Hemos estado sumergido en demasiada realidad, la cual va desde la artificial hasta la natural, del regodeo por una objetividad que nos comprometa seriamente con el devenir, hasta los destellos del progreso tecnológico, y sus impactos en el desarrollo de una mentalidad sensata, viva, sagrada; y entre esos dos mundos, otro repleto de incertidumbres, de incesantes laconismos, síntesis que nos separa de un mínimo de juicio por comprender ese obstinado pensamiento que se despliega a través del bien y el mal para alcanzar la plenitud.
Vasta crisis, porque ¿qué ofrece el externo como no sea la insistencia de una promoción estable y continua de aspiraciones y tormentos que sitúan al hombre en el lugar exacto desde donde ratifica su autodestrucción? Es lo que ha hecho, hace y continuará haciendo. El ajetreo constante revela más declive del que existe, más debilidad de la que hemos experimentado, más desamor del que desprende el amplísimo tejido de la humanidad. Visto así, hay un concepto que es determinante en la configuración de esas conductas sanas, liberadoras, expuestas al bien. Nos referimos a la responsabilidad.
Y ahora, que el tiempo digital supera al tiempo real, y más allá, y ahora, que el empacho virtual precede a la esencia de todo impulso cognitivo, y ahora, que la apuesta es a desvirtuar el pensamiento crítico, convendría citar a Hans Jonas, filósofo alemán, discípulo de Martin Heidegger. En el muy recomendado libro, El principio de la responsabilidad ética, sobre todo para sostener una deontología, no políticamente correcta, sino más bien discrepante y frontal, Hans sostiene que, una vez desencadenado Prometeo, a quien la ciencia proporcionó fortalezas y energías nunca antes vistas, con el incondicional respaldo de la economía, “está pidiendo una ética que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los hombres al desastre”.
La catástrofe no es inminente, es obvia. La responsabilidad está en el centro de la ética, advierte el filósofo, para quien la promesa de la técnica moderna se ha convertido “en una amenaza, o que la amenaza ha quedado indisolublemente asociada a la promesa”. El progreso disolviendo a su creador. No obstante, antes de que sea demasiado tarde, que haya un punto de no retorno, una desfiguración absoluta del ser humano, el imperativo sería apostar por una ética del respeto, lo cual equivale, a ser responsable, en mayúsculas.
Pueda que no sea nada nuevo bajo el sol, sin embargo, la responsabilidad es de esas cosas de las que todo el mudo habla, y que nadie sostiene en la práctica. O, ¿no hay cierta inclinación? El alcance de la acción humana, sus efectos, actos irreversibles e impredecibles, y devastadores, carcomen toda opción sanadora, en virtud de esa carencia del citado valor. Sartre se refirió al “para sí”, como la conciencia humana, en tanto que, automáticamente, es el único responsable de lo que eres y haces. No hay pretextos. No puedes escapar de la esterilidad de las circunstancias como no te hagas responsable de lo que produces, y, niegas.
Hay quienes sostienen que hay grados de responsabilidad, aunque para el autor de Ser y Tiempo, no hay matices; o eres libre o no lo eres, y es lo que determina la responsabilidad. Dicho en otras palabras; si eres libre, eres responsable. Y es aquí donde se producen las alergias discursivas, en especial en la definición de libertad. El ego funciona como una prisión. Lo cual se deduce que la humanidad está encarcelada. El miedo, el estatus y los traumas son los carceleros. No hay libertad para sanar porque el autoconocimiento es una asignatura cósmica, deliberadamente pendiente, que goza de una procrastinación descabellada e irracional.
¿Qué nos depara el futuro en esa materia? La verdad parece sencilla; sin responsabilidad el ser humano deja de ser el constructor de su vida, y pasa a ser un sujeto dúctil. Se adapta a todo, porque ese todo le cubre sus expectativas materiales. Se reafirma en el tener. Las defensas críticas desaparecen, creando un lenguaje que externaliza la culpa y lo victimiza. Sí, la responsabilidad exige humildad, y eso, sí que es más escaso.


Hans Jonas hace una llamada de auxilio ante una ciencia que ha perdido su brújula ontológica.Si Prometeo (la ciencia) continúa entregando el fuego (el poder genético) a la economía sin una ética de la responsabilidad, corremos el peligro de hacer del el ADN en un código cerrado sin posibilidad de liberación .
La responsabilidad bioética hoy por hoy de seres despiertos no solo implica regular la técnica, sino resguardar la genética de luz.
Hans Jonas critica una beneficencia puramente técnica y cortoplacista. Un verdadero acto de beneficencia, según los textos védicos, es producir «eventos de amor» , unica fuerza capaz de producir los cambios necesarios en la elevación de la conciencia .
Para dimensionar lo que se vive, ocupa experimentar una diferencia Es decir, haberla vivido para de ahí tener la perla de la experimentación y notar la diferencia. Esto pasaría a ser valioso, pero el concepto de tiempo, cambia todo. se dice son otros tiempos, que importancia tiene? cómo se valora puede ser la diferencia. Luz, es la palabra, Amor es el complemento. ONS!