tan sinceros como vigorosos, que parecen harto anticuados y repulsivos. Pero, a fin de cuentas, este hombre fue un hombre y no una docena de ellos. Lo que a vosotros os parece incompatible no le pareció a él tal. Veamos, pues, si es posible entender con ayuda de las cosas ya comprendidas las que parecen ahora doblemente oscuras, por su propia opacidad y por su contraste irónico.»
No pretendo naturalmente alcanzar esa totalidad psicológica en este esbozo sencillo y breve. Quiero decir, empero, que es ésta la única condición polémica que doy aquí por sentada, a saber: que estoy tratando con alguien que desde afuera observa con simpatía. No supondré mayor ni menor compromiso. A un materialista no ha de importarle que las contradicciones se concilien o no. Un católico no ha de ver contradicción alguna que deba conciliarse.
Pero en este libro me dirijo al hombre moderno común, simpatizante pero escéptico, y me atrevo a esperar, aunque sea vagamente, que, acercándome a la historia del gran Santo a través de lo que hay en ella de claramente pintoresco y popular, podré comunicar al lector una mayor comprensión de la coherencia de su carácter en conjunto, y que, acercándonos a él de este modo, podremos juntos vislumbrar por lo menos la razón que asistió al poeta que alabó a su señor el Sol para esconderse a menudo en oscura caverna, por qué el Santo que se mostró tan dulce con su hermano Lobo fue tan rudo con su hermano Asno -según motejó a su propio cuerpo-, por qué el trovador que dijo abrasarse en amor se apartó de las mujeres, por qué el cantor que se gozó en la fuerza y el regocijo del fuego se revolcó deliberadamente en la nieve; por qué el mismo canto que grita con toda la pasión de un pagano: «Loado sea Dios por nuestra hermana la Tierra que nos regala con variados frutos, con hierba, con flores resplandescientes», casi termina así: «Loado sea Dios por nuestra hermana la muerte del cuerpo».
Leer más: https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/sanfrancisco.pdf


Gracias por colocar el link para el libro, me gustaría conocer mas de este Santo tan nombrado y admirado