Despunta el alba, someramente, en la mítica isla de Avalon. Los regios celtas de bretaña, aquellos que, tras el abandono romano de la península, repelieran a los invasores sajones, se reúnen para celebrar la vendimia y la cosecha. Entre risas y cervezas, bailan mozos y doncellas. Participando en todo tipo de juegos de feria y degustando lo que el campo ofrece, los ánimos se van caldeando. El anticipo perfecto para el principal evento. Año tras año, se sostiene la esperanza de que aparezca quien, de una vez por todas, saque la espada de la piedra. Llegan, como siempre, nobles caballeros, fornidos gladiadores, curtidos campesinos, herreros forjadores; ninguno consigue cumplir la profecía: “Quien sacare de la piedra la espada, reinara sobre toda Inglaterra.”
Instado por sus amigotes, con el humor encendido entre la cerveza y las doncellas, un flacuchento mozalbete, haciendo caso omiso de las burlas, se acerca inspirado hasta la piedra. Concentrado mira al cielo, toma la espada con su mano derecha y decididamente la resucita de su sepulcro. Excalibur, esplendorosa y mágica, resplandece ante el asombro de todos los presentes y así, empuñada por Arturo Pendragron, se convierte en la Espada más famosa del mundo occidental del temprano medioevo.
Viva sigue la leyenda en el imaginario, porque más allá de la proeza de haber sacado la espada de la piedra, Arturo y Excalibur lograron unir, batallas de por medio, a los celtas de bretaña. Se constituiría la orden de los Caballeros de la Mesa Redonda y Camelot se convertiría en la quimera del mundo feudal. Donde reinaba un monarca lúcido, fiel a sus vasallos y con un concejo de caballeros que aseguraban decisiones justas y bien ponderadas. El destino había elegido a Arturo, y este probaría su valía hasta el fin de su vida.
Otro héroe medieval, que parecía ungido para llevar a cabo incontables proezas, compiladas en el famoso Canto del Mio Cid; fue Rodrigo Díaz de Vivar. Mejor conocido como el Cid Campeador. Conquistador de Toledo y Valencia. Ganador de todas sus batallas. Mercenario que luchara por las causas de Moros y Cristianos, y finalmente, las propias. Portaba dos espadas que había ganado en batalla. La más famosa, la Tizona, apodada así porque resplandecía como un tizón encendido. La segunda era “La Colada”, es decir sin impurezas. Ambas espadas conservan un lugar privilegiado en la historia ibérica. La Tizona está en el Museo de Burgos y es el modelo más reproducido por los famosos espaderos de Toledo.
¿Por qué son tan veneradas las espadas? Más allá de ser un preciso y letal instrumento, que ha acabado con innumerables vidas a través de siglos de conflictos humanos. La simbología se remonta a San Miguel Arcángel, quien por medio de su Espada de Luz; combatiera a Lucifer y los ángeles caídos de la rebelión. Su flamígero sable corta las tinieblas de la ignorancia y restablece el orden divino. Desde Irlanda hasta Jerusalén existen siete santuarios dedicados a él. Una sola e ininterrumpida línea recta en el mapa, conocida como el espadazo de San Miguel. Ruta peregrina para quienes le rinden culto al jefe de las milicias angélicas.
Es así, como la espada simboliza el poder divino. La investidura de la justicia y la sabiduría de quien está a la altura de una empuñadura. El liderazgo que un arma de doble filo, símbolo de la dualidad planetaria, puede ejercer en un alma templada forjada en carácter. Muchos han empuñado espadas, pocos han estado a la altura del símbolo de Paz y Justicia que impuso Miguel. Aquellos pocos, a pesar de haber cortado cuerpos y cercenado vidas, lo hicieron con el propósito de establecer un orden; que permitiera al menos sentar las bases de una convivencia humana más equitativa.
Fuentes Consultadas:
- https://www.wisdomlib.org/es/concept/espada
- https://web.archive.org/web/20181111043936/https://espadastoledanas.es/


Las espadas y sus historias.
¿Quien puso la espada en la piedra? o eso será metáfora?
de un momento creía que esa historia tenía un doble sentido.
El ego.
«Aquellos pocos, a pesar de haber cortado cuerpos y cercenado vidas, lo hicieron con el propósito de establecer un orden; que permitiera al menos sentar las bases de una convivencia humana más equitativa». El propósito suena plausible, pero ¿será que este fin, justifique los medios? ¿Permanecerá siempre esa duda en el fuero interno? ONS