Sw Karunananda | SKY Venezuela
Hace unos días, mientras que en más de 30 ciudades estadounidenses la cólera ardía sin control en el sentir de una minoría de sus ciudadanos -alimentada una vez más por la muerte, con tintes racistas, de un afroamericano a manos de la policía- el cielo ardió nuevamente sobre Cabo Cañaveral. Esto no sucedía desde hace casi una década cuando en junio del 2011 partió de esa estación de lanzamientos espaciales el transbordador Atlantis marcando el fin de los 30 años del programa de transbordadores espaciales de Estados Unidos.
Esta vez la Nasa se vale de la alianza con una compañía privada norteamericana, Space X, para independizarse de Rusia en el envío de sus astronautas a la Estación Espacial Internacional. Vale preguntarse, si este lanzamiento espacial, aunado a la reciente revelación de videos de ovnis en pleno vuelo por parte de la Fuerza Aérea de EEUU, ¿será acaso una estrategia distractora en medio de las pandemias de inconsciencia que azotan constantemente a la humanidad?
Más allá de todas las implicaciones globales que este hecho tiene para los juegos fútiles de poder del experimento humano, el cual no ha logrado aún explotar su propio potencial evolutivo, sería interesante reflexionar sobre las influencias que la exploración espacial tiene en la realización del ser humano. En un planeta donde, teniendo los recursos, sus habitantes no han resuelto aun colectivamente las necesidades más básicas de supervivencia fisiológica, donde la ilusión de seguridad social creada por las estructuras de poder puede ser trastocada por algo microscópico, por un híbrido entre el mundo animado y el inanimado, donde los miembros de la sociedad no se reconocen así mismos, enajenándose en un mutuo reconocimiento a través de redes sociales que los alejan cada día más del contacto energético entre seres humanos, cabe preguntarse: ¿Por qué aún seguimos mirando hacia las estrellas, aspirando a alcanzarlas?

Tal vez el primer atisbo de conciencia de sí mismo que se dio en los albores de la humanidad surgió cuando Lucy se percató, hace más de tres mil millones de años en una noche oscura, en medio de la inmensidad del firmamento estrellado. Mirar en la oscuridad la luminosidad lejana de las estrellas, ha sido, es, y será, fascinante. El despertar de la conciencia del ser humano pareciera estar más ligado a la visión de las estrellas que a nuestro andar sobre la superficie del planeta. Las primeras formas de identificarnos con las estrellas que desarrollamos fue tal vez la creencia, aun común entre muchas sociedades aborígenes, de que las estrellas son las almas de los ancestros que velan por nosotros. Esta idea ancestral de una conexión de almas con las estrellas es de alguna manera un reconocimiento intuitivo de nuestros orígenes estelares. La observación de las estrellas nos ha llevado a descubrir el sincronismo que existe entre ellas y los ciclos de la naturaleza, la influencia de las fuerzas estelares sobre nuestra psique e incluso el origen del universo tangible entre otras cosas.
Sentarse en la oscuridad, a campo abierto, a contemplar las estrellas, puede llegar a ser una experiencia de exploración espacial aterradora y no por eso dejaría de ser fascinante. Aterradora porque podríamos no saber lo que queremos ver y tal vez nos podríamos encontrar con lo que nos negamos a reconocer. Observar las estrellas con abandono puede llevarnos a reconocer que hay alguien que observa desde lo más profundo de nuestra psique, o podría ser, tal vez, que dejemos que el silencio absoluto nos arrastre hacia nuestro interior, hacia lo que la Nada Es.
El tipo de exploración espacial propuesta por las estructuras de poder se aleja de aquella otra exploración interior que los antiguos Rishis de la India nos legaron para reconocer lo que realmente somos. Desde la oferta de viajes de turismo espacial, accesible solo para un 8% de la humanidad quienes acaparan el 85% de la riqueza del planeta, pasando por las promesas de desarrollar nuevos materiales y medicamentos milagrosos en las estaciones espaciales para combatir las pestes y enfermedades que nosotros mismos hemos creado, ni que decir de la puesta en órbita alrededor de la Tierra de armas de destrucción masiva. El último lanzamiento de una nueva generación de naves espaciales pareciera no ser más que la continuación del viejo despropósito esquizofrénico que aflige a la humanidad.
Sin embargo, así como el bipedismo de los primeros australopitecos precedió al desarrollo de la capacidad cerebral de nuestros más lejanos ancestros, que decidieron salir de los bosques y explorar, es posible que estos ensayos espaciales puedan tener efectos colaterales no deseados por las estructuras de poder que someten a la humanidad.
Se han estudiado los efectos de la ausencia de gravedad sobre el cuerpo humano. Uno de los más significativos es la elongación de la columna vertebral, la cual puede llegar a un 3% de la altura del individuo, lo cual, sin embargo, se revierte a los pocos meses de regresar a la influencia de la gravedad terrestre. ¿Tendrá esto algún efecto positivo sobre el cuerpo sutil específicamente sobre el canal central Sushuma?
Y que podría suceder si practicamos Kriya Yoga en un ambiente cero gravedad, sabiendo que los Rishis escogieron una de las zonas de la Tierra donde la gravedad terrestre es más débil, los Himalayas, para desarrollar las técnicas de realización del Ser. O tal vez pudiera ser que, al mirar hacia las estrellas, a través de los medios tecnológicos, algunos recuerden la existencia de un ente universal que trasciende los mundos visibles e invisibles al que solemos llamar Dios.


Buenísimo el aporte. Saludos.
Hola.estoy muy contenta de recibir tus artículos, los cuales me parecen de profundo y acertada reflexión.
Practico el Kriya Yoga. Y considero es uno de los viajes y aventura más enriquecedor que existen sobre este plano de existencia.
Saludos
Gracias
Landy
949442234
este tipo de informacion debe ser con anticipacion me acaba de llegar
Me hizo viajar atraves del tiempo , reflexionar profundamente lo que desde niña me preguntaba. Gracias.