El 16 de diciembre se cumplirán 251 años del nacimiento de Ludwing Van Beethoven, el genio de Bonn, magnífico y prolífico compositor, ilustrador del alma, contenedor y mensajero musical del espíritu humano.
A través de las cartas que dirigió a sus amigos, colegas, promotores, familiares y amantes, parece haber sido posible reconstruir parte de sus vivencias más íntimas, incluso desde el punto de vista médico y neurológico, tal como lo busca el estudio de Marcelo Miranda (2018). Cuando Beethoven dirigió su novena y última sinfonía, se encontraba totalmente sordo, pudiendo solamente imaginar los sonidos desplegándose dinámicamente en su mente y proyectándose en forma de sentimientos a través de su corazón.
Fue así como durante los años en que fue perdiendo progresivamente su capacidad auditiva, la música se fue abriendo espacio a lo largo y ancho de sus circuitos internos, suscitada por el recuerdo de una melodía pastoral, la captación leve de algún sonido filtrado, un recuerdo, o una idea. O tal vez por la asombrosa capacidad del cerebro para representar estímulos emocionales y psicológicos con el lenguaje simbólico de la imagen, bien fuera de tipo visual, sonoro o incluso olfativo.
Según Miranda (2018), su defecto auditivo, que ya era notorio a los 27 años, comenzó en el oído izquierdo y luego pasó también al derecho. La hipoacusia se daba frente a sonidos de alta frecuencia, asociada a tinnitus severo, lo cual sin duda debía afectar fuertemente al compositor. Usó elementos como trompetas de oído, y una varilla de madera que apoyaba en sus dientes, con el otro extremo en contacto con el piano para intentar hacer pasar las vibraciones a través de estos materiales.
Sin embargo, no fueron de gran utilidad, ya que el defecto era principalmente sensorio-neural y no de conducción. Algunas historias sobre el viejo Beethoven, lo describen como alguien quien en ocasiones actuaba como un poseído, que se paseaba inmerso en sus debacles internas, elaborando las melodías, ritmos y armonías que funcionaban como elementos alquímicos en su prodigiosa maquinaria de una música profética.
En una de sus cartas escribió: “Ignoro de dónde vienen mis ideas. Aparecen de improviso directa e indirectamente. Apenas logro cogerlas entre las manos. En el bosque, en el silencio de la noche, al surgir el sol. Las despiertan los estados de ánimo y transformadas en tonos y sonidos, se enfurecen y zumban hasta que para mí adquieren la forma de notas”.
Tras estos raptos místico-musicales, el genio se abalanzaba sobre el piano y sus papeles, para traducir en un lenguaje comunicativo, lo que su alma le estaba dictando. “La idea básica no me abandona nunca. Surge, crece hacia arriba y yo puedo ver y sentir la figura mientras la totalidad toma forma y se funde en una unidad. Todo lo que debo hacer después, es transcribir”.
Para Oliver Sacks, las alucinaciones musicales son experiencias que emulan la actividad de escucha en el cerebro, de modo que quien las padece realmente percibe los sonidos de la misma forma como si se estuvieran emitiendo desde una fuente externa. Es algo mucho más intenso que solo imaginar música o pensar en ella. Considera que las alucinaciones musicales no son psicóticas, sino neurológicas y no están asociadas a delirios como escuchar voces, sin embargo, pueden torturar durante horas al oyente, dada su incapacidad de inhibirlas o la dificultad para modularlas.
En ciertos casos de sordera progresiva, especialmente en personas que han tenido en su vida un espacio importante para la música, la parte auditiva del cerebro, privada de su estímulo externo habitual, comienza a generar una actividad espontánea propia, que adquiere la forma de alucinaciones musicales, sobre todo a partir de recuerdos y asociaciones de todo tipo. El cerebro necesita permanecer incesantemente activo, y si no obtiene su estímulo habitual, ya fuese auditivo o visual, crea su propio estímulo en forma de alucinaciones.
Por este motivo, llama a este tipo de comportamiento, como alucinaciones de liberación. “Para llegar a una solución, incluso de los problemas políticos, debe seguirse el camino de la estética, porque es a través de la verdad que llegamos a la libertad”, pronunció Friedrich Schiller, poeta y creador de la famosa Oda a la Alegría, sustento de las líricas de la fantasía Coral, la pieza del estudio final de la Novena Sinfonía.
Parece ser un pronunciamiento del propio Beethoven y su incesante maquinaria de sonidos y libertad, que aún tras las limitaciones de una sordera profunda, abrió amplios caminos para que nuestros espíritus puedan comunicarse y recordar la alegría de la hermandad. “Alegría, chispa brillante de la divinidad, hija de Eliseo. ¡A vosotros, millones de seres, yo os abrazo!”
Fuentes consultadas: -Miranda, M. (2018). Ludwing Van Beethoven: su historia médica. Rev. méd. Chile vol.146 no.1 Santiago ene. 2018. -Sacks, O. (2009). Musicofilia. Relatos de la Música y el Cerebro. Editorial Anagrama. -Kramer, J. (1993). Invitación a la Música. Javier Vergara Editor. PNGs por Vecteezy


Me encanta el tema muy interezante🙏❤
Este artículo expone con mucha calidad la alta frecuencia de la obra del gran compositor. Beethoven, nos ha permitido expandir nuestra consciencia con solo escucharlo. Su música nos invita a escucharla una y otra vez.
Muchas gracias, el comentario de la figura me parece tan interesante, tal cual lo sentía Beethoven así creo que es. Incluso si cierras los ojos y solo te concentras en la música puedes ver como las figuras se comienzan a mostrar.