Una humanidad deshumanizada, sin capital espiritual, sometida a las oscilaciones del maremágnum digital, y otras tendencias de la depredación de la inteligencia divina, es lógico que su alma animal sea sometida a todo tipo de arbitrio humano. Y, si por un descuido, o por pura ociosidad, el invitado a un territorio desconocido desorbita el hábitat, y se desarrolla desde su propia naturaleza salvaje, y contra todo pronóstico, coloniza y conquista ¿acaso no es esa su ley? ¿No hace el hombre lo mismo, pero desde la razón? Muy elemental, pero hay elementalidades absurdas, inconscientes, perversas; el reino animal sufrirá la pisada humana.
Es por demás, archiconocido, un proverbio bíblico: “El justo, cuida de sus animales, pero la bondad del impío es cruel”. Es cuando vemos a más doscientos hipopótamos, por las inmediaciones del río Magdalena, cerca del Doradal y Puerto Triunfo, en Antioquia, de los cuales, alrededor de ochenta, serán aniquilados o, mejor dicho, quiere la autoridad sacrificarlos, porque los consideran una especie invasora; el más grande los invasores, el infalible depredador del planeta, ese ser humano que lo devora todo, con insaciable apetito ontológico, moraliza con su victimización ambiental.
La guillotina eutanásica la detuvo recientemente un juzgado en Antioquia, y así puso en su lugar al impulso de muerte que emergió del Ministerio del Ambiente, en Colombia, de un animal que debió ser considerado una especie protegida más que invasiva. Sin duda, un problema de ética ambiental; proteger o eliminar al animal. Si bien modifica el ecosistema, dado que no es su hábitat natural, desplaza a la fauna originaria y perturba el agua, entre otros estragos.
Hay un ferviente fanatismo por el ecocentrismo, que no es más que priorizar la salud del ecosistema. Porque, no es tanto que lo salvaje es valioso -los atributos esenciales de la naturaleza y su poder de regenerarse- sino que, en ese juego de intermediación ecológica, la conciencia que debe prevalecer es la de resolver sin extinguir la especie. Si destaca un valor que es humano, igualmente aplicable al animal, es el respeto.
Al ser el hipopótamo un sujeto sintiente, capaz de percibir dolor y placer, es indiscutible que debe ser tratado con dignidad, como toda especie, más allá de los considerados en el Arca de Noé, que no menciona la Biblia, como no sea el cuervo y una paloma, pero que la imaginación pondera. ¿Protegerlos del diluvio? Sí, el diluvio que fragua el ser humano, su arrogancia para considerar quién es quién en este Universo, su inconfesable propósito de crear conflictos donde quiera que esté.
Cuando el ser humano hipotamiza su conciencia espiritual -me perdonan la derivación morfolexical- y ahuyenta el ego petrificado y adulador, en tanto otorga a su interno ese poderoso corpus tosco y rudo, lo transforma, lo decanta en luz, su armonía y dulzura se despliega. No le gusta pelear, si solo si, se ve agredido. Y pensar que cada individuo está signado por un animal. Un aliado. Quien tiene un vínculo con el hipopótamo es un individuo callado, introvertido. Tanto como pueda, no socializa. Taciturno y agrío.
Todo esto nos permite comprender mejor que el rechazo no debería ser un código social. Empañarlo del factor muerte es inadmisible, tan improcedente, que uno de los grandes ambientalistas colombiano, Nicolás Ibarguen, motu proprio, movió cielo y tierra para conseguir que uno de los santuarios más importantes en cuanto al rescate y resguardo de la vida silvestre, en Gujarat, India, procesara la solicitud de traslado. El caso está en desarrollo, y apunta en la dirección correcta.
Entre esta opción -traslado- y la tutela, esta imbuida las interpretaciones sobre la eutanasia, que fue la chispa que encendió las praderas en la opinión pública. Es cierto que Pablo Escobar Gaviria sembró en su hacienda Nápoles, los cuatro hipopótamos -y luego de su asesinato, todo quedó al garete- pero también es cierto, como revela el periodista Juan José Hoyos, en una crónica publicada en la revista Malpensante (número 44, 01 de febrero-15 de marzo 2003), que buena parte de su zoológico fue decomisado por el Instituto Colombiano Agropecuario, por no tener licencia sanitaria.
Y, a continuación, surgió una falla de origen, de tantas, probablemente. El organismo público se encargó de subastar el decomiso animal. “Escobar mandaba a un amigo a los remates. Allí los compraba de nuevo y los llevaba de regreso a la finca en menos de una semana”. En ese círculo vicioso Hoyos no detalla si los hipopótamos estuvieron en la puja.
Por lo pronto, no morirán, al menos no asesinados a instancia del Estado. El acontecimiento es bruto en sensibilidad, en parte por el beneficio mercantil y atracción turística que ofrece a los pobladores de la zona, en parte, porque aún, con alteraciones genéticas y su presencia invasiva, en un ecosistema que para ellos es el paraíso, finalmente es el hombre quien produjo semejante circunstancia. Alguien llegó tarde al problema, y no son los hipopótamos. Torpeza, sensualidad e inocencia frente a la hipocresía humana.


Om Namaha Shivaya …aki en Uruguay lo ke está pasando es ke nos llenaron de eucaliptos(8 millones de hectáreas),soja transgénica(5millones de hectáreas) y todos los animalitos están subiendo a las ciudades,a esto sumemosle la contaminación de los ríos por los complejos industriales ,más las multinacionales del hidrógeno verde ke están extrayendo agua del acuífero guaraní ..y a raíz de todo esto y mucho más se da la migración de campesinos a la ciudad…….y etc etc etc…..