Por Mataji Shaktiananda
Ya no se trata de un milagro, ni de besar su estampita o pedir que se cuele en una radiografía para certificar una cura. Se requiere la credencial legalmente certificada por el Vaticano para que El Siervo de Dios, el Venerable y ahora reafirmado Beato, nominación previa a Santo, el Doctor José Gregorio Hernández Cisneros, sea de una buena vez el urgido y ungido santo que Venezuela cree necesitar.
Fue en 1949 cuando se abrió gestión dentro de los laberínticos y por demás burócratas pasillos de la consciencia vaticana, por eso el imaginario colectivo dentro de la desahuciada y crónica mengua existencial urge de un “santo milagrero” y mejor, afiliado a la salud. Es casi un tema de vida o muerte, literal. Pese a que su alma siguió preceptos de curas, sanaciones y milagros comprobados ha sido un largo siglo lo que debió esperar para gestionarse su santidad.
Pareciera estar todo bien servido desde las fuerzas políticas que ahora -más que nunca- operan en el Vaticano. La estrategia del plan va precisamente para congraciar actitudes y acelerar manejos que también urgen. Igual nada de esto garantiza que se dé lo que por tanto tiempo se ha buscado: un designio -no divino sino humano- para restituir fuerzas, valores y sensibilidades mejor dispuestas al bien común.
El antes Siervo de Dios siempre ha sido siempre como una estatua con velo en las conciencias papales y recién se desempolva y no -precisamente- en un santiamén (han pasado setenta años). Es como ahora está a un paso del pedestal sacro de canonización y santificación que otorga el Vaticano. Quedan pocos trámites para que, de “Eterno Beato” se consagre a Santo y, por la prisa e intereses de los tiempos, las apuestas le favorecen.

Licencia y título de los que ya el Venerable ha dado sano uso en sus intríngulis existenciales. No necesitó demasiada majestad ni santurronería a toda prueba para hacer de las suyas tras un -bien o mal ganado- honor otorgado en devoción e idiosincrasia por quienes necesitaban de ayudas y favores. Sin nomenclatura eclesiástica ha venido operando sigilosamente dentro del imaginario, no solo de un país, sino de quien le pidiera intervención expedita desde sus padecimientos. Más que un milagro se necesita en este devenir de una Venezuela que ya ni con un milagro se asiste en su desamparo.
El otrora masivo clamor resultó un hecho, en el que se le da permiso y venia para que deambule legal, con visa papal, por los espacios astrales y celestiales del firmamento católico, apostólico y romano, con todas las de la ley, algo sujeta a la más poderosa que existe: la Ley del Amor. Esa con los que todos operamos incondicionalmente en fe hacia este hijo de Trujillo, de Isnotú, desde que tenemos uso de razón.
No hay alma que no se haya conmovido ante la historia popular de aquel hombre, entregado a su vocación médica, con tal vocación religiosa que hasta llegó a llamarse Hermano Marcelo en medio de sus aventuras espirituales por Italia y se mantuvo luego como franciscano seglar. Su partida se precipitó en 1919, apenas con 54 años, en plena diligencia médica, cuando fue atropellado por un Essex, uno de los escasos automóviles que recién comenzaban a circular en la Caracas de antaño. Nunca resultó ajeno a habladurías y cuestionamientos por tan particular incidente. Igualmente, no se libró de murmuraciones locales sobre sus posturas sociales y raciales.
Su nombramiento entra por la puerta de emergencias ante la necesidad aparente de un pueblo enfermo, sujeto a males tan crónicos como la desigualdad y de transitorios y virulentos como esta pandemia.
Así, lo que sea el alma, el ánima, el espíritu, el ectoplasma, la esencia y la divina consciencia de este doctor, ha quedado dispuesto para que ejerza su “santo oficio”, ahora oficial. A 101 años de su partida. ¿Estará reencarnado? Y es una pregunta latente. Ojalá que no, necesitamos toda su fuerza enfocada en esta esperada intervención desde su más quirúrgico y bendito tacto. Por lo pronto hay que rogar porque salga de la intensiva terapia desocupacional a la que lo ha sometido el Vaticano. Ahora sí: Amén!


Gracias Ma, yo si creo que está encarnado
Ser «Santa o Santo», es un concepto que me sugiere mucho, como ejemplo, como ser humano, que consagra su vida a lo divino, a la entrega, el servir y desarrollar la fe, entre otras cosas.
Luego, las necesidades y mecanismos burocráticos eclesiásticos son otra cosa, como lo refiere en su artículo.
Muchas gracias.